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En defensa del doblaje

GUILLERMO PIRO

Sí, soy de los que ven películas dobladas y detestan los subtitulados. Las razones son simplísimas: estoy harto de leer. Noto que paso todo el día leyendo, todo el tiempo, en todas partes: en la pantalla de la notebook, en el teléfono, en mi casa, en la calle, en el supermercado... estoy leyendo todo el tiempo, en todas partes, sin descanso. Eso hace que cuando llega el momento de ver un a película, cosa que por lo general ocurre por la noche, no puedo tolerar seguir leyendo: el hartazgo del que hablaba al comienzo.

Pero naturalmente esa no es la única razón por la que elijo las películas y las series dobladas. Hace poco, discutiendo acerca de esto, me sorprendió la excesiva confianza que los que ven películas en lengua original les tienen a los subtítulos. Entiendo que es una confianza innata, que cualquier tiene hasta cuando anda caminando lo más tranquilo por la calle, sabiendo que no va a caerle un piano en la cabeza desde un décimo piso, cosa que podría ocurrir. Quien lee traducciones (yo lo hago) tiene una confianza ciega en el resultado: eso se llama fe y es muy útil en ciertos casos. Pero no debería ser así. Yo, por ejemplo, desconfío mucho de las traducciones (sobre todo de las mías).

Hace poco leía Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, traducido por la española Carmen Artal. En el segundo capítulo el narrador, que anda por la India en busca de un amigo del que perdió el rastro, va a buscarlo a un hospital. El lugar es lúgubre, sucio y desordenado, y el médico con quien habla lo invita a recorrer las salas repletas de enfermos para verificar si su amigo se encuentra allí. Al atravesar un pasillo, el narrador nota que al caminar pisa y hace estallar insectos bajo las plantas de sus pies. La traductora dice que lo que está pisando con “escarabajos”. Reconozco que la imagen de un pasillo tapizado de escarabajos me horrorizó. Tanto me horrorizó que quise ver qué decía el original y allí comprobé una vez más el valor y el peligro de los falsos amigos: Tabucchi hablaba de scarafaggi, meras cucarachas (escarabajo en italiano es scarabeo). Si eso le pasó en un momento de distracción a una traductora experimentada e infalible como Carmen Artal, teniendo un texto delante de los ojos, imaginen las barbaridades y estupideces que pueden llegar a leer en los subtítulos de una película, cuando es sabido que los que hacen ese trabajo muchas veces ni siquiera cuentan con los diálogos impresos.

En una película (no recuerdo cuál), un personaje citaba la famosa frase: “La carne es triste y yo he leído todos los libros”, aclarando luego su autor: Mallarmé. En el subtítulo apareció lo siguiente: “La carne es triste y yo he leído todos los libros. Mal armado”. Si aman las voces originales está bien, es un amor no correspondido pero se entiende, así es el amor. Pero no crean que lo que leen al pie de la pantalla es lo que un personaje acaba de decir, porque con tota probabilidad no es así. Y apuesto a que eso ocurre a cada instante, en cada parlamento, en cada línea. El doblaje (no hablo de los doblajes españoles, no me refiero a ese nivel de ridíuculo) mexicano me resulta neutro, hasta donde se puede, digno, y sobre todo bien actuado.

Hace un tiempo vi con mi hija Rango, de Gore Verbinski, una película animada con una lagartija como personaje principal, cuya voz está interpretada por Johnny Depp. La vimos doblada, como corresponde a una nena de 5 años, pero en cuanto pude, ese mismo día, quise volver a verla en versión original. Duré 5 minutos: la voz mexicana era más brillante, más divertida; sus tonos eran más extremos, menos monótonos. En la película aparece un espíritu encarnado por Clint Eastwood, cuya voz está interpretada por Timothy Olyphant, que imita la de Eastwood a la perfección. En la versión doblada, la voz de Eastwood era tan perfecta como la original. Los que doblan también son actores.

CULTURA

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2023-09-17T07:00:00.0000000Z

2023-09-17T07:00:00.0000000Z

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