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Cuernos - 2017-03-22

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Introducción al cuerno

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Marcela Tarrio

Doce acepciones según la Real Academia Española que reúnen más de catorce sinónimos entre los coloquiales y en desuso. Cornamenta, asta, cornadura, cacho, pitón, corneta, cuerna..., y podríamos seguir recorriendo americanismos, voces francesas o inglesas, o aquel apellido estigmatizante que un día llegó a la tevé para quedarse a modo de apodo y que todos, alguna vez, adoptamos como de uso diario, el ya mítico Cornichelli del viejo programa de tevé “Matrimonios y algo más”. Pero lo único cierto es que más allá de la lengua, los significantes y los significados, nadie sobre la faz de la Tierra los quiere llevar, aunque los ponga como los dioses o al menos como aquellos señores feudales que dieron origen al título de “cornudo”. Un par de cuernos pesa demasiado, dos son reincidencia y tres, más que multitud son gusto o estupidez; pero dice el saber popular que de ellos nadie se salva, equiparándolos con la muerte, y algo de eso hay... Ahora bien, si gritáramos aquello de “quien esté libre de cuernos que arroje la primera piedra”, es probable que el terreno quedara baldío, porque cornudos y cornudas hay en todos lados, conscientes o no, y más vale dudar que afirmar virginidad absoluta de la cornamenta, ya que la decepción y retractación puede doler más que la cornada. Están por doquier, son plaga y llegan en distintos formatos, reales y virtuales, pero los del reino de los famosos salen en las tapas de revistas, en los programas de espectáculos y hasta en los noticieros, cayendo en boca de todos y agregándole al infeliz adorno de la traición el condimento de la vergüenza, la venganza o la victoria, las tres V que funcionan a modo de Santa Trinidad y se turnan según el caso y la exposición. Ser cornudo/a duele, pero que encima un país lo sepa, puede tener consecuencias varias, y eso depende de quién puso el cuerno y quién lo porta. Sabemos que la farándula es un mundo aparte, una fauna singular, pero más allá de la purpurina, el pan, el circo y el arte, son personas, mortales y finitas cuyas realidades y sentimientos no siempre condicen con lo que muestran en los medios. Y aquí están. De ellos hablo en este libro, de cuernos, corneadores y corneados; de infieles e infidelidades que hicieron historia y de historias de infieles que hasta hoy siguen ocultas debajo de la alfombra, irónicamente fieles a aquello de que los trapitos sucios se lavan en casa. Eso, claro, siempre que no haya un periodista cerca... Y nosotros, como los cuernos, estamos en todos lados...

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