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Cuernos - 2017-03-22

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El último de los cuernos ardientes

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Oscar Martínez es, sin dudas, uno de los diez mejores actores argentinos y uno de los tantos que habla poco y nada de su vida privada. Pero en ella, hubo dos momentos que llegaron a las tapas de revistas, no porque él lo haya buscado, porque no es de esos, sino más bien todo lo contrario. Si todo se supo fue porque el tenor de los acontecimientos hizo explotar e implosionar el avispero. Del primero, los mayores y los más memoriosos se acordarán. Corrían los años ‘80 y Oscar protagonizaba una obra cuyo título fue adorado por los periodistas que después tenían que titular lo que no se veía en el escenario. “El último de los amantes ardientes” se llamaba y estuvo en escena entre 1986 y 1988. Título divino para relatar que el primer actor de la obra, en la cual también actuaba su esposa en la vida real, se había encandilado con la nueva actriz que llegaba para reemplazar a otra a punto tal que terminó dejando a su mujer oficial por la nueva del elenco. Y todo, mientras la obra seguía su curso. El público aplaudía y, detrás del telón, ardía Troya. Una joven y casi desconocida actriz entraba al elenco de la obra para reemplazar a Andrea Tenuta. Era Mercedes Morán, de quien se enamoró el protagonista, Oscar Martínez. Claro que había un pequeño detallecito: en la pieza trabajaba Cristina Lastra, esposa de Oscar y madre de sus tres hijas mayores, Virginia, Victoria y Ana Inés. La separación entre Martínez y Lastra llegó pronto, en medio de acusaciones de ella que, obviamente, se sentía despechada. Como siempre, el tiempo calmó las aguas y lo que entonces fue un escándalo, quedó en el olvido. Morán y Martínez estuvieron ocho años juntos y tuvieron una hija, Manuela. En el 2000, se separaron y el actor tuvo una relación con la actriz María Socas, que duró dos años. Luego, con una adontóloga y, un buen día, comenzó a salir con la exmujer de un amigo. Ok, no hay pruebas de que aquí hayan existido los cuernos porque, supuestamente, el amigo y la susodicha se habían peleado antes de que ella comenzara a salir con Martínez, pero permítanme que la incluya porque al fin ó al cabo, un amágo es un amágo ó las ex ¿íambáén íáenen bágoíes? eabría que éreguníarle a jarcelo qánellá, que íermánó quedándose con duállermána saldés, la ex mujer de su ahora examágo pebasíáán lríega... En el caso de Martínez, la víctima fue su colega y entonces amigo Alejandro Awada, protagonista de “Días contados”, la obra que el propio Oscar dirigía en el Paseo La Plaza, quien estaba en pareja con Marina Borensztein, la hija de Tato Bores, con quien estuvo tres años. Martínez y Borenzstein negaban todo cada vez que algún rumor dejaba entrever que entre ellos había algo más que simple empatía. Pero lo cierto es que se encontraban en el departamento de Oscar, en Barrio Norte, y que de a poco se animaron a salir a correr juntos por Palermo, donde se encontraban de casualidad ya que vivían cerca. “No pasa nada”, “no inventen”, “somos buenos amigos y los dos corremos”, decían, pero en 2007, la renuncia de Awada a la obra puso en blanco sobre negro la traición. Y tan real era que Oscar y Marina blanquearon su relación, se casaron en 2011 y a la fecha de salida de este libro, siguen juntos y felices. Nobleza obliga, dicen que no fue Oscar el motivo de la separación de Awada y Marina, pero sí fue él quien acudió a consolarla después de su pelea con el hermano de Juliana, la actual Primera Dama argentina. Para terminar con palabras del protagonista central, elijo esta reflexión que Oscar hizo en septiembre de 2011 ante el portal Diario Veloz, después de su boda con Marina, cuando la periodista le preguntó

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