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Fortuna - 2021-11-02

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Un laboratorio de inflación único en el mundo

Sumario

LUIS SECCO*

La acelaración de los precios preocupa en el mundo, pero nuestro país sigue en otro nivel. La evolución de las principales variables nominales. ¿Llega otro desborde inflacionario? El mundo habla de inflación. La aceleración de los precios en varias de las principales economías del mundo es un hecho y los pronósticos para lo que resta del año y el próximo se vienen revisando sistemáticamente para arriba en los últimos meses. A modo de ejemplo, la expectativa inflacionaria para el cierre de 2021 más que se duplicó en Estados Unidos (desde 2.3% en abril-21 al actual 5.1% que proyecta el FMI), mientras que en la Zona Euro pasó de 1.8% a 2.9% y en Latinoamérica saltó de 7.3% a 9.7%. Lo anterior es sinónimo de cierto escepticismo sobre la capacidad de los banqueros centrales de actuar a tiempo, o con la contundencia adecuada, como para frenarla. Sin embargo, como expertos en inflación que somos, no tenemos mucho para recomendarles. Al mundo le preocupa cruzar el umbral del 4% anual, cuando nosotros lo hemos cruzado en varias lecturas mensuales y no anuales. En efecto, la dinámica de las variables nominales en Argentina es difícil de encontrar en otros países. Sirven de suficiente ejemplo algunos datos relativos a la inflación: ■ En los últimos 70 años sólo ha habido 13 años con inflación de un dígito (dos en la década del ‘50, dos en los ‘60, seis en los ‘90, y tres en la primera década de este siglo). ■ La tasa de inflación promedio de esos 70 años es del 130% anual (se reduce al 80% si dejamos fuera los años de hiperinflación de fines de los ‘80). ■ Llevamos 16 años consecutivos de inflación de dos dígitos, con una tendencia creciente que sólo se vio interrumpida por el cierre de actividades y la depresión pandémica en 2020. En el gráfico sobre el comportamiento de las principales variables nominales desde 2001 se puede ver claramente la “baja” inflación de los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner (el promedio de inflación de su presidencia es del orden del 9% anual), el arranque inflacionario a partir de 2007, su paulatino aumento hasta 2013 y la aceleración que venimos experimentando desde entonces. Si miramos lo acontecido con el resto de las variables, el crecimiento acumulado de cada una de ellas en todo el período (diciembre-01/ agosto-21) puede resultar sorprendente y hasta causar pavor: mientras que la inflación se incrementó 10078% (o lo que es lo mismo, aumentó 101 veces), los salarios del sector privado registrado subieron 9882% (99 veces). El tipo de cambio oficial se multiplicó por 102 (+10157%) y la cotización blue por 180 (+17990%). El gasto primario creció 22135% (Más de 221 veces) y los pasivos del BCRA registraron la friolera suba de 57589% (576 veces). Ahora volvamos sobre el punto anterior. En el arranque de este episodio inflacionario, entre 2007 y 2013, una de las características más relevantes fue la coordinación de la mayoría de las variables nominales en una tasa entorno al 20%/25% anual. Gasto público, moneda, salarios y los precios al consumidor crecían todos a una velocidad similar (el gasto público, casi siempre, por encima del resto de las variables). Sólo algunos precios como la energía, el transporte, algunos alimentos y el tipo de cambio crecían por debajo del resto de las variables. En particular, el precio del dólar y de las tarifas actuaban como ancla nominal de muchos precios y, sobre todo, de las expectativas. La literatura económica da cuenta de estos episodios de “inflación moderada” (así se los llama). Se produjeron con relativa asiduidad en los ‘70 y los ‘80, tanto en países en desarrollo como desa rrollados. Su principal característica era su persistencia, y su duración aumentaba cuanto mayor coordinación nominal existía. Por lo general, el fin de los episodios se relacionaba con la ruptura de dicha coordinación, porque alguna variable se adelantaba o se atrasaba respecto del resto; o bien porque las autoridades económicas decidían ponerle un fin, antes que la nominalidad se les escapara de las manos. La corrección cambiaria de Capitanich y Kicillof de diciembre13 puso final a ese período inicial de coordinación nominal, dando lugar a otro período en el que, si bien las autoridades económicas (tanto las del segundo gobierno de Cristina Fernández, como las del de Mauricio Imagen 6Macri, como las actuales) buscaron desinflar coordinando expectativas, la inflación y el resto de las variables nominales muestran una paulatina pero persistente aceleración. Desde enero-15, los precios acumulan una suba de 793%, los salarios de 625%, el tipo de cambio oficial de 1090% y el blue de 1221%, el gasto primario de 650% y los pasivos del Central de 801%. La pregunta relevante hoy vuelve a ser la de siempre: si hay algún margen para que las autoridades económicas puedan desinflar o sólo nos cabe esperar que la aceleración nominal se transforme en otro desborde inflacionario como los que hemos vivido en otros momentos de la historia argentina (Rodrigazo, Híper). Lamentablemente, si tomamos en cuenta cuál es la cronología típica de los desbordes inflacionarios de la Argentina, una fase de aceleración o desborde inflacionario no puede descartarse: emisión monetaria creciente para financiar un déficit fiscal creciente; reformulación de expectativas y (des)coordinación; pérdida de anclas nominales; caída de la demanda real de pesos; aceleración inflacionaria; más déficit; más emisión … En efecto, la dinámica fiscal y monetaria sumada a la perspectiva de que la política seguirá siendo una fuente de incertidumbre importante cualquiera sea el resultado electoral de noviembre (la gobernabilidad del presidente Fernández seguirá en dudas), generan expectativas de descontrol nominal y la dinámica de la mayoría de las variables nominales tiende a descoordinarse cada vez más. Tengamos presente, tal como lo alertamos en el número anterior de FORTUNA, que el gasto público ha venido creciendo a tasas cada vez más altas en los últimos cuatro meses hasta llegar al 87% interanual en agosto (antes de las PASO y antes de la carta de la Vicepresidente y sus reclamos de mayor gasto y más déficit). Además, toda la cosmética utilizada (con los DEGs recibidos a partir de la capitalización del FMI) para mejo rar el balance del BCRA y ampliar los límites para que la autoridad monetaria financie al Tesoro puso de manera muy evidente no sólo las intenciones del Gobierno en cuanto a cómo financiar su desequilibrio sino también los límites que enfrenta para hacerlo. Toda una invitación a que la demanda de dinero haga de las suyas. El Gobierno está a tiempo de reencauzar la nominalidad. Pero para ello debe cambiar y aplicar otras políticas. Apostar a más regulaciones cambiarias, a nuevos controles y acuerdos de precios y salarios, no sirve; porque la efectividad de estos será aún más baja de la que tuvieron los anteriores. El problema es que la cuestión primordial a resolver seguirá siendo el déficit fiscal y su financiamiento. No hay arreglo cambiario, como tampoco hay política tarifaria o de subsidios, ni de precios y salarios, que puedan resistir el descalabro fiscal actual y la dominancia que la política fiscal tiene sobre la política monetaria. Se puede comprar algo de tiempo (cada vez menos) si se revierte el resultado electoral, si hay acuerdo con el FMI y si volvemos a tener un ingreso excepcional de agrodólares, pero las correcciones no se pueden posponer indefinidamente.

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