Cuando devaluar es más fácil que ajustar

*PERIODISTA Y ESCRITOR, EXTRAíDO DE SU LIBRO DOCE NOCHES.

2021-12-04T08:00:00.0000000Z

2021-12-04T08:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

https://kioscoperfil.pressreader.com/article/281547999173848

Documento

Ganadores y perdedores de la crisis de 2001/2002, según el libro Doce Noches, reeditado este mes. El rol crucial de los gremios. La palabra de los protagonistas. Ganadores y perdedores de la crisis de 2001/2002, según el libro Doce Noches, reeditado este mes. Por qué la Argentina no puede solucionar sus crisis antes de que estallen. Cómo fue la salida de la Convertibilidad. El rol crucial de los gremios. La palabra de los protagonistas. Mirado desde el presente, el pasado puede parecer lineal e inevitable; fácilmente previsible. Pero, el día a día de la gran crisis de 2001/2002 tuvo un vértigo inusual: cada uno de los actores políticos, empresariales, sindicales y sociales desplegó tácticas diversas y cambiantes para favorecer sus intereses particulares y lograr mayores cuotas de un poder que se había fragmentado tanto que muchos temían el caos y la anarquía. Nadie —ni siquiera los actores más fuertes— podía estar seguro de cómo saldría de esa vorágine en términos de poder, riqueza, prestigio o imagen. Si uno olvidara ese contexto tan volátil, podría suponer que, luego de tantos años predicando contra la Convertibilidad, Eduardo Duhalde y su personal económico —con Jorge Remes Lenicov a la cabeza— llegarían al gobierno y en un par de semanas pondrían en marcha el modelo que pregonaban. No fue así; el 13 de abril de 2002 —ciento tres días después de la asunción— el presidente Duhalde admitió en su programa de radio qu-e “lo único claro que tenemos es el rumbo, que es la reindustrialización del país y el fomento de las actividades productivas y del trabajo”. La Argentina estaba “en un mar de dificultades”, señaló Duhalde. Crujían las dos vigas maestras del nuevo modelo: la pesificación y la devaluación. El dólar había saltado a 3 pesos, una devaluación del 200 por ciento, muy superior al 40 por ciento que el nuevo gobierno preveía para el dólar oficial el domingo 6 de enero de 2002, cuando Remes Lenicov —de saco blanco porque no había tenido tiempo ni de cambiarse— anunció la defunción del 1 a 1. No hubo que esperar mucho luego de aquel Día de Reyes para comprobar que el gobierno se había quedado corto con ese cálculo. La disparada del dólar reavivó las presiones de los empresarios vinculados al ministro de Producción, José Ignacio de Mendiguren, para que todas las deudas con los bancos locales fueran pesificadas a la paridad 1 a 1 (un dólar, un peso): el argumento fue que si ellos pagaban esos préstamos según la nueva cotización del dólar habría una quiebra masiva de compañías. Hasta ese momento, el gobierno limitaba la pesificación 1 a 1 a los créditos con saldo hasta 100 mil dólares con lo cual —según Remes Lenicov— aliviaba la situación de “la mayoría” de las familias que había sacado un crédito hipotecario para comprar su vivienda. Por otro carril, reclamaban los ahorristas cuyo dinero seguía acorralado en los bancos. Duhalde les había prometido en su discurso de asunción que “el que depositó dólares, recibirá dólares”, una frase que —según Remes Lenicov— alteró el plan original y provocó la llamada “pesificación asimétrica”. El ex ministro de Economía cuenta que se enojó mucho cuando escuchó esa frase: “Los depósitos en dólares sumaban 43.591 millones de dólares y las reservas líquidas del Banco Central eran 9.319 millones de dólares. ¡Cómo vas a decir que vas a devolver dólares si los dólares ya no estaban!”. Remes Lenicov agrega que “la pesificación de los depósitos iba a ser 1 a 1. Cuando Duhalde dice que iba a devolver dólares, como nosotros salimos con un dólar a 1,40, decidimos pesificar los depósitos a 1,40”. La primera reunión con los empresarios que reclamaban que también sus deudas fueran pesificadas a razón de un dólar, un peso —al igual que quienes habían sacado préstamos para vivienda— se realizó en la residencia de Olivos. “La Unión Industrial Argentina —señala— hizo el planteo y Duhalde lo consideró razonable”. El ministro también estaba de acuerdo con el reclamo, pero había un problema: si los bancos devolvían los depósitos a 1,40 peso por dólar, pero cobraban sus préstamos a 1 peso por dólar, ¿quién se hacía cargo de la diferencia, de la “asimetría”? Remes Lenicov “planteó la necesidad de encontrar algún punto intermedio, desde la pesificación de las deudas a un peso con veinte centavos hasta el fraccionamiento de los créditos, dejando fuera a las grandes empresas”. Nada de eso fue aceptado por el Grupo Productivo, y la “asimetría” fue pagada por el Estado, en bonos entregados a los bancos “por alrededor de 11 mil millones de dólares”, según las cuentas de Remes Lenicov. Otras fuentes hablan de 15 mil millones de dólares. Mejor le fue al gobierno en la pesificación 1 a 1 y el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos, donde resistió las presiones de las empresas y de los gobiernos extranjeros, en especial de España, y logró que el Congreso aprobara la ley en tiempo récord. EL COSTO. Las crisis se desarrollan en la incertidumbre, pero una cosa es segura: alguien cargará con el costo principal. Tanto es así que el economista Juan Carlos De Pablo sugiere que, cuando estalla la crisis, “conviene ir pensando en quién va a pagarla”. De Pablo cita a sus colegas Gerardo della Paolera y Alan Taylor, que en el libro Tensando el ancla sostienen que son tres los posibles pagadores de una crisis en la que “los valores prometidos del dinero y de la deuda no pueden ser sostenidos en el tiempo”: ■ Los tenedores de pesos a través de la devaluación o la inflación, o una mezcla de ambos. ■ Los tenedores de bonos por la vía del default. ■ Los contribuyentes a través de nuevos impuestos o de aumentos en los que ya existen. “Además —dice De Pablo— una crisis es como el diluvio universal: la mayoría sufre, pero algunos consiguen entradas para el Arca de Noé y se salvan. Toda crisis es una tragedia, pero algunos sobreviven y otros hasta logran ganar dinero”. En la gran crisis, perdieron los “tenedores de pesos” —los asalariados y los jubilados en primer lugar— a través de una devaluación que en 2002 fue del 240 por ciento —a mitad de año se acercó al 300 por ciento— aunque se tradujo en una inflación menor, del 41 por ciento. Una fenomenal transferencia de ingresos que fue atenuada porque el traspaso de la devaluación a los precios resultó menor al que muchos preveían debido a cuatro razones: ■ La caída en el consumo ya que no hubo aumentos en los salarios y las jubilaciones, pero sí en el desempleo (21,5 por ciento en mayo, aunque bajó al 17,2 por ciento en octubre) y la pobreza, que subió casi quince puntos porcentuales entre octubre de 2001 y mayo de 2002, cuando pasó a afectar al 53 por ciento de la población; es decir, a 19 millones de personas. Los más perjudicados fueron los niños: 7 de cada 10 menores de 14 años eran pobres. ■ El “corralito” bancario, que incluía a los sueldos y limitaba la capacidad de consumo. ■ La prudencia del gobierno en el gasto público y la emisión de dinero. ■ El congelamiento de las tarifas de los servicios públicos. También pagaron la crisis quienes tenían su dinero en dólares acorralado en los bancos. Remes Lenicov señala que el corralito “afectó básicamente a la clase media. Cuando llegué al ministerio, pregunté cómo era la estructura de los depósitos. De más de medio millón de dólares había solamente tres; el resto se había ido antes, cuando miles de millones de dólares salieron de los bancos. Por ejemplo, el viernes anterior Repsol sacó 300 millones y Amalita Fortabat, 200 millones”. El ex ministro admite que “los grandes perjudicados de la crisis fueron los trabajadores y los pequeños ahorristas. Yo no conozco una crisis donde los trabajadores se hayan beneficiado. Siempre prevalece la necesidad ante una crisis, y alguien le pone más o menos justicia. Nosotros pusimos la mayor cuota de justicia dentro de lo posible”. “Una crisis —agrega— es como una quiebra: uno reparte pérdidas, y lo que tiene que hacer es atemperarlas y distribuirlas lo más equitativamente posible. Lo que hicimos no comprometió el futuro; por el contrario, las medidas que implementamos permitieron salir rápidamente de la crisis”. En tanto, Duhalde considera que “todas las devaluaciones son una macana; empobrecen a toda la sociedad y mucho más a los que menos tienen. Pero, en aquel momento yo no veía otra salida mejor; ahora, sigo pensando lo mismo”. “Yo —agrega— tenía muy claro que había una sola salida: la Argentina productiva”. EL ROL DE LOS GREMIOS. Para Remes Lenicov, no hubo hiperinflación ni estallido social gracias, en primer lugar, a los sindicatos y a las dos CGT —la oficial y la disidente— que no protestaron frente a la mega devaluación ni al retorno de la inflación. “Se portaron diez puntos, no hicieron ningún lío”, dice el ex ministro. Es una actitud que todavía mortifica al radicalismo y al no peronismo en general: ¿por qué el sindicalismo le hizo ocho huelgas generales al presidente Fernando de la Rúa en poco más de dos años de gobierno, pero bancó sin chistar tamaña quita relámpago en el poder de compra de los salarios? ¿Por qué los sindicatos siguen machacando sobre el recorte nominal y focalizado de mediados del 2000 —cuando la Alianza redujo los sueldos de los 140 mil empleados públicos que ganaban más de mil pesos/dólares en entre el 8 y el 20 por ciento— pero jugaron a favor de la mega devaluación y soportaron el retorno de la inflación, que en 2002 provocaron una caída en el poder de compra del 24 por ciento en los salarios y del 30 por ciento en las jubilaciones? Antes de la renuncia de De la Rúa, Moyano había ratificado su postura a favor de la devaluación: “No sé si será lo mejor, pero seguramente será lo menos malo. Es necesario sincerar nuestra moneda. La moneda ficticia que tenemos no nos deja competir con nadie”. Moyano continúa defendiendo la salida de la Convertibilidad tal como sucedió: “Con De la Rúa habíamos hablado de la necesidad de cambiar el sistema cambiario. Pero estaba encerrado. No tenía ni el coraje ni la idea de hacerlo. Había que tener coraje para devaluar”. La ex ministra de Trabajo Patricia Bullrich acusa al sindicalismo peronista de haber sido uno de los protagonistas del “golpe institucional” contra De la Rúa. Recuerda una cena en la residencia de Olivos luego de los comicios de octubre de 2001 en la que participó junto con el Presidente; el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo; y varios sindicalistas, entre ellos Moyano y Daer. —Nosotros no vamos a voltear a este gobierno si hace lo que nosotros queremos —le dijo Moyano a De la Rúa, según la versión de Bullrich. Una de las razones de la actitud de las dos CGT fue la pertenencia política del sindicalismo: tanto en 1983 como en 1999, cuando el radicalismo —solo o en la Alianza— llegó al gobierno, los gremios se convirtieron en uno de los arietes del movimiento creado por el general Juan Domingo Perón para volver al poder, más tarde o más temprano. Otra causa fue que, por lo menos en el caso argentino, resulta más fácil apelar a una devaluación o a la inflación que a un recorte puntual de los salarios o al ajuste del gasto público nominal. “En las apariencias —explica Remes Lenicov— es más desprolija una devaluación que una caída del 20 por ciento del salario o un 25 por ciento de desocupación. Optamos por la devaluación porque permite realizar los ajustes de los precios relativos de una manera menos traumática y más potable desde el punto de vista político, social y económico”. En tercer lugar, la fuerza de los gremios depende del nivel de ocupación. Un tercio de la fuerza laboral enfrentaba problemas graves (desempleo más subocupación) en octubre de 2001; eso debilitaba mucho a los gremios, que —más allá de su pertenencia al peronismo— pudieron influir muy poco en los detalles concretos de la pesificación y la devaluación. La crisis también afectó a los tenedores de bonos —el 38,4 por ciento de los acreedores eran argentinos— y a las empresas privadas que prestaban servicios públicos, que habían hecho fuertes inversiones en dólares y tenían sus tarifas en pesos/dólares. LOS GANADORES. Unos perdieron, otros ganaron: las empresas exportadoras y los productores agropecuarios, en primer lugar. Fue coherente con la apuesta de Duhalde de generar un tipo de cambio lo más alto posible para impulsar una rápida reactivación del campo —había aprovechado los noventa para capitalizarse y desarrollar el cultivo de la soja— que luego contagiara al resto de la economía; de las zonas rurales y los puertos a las ciudades, como se notó ya a partir de julio de 2002. Con la expectativa de que este crecimiento se reflejara luego en la creación de puestos de trabajo, mejores salarios y aumento en el consumo, en ese orden. De todos modos, en el primer trimestre de 2002 el Producto Bruto Interno cayó el 16 por ciento con relación a igual periodo del año anterior, y en el segundo trimestre, el 13 por ciento. Terminó 2002 con un desplome del 10,9 por ciento (la caída había sido del 4,5 por ciento en 2001). El dólar alto favoreció la rentabilidad de las empresas en general, al principio por la caída del salario real, pero también después, cuando los sueldos se recuperaron: en 2005 los ingresos de las compañías representaban un 47 por ciento del producto total, 5 puntos más que en 2001, antes de la gran crisis. La salida de la Convertibilidad mejoró el tipo de cambio real en casi el 200 por ciento y también benefició a las industrias que producían para el mercado interno ya que la disparada del dólar levantó un muro contra la entrada de los importados. Y a sectores como el turismo, que rápidamente transformó las penurias del pasado reciente en un boom: la Argentina se volvió barata para los extranjeros. Pero, hubo empresas que fueron afectadas por la devaluación: las que tenían deudas en el exterior —en dólares o en euros— por lo general muy eficientes o, por lo menos, capaces de convencer a quienes les habían prestado dinero de que podrían devolverlo. El problema para esas compañías fue que sus ingresos locales se habían reducido a un tercio por la devaluación mientras su deuda en el exterior se mantenía inalterable. A los efectos prácticos, se les triplicó la deuda, pero no por mala gestión o cambios en sus negocios sino por una decisión del gobierno argentino. Varias de ellas terminaron siendo vendidas a accionistas extranjeros, toda una contradicción para un gobierno que tenía como bandera la defensa de la producción nacional.

es-ar