Argentina crecería más que el promedio regional

Juan José Llach

2022-06-09T07:00:00.0000000Z

2022-06-09T07:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

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Columnistas

Las últimas proyecciones del FMI ya incluyen algunos de los efectos de la invasión de Rusia a Ucrania y empeoraron para este año y el próximo salvo para América Latina, sobre todo por las commodities de Argentina y Brasil. El mundo crecería 4,4% en 2022 (cayendo del 5,9% en octubre pasado), y sólo 3,8% en 2023. El aumento del PIB global en el cuatrienio 2020-2023, caería a 2,7%. No está mal, dada la caída de 2020 por la pandemia, pero sí es bajo comparando con la pre pandemia. Para la Argentina, el FMI corrigió fuerte al alza, ubicando a nuestro país en un crecimiento superior al de América Latina (1,8% anual en 2020-23 contra 1,2% del promedio), y más que Brasil y Méjico. El dólar está relativamente firme, pero se destacan la caída de las bolsas y el alza de los commodities. Los tres fenómenos están impulsados por la guerra de Rusia contra Ucrania, a partir de la invasión rusa. Quizás anticipando una desaceleración de la economía global, muchas bolsas dejaron atrás un largo período de subas, a nuestro juicio excesivas, y cayeron, aunque no dramáticamente. Cabe recordar que, además, acecha una gigantesca deuda global, pública y privada, que supera, por primera vez, el 350% del PIB mundial. La evolución de la economía mundial, y de nuestra Argentina tan vulnerable, dependerá en gran medida de la resolución de la guerra desatada por Rusia. Con respecto al acuerdo logrado con el FMI, no es el final de nada sino el inicio de una negociación permanente, al menos trimestre a trimestre. En una mirada de mediano y largo plazo, la Argentina necesita acuerdos básicos que todavía no se avizoran. Seguimos jugando a las grietas y siendo reacios a acordar. Por cierto, el distanciamiento del “albertismo” y el “cristinismo” podría dar lugar a acuerdos imprescindibles, pero no es seguro. Hace años que sostenemos que sin acuerdos básicos será muy difícil, o imposible, dejar atrás la década sin crecimiento sostenido, transcurrida desde 2012 y la decadencia relativa, mucho más larga, de cerca de sesenta años. El ingreso per cápita de nuestro país ha caído desde un ranking próximo al vigésimo a principios de los setenta del siglo pasado, hasta el sexagésimo puesto en la actualidad. Insistimos hasta el cansancio que tener y mostrar un rumbo claro es esencial, pero la Argentina va en dirección contraria y pocas veces ha sido tan confuso nuestro ¿quo vadis? Esta carencia de rumbo impide maximizar la calidad y cantidad de las inversiones en capital humano y en capital físico para así crear todos los empleos productivos necesarios para erradicar la pobreza y reducir, más lentamente, la desigualdad. Dejando atrás el riesgoso baile en el Titanic, hay que buscar acuerdos como los que ayudaron a salir de parecidos atolladeros, en el siglo pasado, a España en los setenta, a Israel en los ochenta, a Chile en los noventa y, ya en el siglo XXI, a Sudáfrica en los 2000.

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