Alternativas para corregir la macro

Luis secco*

2023-01-02T08:00:00.0000000Z

2023-01-02T08:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

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Sumario

Luis Secco asegura que aunque todavía falta todo el 2023, ya se insinúa el debate sobre qué debería hacer el próximo gobierno para bajar la inflación. Cómo hacer bien el ajuste fiscal. Aunque todavía falta todo el 2023, ya se insinúa el debate sobre qué debería hacer el próximo gobierno para bajar la inflación. Por qué no conviene un ajuste fiscal gradual pero si un programa sólido que contenga equilibrio fiscal, moneda sana y reformas que favorezcan la productividad y la competitividad de la economía. Amedida que nos aproximemos al cambio de gobierno de 2023 el debate sobre la estrategia de política económica y sus contenidos específicos se irá intensificando. Por el momento, y como resultado de la actual configuración de política económica, la parte más visible del debate se centra en la dicotomía entre lo que habría que hacer y lo que se puede hacer. Un debate en el que desde el mismo arranque de su Gobierno el presidente Alberto Fernández y el FMI fijaron claramente su posición: “El programa económico que la Argentina necesita no es ni económica ni políticamente viable”. Y que no hace mucho el viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, volvió a plantear cuando sostuvo que: “Me hubiera gustado hacer algo más profundo”. Sin embargo, el dilema no es tal. Después de tantos años de evitar el conflicto, la opción de postergar el armado y lanzamiento de un programa de estabilización y cambio económico integral (por más antipáticas que sean las medidas que formen parte de él) ha dejado de estar disponible. En este sentido, vale la pena recordar las siguientes observaciones de Juan Carlos Torre: “La situación económica del país requiere en el corto plazo una disminución drástica de la inflación para lo cual son necesarias dos cosas: devolver credibilidad al manejo gubernamental de la economía y adoptar un conjunto de medidas integradas de ajuste económico. Una política progresista pasa por el lanzamiento de un plan antiinflacionario. Las elecciones que todavía nos están permitidas se refieren a la duración y la magnitud de los sacrificios a realizar. La negativa a un ajuste económico hará que dentro de pocos meses sean necesarias medidas entonces sí más draconianas y probablemente más insoportables para la convivencia democrática.” (Diario de una Temporada en el Quinto Piso, editorial Edhasa). Se trata de observaciones que bien podrían haber sido hechas hoy, pero que se hicieron en los meses previos al lanzamiento del Plan Austral. En aquél entonces, al igual que en la actualidad, prevalecía la visión de que la sustentabilidad política y social estaban por encima de la económica. Y si bien podría ser lo correcto (en el marco de una democracia en pañales como la de los primeros años de Raúl Alfonsín), el tiempo mostró que la sustentabilidad económica era (y sigue siendo) una condición necesaria para la sustentabilidad política y social. Y que los problemas económicos cuando son postergados irremediablemente se expresan con virulencia más temprano que tarde. La Argentina arrastra ya varios gobiernos que no han querido ocuparse de la macro. Y más allá de evidentes dosis de desidia y de negligencia, el temor a ajustar aparece como la razón principal de esa negativa. El vamos viendo del actual gobierno, el gradualismo del anterior o la negación de la realidad del anterior del anterior, lo único que han hecho es agravar los problemas. La crisis económica de la Argentina es de carácter estructural, y con cada día de inacción que pasa las medidas necesarias para revertirla son, siguiendo a Torre, cada vez más draconianas. Para que esas medidas resulten efectivas deben inscribirse dentro de un amplio programa de estabilización y cambio de régimen económico que marque un claro quiebre respecto del régimen de política económica previo. Un programa integral permitiría realinear expectativas muy rápidamente y, gracias a ello, aumentar la efectividad de las políticas que se implementen. Los componentes de un programa tal son bien conocidos: equilibrio fiscal, moneda sana y reformas que favorezcan la productividad y la competitividad de la economía. La idea de cambio de régimen se asocia a la idea shock (en los términos del debate Shock vs. Gradualismo). El desprestigio del gradualismo ha generado más espacio para el shock. Sin embargo, éste no está en el cambio abrupto o instantáneo de todas las políticas públicas. Sino, más bien, en el anuncio de un programa (de una hoja de ruta) integral que produzca un shock de expectativas. Hernán Büchi, ex ministro de Hacienda de Chile sostiene lo siguiente: “Aunque se postule una rigurosa política de shock, en la práctica su ejecución siempre o casi siempre va a ser gradual. En cambio, si se pretende desde la partida un cambio que vaya materializándose en forma gradual, al final lo más probable es que no se haga nada o que el avance no sea suficiente.” Con esto en mente y teniendo en cuenta las consideraciones que realizamos el principio sobre el temor a avanzar con políticas que pueden tener costos y generar tensiones políticas y sociales, elaboramos la tabla que acompaña esta nota. Cualquier combinación diferente a la que combina políticas de shock en los tres frentes (fiscal, monetario y estructural) sería sub-óptima en términos de resultados en mate ria de inflación y crecimiento. En el extremo opuesto del gradualismo (en los tres frentes) el riesgo de una crisis por frustración de expectativas excede, a nuestro juicio, la incertidumbre que conlleva ir por el premio mayor de un cambio de régimen inequívoco. Las combinaciones intermedias pueden lucir más o menos atractivas, pero ninguna termina de perfeccionar el shock de expectativas necesario. Dentro de éstas, las menos recomendables son las que optan por un ajuste fiscal gradual. Basta con recordar que todos los planes de estabilización inicialmente exitosos (Tablita, Austral, Convertibilidad) hicieron agua por la falta de una rápida y consistente consolidación fiscal. No hay régimen monetario y cambiario que sobreviva indefinidamente a la falta de equilibrio fiscal. Y las políticas de reforma estructural no alcanzan por sí solas para generar un ambiente económico estable y pro-crecimiento. Hace unos meses planteábamos que, si el próximo gobierno tomara desde un primer momento las medidas para que el cambio de régimen resulte evidente e incuestionable, las chances de salir del curso de colisión que llevamos serían realmente altas. Y entonces, con una macro estable y con un marco regulatorio y jurídico más amigable para el sector privado, el crecimiento con equidad volvería a estar al alcance de la mano. 2023 promete ser un año muy largo, pero la posibilidad de que con un nuevo gobierno esta vez sí sea diferente está latente.

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