El nacimiento de un nuevo orden internacional

Joschka Fischer*

2023-01-02T08:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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Columnistas

El nacimiento de un nuevo orden internacional Estamos siendo testigos de una confluencia sin precedentes de crisis mayores y menores. Desde la pandemia del COVID-19, el alza de los precios de la energía y el retorno de la inflación en las economías desarrolladas y en desarrollo hasta la fractura de las cadenas de suministro, la criminal guerra de Rusia en Ucrania y el cambio climático, muchas de estas crisis no son solo señales de decadencia, sino de un nuevo orden que está naciendo. Al tiempo que acaban por desaparecer los restos del orden bipolar del siglo veinte, estamos viviendo el surgimiento de una nueva pentarquía. Estados Unidos y China -las superpotencias militares, tecnológicas y económicas de este siglo- serán los actores dominantes, pero Europa, Japón y la India tendrán una influencia importante sobre grandes áreas del planeta. Un gran signo de interrogación pende sobre Rusia, ya que su estatus, capacidades y posición estratégica futuros dependerán del resultado de su temeraria guerra de agresión. Bajo el Presidente Vladimir Putin, Rusia se ha aferrado desesperadamente al pasado, buscando recrear el siglo veinte o, incluso, las últimas décadas del siglo diecinueve. Pero con su catastróficamente equivocado intento de destruir Ucrania, en último término Rusia está acabando consigo misma. No hay dudas de que la derrota militar rusa en Ucrania acabará ocurriendo y solo queda en suspenso el cuándo. Pero es demasiado pronto para predecir las consecuencias probables. ¿Sobrevivirá el régimen de Putin, o la derrota rusa dará paso a otra fase de decadencia y desintegración internas? Hasta que esa pregunta se resuelva, no podemos saber todavía si Rusia intentará mantener sus antiguas pretensiones de hegemonía sobre Europa del Este y gran parte de Eurasia. Si el Kremlin se ve obligado a abandonarlas, es probable que también acabe su aspiración a ser una potencia mundial. En todo caso, lo más probable es que incluso decrépita y humillada, Rusia, en lugar de pasar a una hibernación geopolítica, siga siendo una importante fuente de inestabilidad en el nuevo orden, especialmente en el continente europeo. A estas alturas ya no está tan claro que su enorme arsenal nuclear baste para garantizarle su estatus geopolítico en el siglo veintiuno. Su economía se está debilitando de manera decisiva a medida que el resto del planeta se aleja de los combustibles fósiles, que constituyen su eje económico central. Mientras Rusia plantea nuevos riesgos debido a su fragilidad y decadencia, China lo hace por el aumento de su riqueza y poder. Gracias a la masiva ola de globalización que se inició a comienzos de los 2000, el gigante asiático pudo salir de la pobreza y posicionarse para alcanzar el estatus de una economía altos ingresos. Y, con la credibilidad de Occidente parcialmente debilitada por la crisis financiera de 2008, China ha podido expandir su propio rol de liderazgo mundial y presentarse como una superpotencia global a la par de EE.UU. Sin embargo, y a diferencia de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, China no ha cometido el error de centrarse únicamente en su poder militar. Por el contrario, su ascenso global se reflejó en su disposición a integrarse a los mercados mundiales dominados por EE.UU. y Occidente, sirviendo como una de las “grandes fábricas” del mundo, al tiempo que invertía intensamente para competir con Occidente en las vanguardias tecnológica y científica. Ciertamente los chinos no se han limitado en cuanto a inversión militar, pero no han permitido que el gasto en defensa y seguridad opaque los demás temas. La gran diferencia entre China y Rusia hoy es que, a diferencia de Putin, los líderes chinos han estado viviendo ya hace bastante tiempo en el siglo veintiuno. La reciente cumbre del G20 en Bali dejó en evidencia esta diferencia fundamental de perspectivas y propósitos. Mientras Rusia se vio aislada en lo diplomático, China tuvo un papel central en todos los debates y en la redacción del comunicado final. Si bien no adoptaron la línea occidental con respecto a la crisis de Ucrania, países grandes como China y la India hicieron uso de la ocasión para distanciarse claramente del Kremlin, criticando su política bélica y sus amenazas nucleares. Si las entrevistas cara a cara del Presidente estadounidense Joe Biden con el Presidente chino Xi Jinping ayudaron a reducir las tensiones sinoestadounidenses, la cumbre de Bali habrá abierto la puerta para dar nueva forma a las relaciones internacionales del siglo veintiuno. El resultado de las elecciones de medio término de EE.UU. ofrece otra razón más para la esperanza, ya que no se materializó la tan anunciada “ola roja” de los Republicanos, que no pudieron asegurarse el Senado y solo obtuvieron una precaria mayoría en la Cámara de Representantes. Como en 2018 y 2020, la figura del ex Presidente Donald Trump hizo que su partido quede a la zaga. La mayoría de los estadounidenses no quieren volver a sus políticas aislacionistas del “Estados Unidos primero”. En su conjunto, las elecciones estadounidenses de medio término y la cumbre de Bali dan razones para el optimismo en un momento por lo demás tenso e incierto. Pero necesitaremos un avance mucho mayor hacia la cooperación global. En último término, nuestras dos grandes crisis -la retrógrada guerra de Rusia y el cambio climático- solo se podrán superar si las potencias clave del mundo encuentran maneras de colaborar y avanzar juntas.

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