Entre nubes

MARIELA SANTAMARÍA enfrentó los prejuicios insertándose en la Escuela de la Fuerza Aérea a los 18 años. Comandó el avión más pesado del mundo y a los 34 se permitió virar el vuelo de su vida con la llegada de Flybondi.

FOTOS: SERGIO BIANCHI. TEXTO: MÉLANIE READ.

2023-01-17T08:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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Reportaje Especial

Sin darse cuenta, el emblemático recorrido de la primera mujer en aterrizar sobre la Antártida al comando de un avión Hércules, comenzó con la simple pregunta que cualquier adulto le hace a un niño: “Y vos… ¿qué querés ser cuando seas grande?”. La bonaerense proveniente de Quilmes respondió desde el primer día: “volar”; ganas que fueron creciendo en cada visita a Aeroparque para apreciar los aviones despegar. Lo que fue despertando en ella se confirmó a los 13 años cuando su familia la acompaño a realizar su vuelo de bautismo en BASA, la escuela de aviación privada, lugar donde verbalizó el sueño de seguir la carrera como profesional. Esta historia se iba llevar a cabo de alguna forma u otra, pero no de la que ellos se esperaban; cuando con todo el dolor de unos padres, le explicaron a Mariela que la carrera civil no estaba dentro del alcance económico familiar para costearla. Aunque justo en esa base de Quilmes, la Escuela Técnica de la Fuerza Aérea se ubicaba frente a sus ojos. Para sorpresa de todos, barajar esta opción era el camino más viable, pero en la búsqueda de respuestas para esa niña insaciable la realidad chocaba otra vez con una pared: “No se aceptan mujeres en la milicia, quizás en dos o tres años puede ser”. Empedernida y sin bajar los brazos, Santamaria aceptó la realidad poco inclusiva que no se cuestionaba en los 90; y confió en el pronóstico que le habían dado, preparándose como si esa hubiera sido palabra santa. Para la estrella de esta historia no existía opción válida que no incluyera volar y comenzó el caminito de hormiga que la llevaría a ser una gigante: dando el primer paso al cambiarse de un bachillerato a una escuela técnica por elección propia. En el año 2000 se abrió el primer cupo para mujeres en la Escuela Militar Argentina, y sin dudarlo presentó sus papeles al año siguiente, meses antes de terminar el colegio y recibirse como Técnica Mecánica. En diciem bre rindió los exámenes teóricos de ingreso y cruzó los dedos esperando la carta de confirmación, que cuando llegó relataba que esperaban su presentación en el regimiento de Córdoba para febrero de 2002. A los 18 años se iba de Buenos Aires, y sus familiares que poco y nada tuvieron que ver con el ámbito castrense, entre risas se preguntaron cuanto duraría la más rebelde de la casa. El principio fue duro y costó bastante, pero Mariela cuenta que enseguida pasó del “vos al usted”, y mientras venía de una vida completamente descontracturada llegar allí a cumplir horarios, regímenes de sueño y salidas fue como aprender todo desde cero. Pero este todavía no es el final feliz de una niña que cumple su sueño, sino el inicio de lo sería un camino de formación profesional que parecía infinito e implicaba no tocar un avión por los siguientes 4 años. Egresada de oficial militar de alférez, en la camada de Santamaria se abrieron 30 cupos para la especialización en aviación, a la cual logró entrar con su grado de mérito conseguido. La presión no le pesaba y aunque constantemente intentaban medir su capacidad como mujer, ella jamás nubló su vista del objetivo final. La adolescente rebelde se había convertido en una mujer ambiciosa y de principios claros; devorándose, sin querer, cualquier obstáculo que estuviera en su camino. Esas características inconfundibles le permitieron terminar exitosamente el curso de piloto y en el 2008 decidió continuar su carrera desde la aviación de transporte; le dieron el pase y otro destino la esperaba en Comodoro Rivadavia. Desde ese momento y como si hubiera sido amor a primera vista, supo que quería domar la mayor bestia de la fuerza aérea, el Hércules. El avión más noble y pesado de todos. Comandar esa nave era otra historia, de la cual Santamaria se volvió protagonista al ser la primera mujer en pilotearlo. Con ello, las misiones de paz tanto como las humanitarias fueron creciendo dentro y fuera del continente y así es como llegó a la Antártida para realizar tareas de enlaces entre bases, naturalizando aterrizar sobre glaciares y siendo la única capaz de transportar hasta 70 toneladas de carga. En el 2013 volvió a la base de Buenos Aires, pero el espíritu voraz de esta comandante en algún momento encontraría su techo profesional. Tras 5 años de comandar el Hércules y con cada vez menos horas de vuelo necesarias a cubrir, la carrera de toda una vida parecía terminar. El siguiente grado en la vida de un militar es realizar la Escuela de Guerra para pasar a ser capitán, pero el momento de maestría académica implicaba nuevamente no estar entre las nubes por los próximos años. Pensar en eso daba terror y abandonar la vida operativa no estaba en los planes de Mariela… sin mencionar que no había opción alguna ya que optar por no hacerlo era sinónimo de desertar. Una tarde en el escuadrón aéreo del Palomar, con vista directa a la plataforma de aviones, un vuelo de Flybondi aterrizaba y Santamaria se replanteaba su vida. La monotonía se hacía inaguantable, y sin saberlo, encontrar una nueva normalidad con horarios estables era la libertad humana que su cuerpo estaba estaba pidiendo a gritos. En el verano del 2018 presentó su currículum y como quien no quiere la cosa, con ello vino su primera entrevista a los 34 años. Un vaivén de llamadas tuvo lugar antes de darle la bienvenida y para mediados de abril la propuesta había llegado. De ahí en adelante la historia fue otra, y los últimos 5 años se plagaron de momentos donde la introspección fortaleció a quien hoy comanda su propia vida. Más allá de la estigmatización a la mujer en los ámbitos castrenses, estas historias dan lección sobre algo que nada tiene que ver con la mirada ajena, sino más bien con la fe propia, escuchar nuestra voz interna y confiar en ella. Lo que alguna vez fueron meses sin amistades y familia, ahora cobraba valor en cada segundo compartido; desde unas vacaciones con seres queridos, hasta el profesorado de yoga que hoy cursa Mariela Santamaria. Suerte o destino, el tiempo es oro y quien sabe leer cuándo es necesario pegar el salto de fe es el único capaz de gozar ver su vida cambiar.

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