Una tormenta se avecina

Por JAMES NEILSON* * PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

2022-01-15T08:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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Lejos de contribuir a apaciguar los mercados, el presidente y el ministro los agitaron aún más al hacerles sospechar que la temida ruptura con el FMI podría ser inminente. Por James Neilson. Es una deformación profesional. Frente a todo cuanto sucede, sea un asesinato atípico, una palabra desafortunada o un desastre descomunal que afecta a muchísimas personas, los políticos suelen preguntarse cómo aprovecharlo en beneficio propio o, si les parece necesario, cómo minimizar los perjuicios que podría ocasionarles. He aquí una razón, acaso la principal, por la que generaciones de dirigentes han permitido que la crisis económica que está destruyendo la Argentina adquiriera sus dimensiones monstruosas actuales. Con escasísimas excepciones, peronistas, radicales y sus socios de turno siempre han entendido que no les convendría en absoluto tratar de superar la crisis porque cualquier programa de rescate concebible exigiría medidas que muchos encontrarían sumamente antipáticas. Saben que están en juego tantos intereses creados que hasta una reforma menor podría dar lugar a una batalla campal al procurar los defensores de los sectores amenazados asegurar que otros paguen todos los costos. Desde el punto de vista de casi todos los integrantes de la clase política, pues, ha sido mucho mejor limitarse a atribuir el estado de la economía nacional a sus adversarios locales y sus presuntos amigos en el exterior con la esperanza de que nadie los acuse de haber aportado a la catástrofe. Para algunos, comenzando con Alberto Fernández y Cristina, la condición lamentable del país sigue siendo un activo muy valioso al brindarles oportunidades para afirmarse víctimas inocentes de la apenas creíble maldad de Mauricio Macri y de otros que, por motivos siniestros, no quieren que la Argentina prospere como ellos quisieran, El economista norteamericano Herbert Stein, que murió en 1999, es recordado por haber señalado lo que debería ser evidente pero que así y todo la mayoría propende a pasar por alto. Dijo: “Si algo no puede durar para siempre, se detendrá”. Ahora bien, ¿podrá convivir indefinidamente la Argentina con una tasa de inflación creciente, poquísimas reservas internacionales, una brecha cambiaria grotesca, un índice de riesgo país estratosférico y una presión impositiva asfixiante que tiende a aumentar, entre muchas otras distorsiones? Por supuesto que no. A esta altura, es inútil intentar ponderar los hipotéticos méritos del modelo fantasioso que a través de los años ha construido la clase política nacional. Tarde o temprano se desplomará. Hay indicios de que podría hacerlo muy pronto, de ahí la sensación de alarma que está difundiéndose no sólo en el “círculo rojo” sino también entre los que, sin imaginarse miembros de una elite, son conscientes de que, una vez más, sus propios proyectos personales corren peligro. La semana pasada se multiplicaban las señales de que el colapso previsto estaba por ocurrir. Los esfuerzos de Martín Guzmán por tranquilizar al mundo diciéndole que, a pesar de las diferencias con el Fondo Monetario Internacional, el gobierno seguiría apostando al crecimiento, no convencieron a nadie de que los planteos oficiales eran más coherentes que los de los despreciados técnicos del organismo. Tampoco ayudó la intervención de Alberto que, como tantos otros, quisiera ubicar el drama económico nacional en el contexto de las negociaciones con el FMI, como si sólo fuera una cuestión de principios o de posturas ideológicas, no de realidades dolorosamente concretas. Lejos de contribuir a apaciguar los mercados, el presidente y el ministro los agitaron aún más al hacerles sospechar que la temida ruptura podría ser inminente. ¿Y entonces? El consenso es que, sin el apoyo del único acreedor significante que le queda, el país sufrirá otra implosión. Martín Lousteau insinuó que es lo que el gobierno tiene en mente, ya que según él va camino a estrellar la economía. Puede que exagere el senador radical y que Guzmán y su jefe formal sinceramente crean que sería mejor no sólo para el gobierno sino también para el país que no ajustaran más de lo que ya han hecho, pero, aparte del venerado Joseph Stiglitz que, para extrañeza de muchos, acaba de festejar “el milagro” albertista, parecería que ningún economista serio comparte su opinión. El nerviosismo que tantos sienten puede entenderse; nadie ignora que para algunos kirchneristas y sus compañeros de ruta coyunturales de la izquierda dura, chocar frontalmente contra la odiosa realidad capitalista no sería del todo malo. Acostumbrados como están a pensar en términos abstractos, la idea de una rebelión contra los malditos números los seduce. Lo mismo que al autócrata turco Recep Erdogan que, inspirándose en ciertos pensadores islámicos, está luchando contra la inflación bajando las tasas de interés del banco central local, de tal modo agravando todavía más la situación de su país, les encanta lo claramente heterodoxo por suponer que es revolucionario y patriótico. En cambio, quienes no viven de abstracciones ideológicas intuyen que librar una especie de guerra santa contra el sistema económico imperante en el resto del mundo, incluyendo a China, tendría consecuencias terribles. Los hay que creen que tanto Alberto como Cristina lo saben y que por tal motivo estarían dispuestos a aceptar un acuerdo con el ogro fondomonetarista con tal que les sea dado presentarlo como un triunfo propio. Tal vez una concesión simbólica serviría para conformarlos. Sea como fuere, en la actualidad la confianza es un bien muy escaso. Desde hace mucho tiempo economistas sensatos han venido insistiendo en que es virtualmente imposible que el país vea una reedición del tsunami hiperinflacionario que puso un fin prematuro a la gestión de Raúl Alfonsín e hizo que Carlos Menem se transformara en una suerte de neoliberal criollo, pero tal y como están perfilándose las cosas, muchos no se sentirían demasiado sorprendidos si aquella historia se repitiera. Tampoco podría descartarse que nos aguarde un nuevo “rodrigazo” o que en los meses próximos haya un derrumbe equiparable con el de 2001 y 2002. Parecería que, debido a la resistencia de tantos políticos a aprender de los errores cometidos por ellos mismos o por quienes los antecedieron en los cargos que ocupan, la Argentina está condenada a continuar dando vueltas a la noria hasta que un buen día caiga exhausta. En 1975, 1989 y 2001, el país aún contaba con los recursos sociales, culturales e incluso económicos suficientes como para posibilitar una recuperación vigorosa. ¿Sigue teniéndolos? Puede que sí, pero no cabe duda de que, con casi la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza, una alta proporción de la cual depende de limosnas repartidas por el Estado u organizaciones afines, la educación en caída libre, una pandemia que todavía no ha terminado y el éxodo de quienes se creen capaces de prosperar en otras partes del mundo, sería mucho más difícil desandar el camino de lo que hubiera sido en el pasado. Por lo demás, si bien siempre ha sido tentador suponer que el país tendría que tocar fondo antes de poder emprender un cambio comparable con los de países europeos y asiáticos que en un lapso muy breve dejaron de ser mucho más pobres que la Argentina para erigirse en potencias económicas, nadie ignora que los costos humanos de una transición virtuosa podrían ser altísimos. La estrategia del kirchnerismo es netamente política por basarse en la noción de que hay que concentrarse en hacer lo posible para que, cuando estalle el modelo nac&pop, cause más estragos en la oposición y en aquellos sectores que suelen apoyarla en las urnas. Es una versión actualizada del “plan bomba” de Cristina que, asesorada por Axel Kiciloff, en 2015 se las arregló para que su sucesor en la Casa Rosada, sea Macri o Daniel Scioli, se viera obligado a ajustar, lo que a su juicio serviría para despejar el camino para su propio regreso al poder. Aunque Macri logró demorar el desenlace, no pudo desactivar la bomba por completo. Terminó devolviéndola a quienes la habían ensamblado. Si no fuera por las causas de corrupción que penden sobre la cabeza de Cristina, los kirchneristas estarían dispuestos a ceder nuevamente el poder a la coalición opositora que, preverían, no tardaría en perder el apoyo del grueso del electorado al verse constreñidos a tomar decisiones económicas nada populares. Pero, mal que les pese, dichas causas no han caducado, de suerte que un eventual triunfo de la oposición el año que viene podría costarles muy caro. Lo mismo ocurrirá si se consolida la sensación de que el ciclo kirchnerista está por finalizar ya que no es ningún secreto que la Justicia tienda a adaptarse a los vaivenes del poder político. Será por tal razón que los ultras del kirchnerismo, con el respaldo explícito de Alberto, han emprendido una ofensiva furiosa contra los jueces de la Corte Suprema justo cuando el gobierno necesita que Estados Unidos lo apoye en el tira y afloja con el FMI. En vista de la voluntad de Joe Biden y quienes lo rodean de fortalecer la democracia -que a su entender es inseparable del Estado de derecho- en América latina, a Alberto le hubiera sido difícil elegir un momento menos propicio para atacar a los jueces y, para colmo, solidarizarse ostentosamente con los autócratas de países como Nicaragua, Venezuela y Cuba, de tal manera informando a los interesados que, tanto política como económicamente, la Argentina kirchnerista se siente más afín a aquellas tiranías que al mundo democrático. ●

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