Mujeres que leen, hablan, escri ben: con el resurgir del feminismo y los reclamos de igualdad, las marcas de

Con el resurgir del feminismo y los reclamos de igualdad, las marcas del patriarcado en el lenguaje se volvieron tópico recurrente de discusión. Aquí, tres ejemplos de discriminación histórica, analizados desde una perspectiva actual.

Por LOLA PONS RODRÍGUEZ*

2022-01-15T08:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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CLASES MAGISTRALES

No es una gran obra literaria, pero nos interesa esta escena de la novela de costumbres “Cosas del mundo” (1849) del cacereño Antonio Hurtado. Un señor, mientras se viste, le pide a su criado que le abra unas cartas y se las lea, a lo que el muchacho responde con reparos; temeroso de invadir la intimidad ajena y mirando las cartas con desapego, avisa: “Esta es letra de mujer”. ¿Cómo ha reconocido una caligrafía como femenina? Igual que hoy parece un estereotipo asociar una grafía poco cuidada e ilegible a los médicos cuando expiden recetas, en el español antiguo tenía mala imagen la caligrafía de otros colectivos. A menudo se ligaba la mala letra a los militares, por estar dedicados a las armas y poco al estudio, y también a veces, en el sentido justamente opuesto, se adjudicaba mala letra a los sabios, por no tener tiempo para detenerse en hacer buenos trazos, atrapados como estaban entre libros. La letra de mujer, por su parte, se asociaba a una caligrafía de trazo grueso, mal asentada en el renglón, con impericia en el manejo de la tinta: “Escrita con carbones o con pies de escarabajo”, dice un testimonio del siglo XVI recuperado por la historiadora de la lengua Belén Almeida. La idea de que la mujer tenía un tipo de letra particular y reconocible ha sido tradicional en la historia cultural española hasta bien entrado el siglo XIX. En el Monitor de las escuelas primarias publicado en Chile en 1853 se afirma que hay grafías que parecen “letra de mujer” (“una señal que no era ni la muestra de su beldad, ni su buen corazón, ni la delicadeza de sus manos en tejer encajes y bordados”) y que era algo ofensivo que la letra de hombre pasara por ser de mujer. En una publicación periódica de 1845 (el periódico “La Colmena”, de Villalobos) se decía que “todas las letras de mujer se parecen”. Las razones de esta idea tópica están fundadas en el escaso acceso que tenía la mujer a la escritura. En 1850, un 75% de la población española mayor de diez años no sabía leer ni escribir; la tasa de analfabetismo entre mujeres era aún mayor, y ello aunque en el siglo XVIII había crecido tímidamente la alfabetización femenina bajo el reinado de Car los III y se fomentó en algo la escuela pública para niñas. Como sabemos, la habilidad de escribir es una competencia técnica que se desarrolla cuanto más se practica: desde que aprendemos a escribir (normalmente a partir de los cinco o seis años) hasta la edad adulta, vamos mejorando nuestra pericia con las letras, hasta que, de hecho, las terminamos haciendo nuestras, viciándolas para incluso volver a tener mala letra: la práctica mejora la letra y la práctica puede incluso deturparla. El hecho de que las mujeres alfabetizadas escribiesen poco en general explicaría esa desmaña que se atribuía a la letra femenina. Claro que había mujeres con buena letra y gran habilidad gráfica, pero eran las menos y tenían poco peso en el derrumbe del estereotipo. El uso y aprendizaje de la escritura que desarrollaban las mujeres era, pues, más incompleto que el de los hombres. En el mundo antiguo, pocas mujeres aprendían a leer, y muchas menos aprendían a leer y a escribir. Algunos teóricos de la educación apoyaban que se enseñase a leer pero no a escribir a las mujeres, para así evitar posibles comunicaciones secretas que se pudieran mantener fuera del ámbito conyugal. “Guárdate de mujer latina y de moza adivina”, decía una frase común desde el siglo XVI, que advertía sobre lo insólito del desempeño de tareas no consagradas socialmente como propias de las mujeres: tener mucho conocimiento (lo que se comparaba a ‘ser latino’, ‘ser letrado’) y ejercer la adivinación eran parangonables en exotismo y en peligrosidad. Influye también en su trazo inhábil el que ellas tuvieran menor exigencia social de escribir y menor oportunidad para hacerlo. De hecho, muchas de esas mujeres con competencia lectoescritora serían más bien “neoalfabetizadas”, en el sentido de que, aun sabiendo escribir y leer, renunciaban o reducían la puesta en práctica de esa capacidad. En general, encontramos más abundante escritura de mujeres en el sector nobiliario y en el religioso. En la nobleza, escribir cartas a otros miembros de la aristocracia era parte de la sociabilidad común y hoy se conservan interesantes colecciones documentales de cartas en los fondos nobiliarios españoles; en los conventos, por su parte, las monjas podían incluso ser alfabetizadas ya de adultas por otras religiosas. Los testimonios de letra de mujer que conservamos se suelen hallar en misivas que son mayoritariamente cartas privadas de asuntos dispositivos y familiares: la salud, los nacimientos, pésames, los arreglos de bodas y las cuestiones del ajuar personal. No solía ser una escritura subversiva sino establecida dentro de los controles de la época y que nos informa de cómo era la intrahistoria de nuestras antepasadas. No se observa en ellas un estilo de lengua particular, si bien es cierto que en la mayor parte de los casos las cartas privadas femeninas, por hablar del mundo doméstico y de cuidados que tenían asignados las mujeres, presentan mayor uso de vocabulario íntimo y apelativos familiares (despectivos o apreciativos) que las cartas de los varones. Quienes no sabían escribir, mujeres u hombres, y tenían la necesidad de hacerlo, confiaban la escritura a un escriba, amanuense o pendolista que trabajaba por encargo. De hecho, es muy común en cartas escritas por mujeres que veamos el texto redactado con una letra y la firma con otra; normalmente esa firma es una rúbrica poco trabajada y con clara muestra de inhabilidad gráfica: es la firma de la mujer. Otro refrán antiguo, “Mano sobre mano, como mujer de escribano”, muestra la relevancia histórica que tenían los escribanos y el bienestar que se atribuía a estar casada con alguno de ellos. Si bien en los últimos años se ha estudiado cómo escriben las mujeres en el sentido de cómo crean un mundo literario o cómo se relacionan con los cauces oficiales de publicación de ficción, solo recientemente se ha comenzado a trabajar de qué forma material escribían y qué tipos de letra muestra la escritura femenina. Y la historia nos da una lección de superación del tópico: quienes actualmente se ocupan de recuperar, editar y explicar científicamente esa escritura femenina de otro tiempo son profesionales de la filología y la historia, carreras hoy mayoritariamente estudiadas en Europa y América por mujeres que tienen la buena o mala letra de cualquier persona con estudios superiores. El refrán puede actualizarse: “Alégrate de la mujer latina”. LA HISTORIA MACHISTA DE LA PALABRA “INSTITUTRIZ”. La sesión de la mañana del 21 de noviembre de 2018 en el Parlamento español fue desagradable: tuvo un componente de insultos (¡golpista!, ¡fascista!), un parte de expulsiones, una sospecha de lanzamiento de escupitajo y una decena de llamadas al orden por parte de la presidenta del Parlamento, Ana Pastor, que zanjó el bajuno alboroto con dos quejas. Primero, lamentó que los parlamentarios no estuvieron a la altura del lugar que ocupan en el congreso y, segundo, se quejó de que los medios, a causa de tanta llamada al orden, utilicen a menudo para denominarla “un insulto machista”: la llaman “institutriz”. La palabra “institutriz” llegó tardíamente a nuestra lengua: no se incorpora a los diccionarios del español hasta 1895 y es casi rozando el siglo XX, en 1899, cuando entró en el DRAE. El sentido peyorativo que Pastor advierte no aparece recogido en esas fuentes de saber lingüístico que son los diccionarios, donde la palabra se define como “maestra encargada de la educación o instrucción de niños en el hogar de estos”. ¿De dónde viene entonces ese sesgo machista que Pastor advierte en esta palabra? Como en otros casos, vemos que no es la lengua sino el uso que hacemos de ella lo que confiere ese sentido sexista

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