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Perfil Cordoba - 2021-05-02

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Palabras usadas

Política / Ideas

CARLOS ARES*

para que no fuera necesario abrirla. Aun cuando la mayoría de las palabras no eran mías, porque soy de pocas, me producía cierta inquietud tener que dejar a la vista de todos los vecinos la cantidad de basura que, por razones de trabajo, leo o escucho a diario. El hombre comprendió. Nos quedamos pensando qué hacer. Fue entonces cuando sugirió que etiquetara las bolsas negras como si fueran residuos peligrosos, “vidrios rotos”, “objetos punzantes”, material contaminado, o maloliente, “mierda de perro”, “soretes de gato”. Tampoco era para tanto. Después de todo, no son más que palabras, dije. Al final del día se reducen a polvo, ceniza, humo, olvido. Serán inofensivas para usted, me aclaró, pero piense en lo hirientes que son para nosotros. ¿Sabe cómo arden las más jodidas, las que niegan el saqueo, cuando rozan la llaga? Hizo una lista rápida: “pobreza”, “indigencia”, “vulnerables”, “hambre”, “villas” “miseria”, “abandono”, “desnutridos”. Las encadenó como si se hubiera aprendido de memoria las tablas de multiplicar desolación. Me imagino, dije. No, no se imagina, dijo, perdone que me meta en su trabajo, para usted son palabras, ¿cómo le diría?, “integrales” si se me permite el término. Vienen con el salvado incluido. Tienen fibra, ayudan a cagar a los de siempre. ¿Quién no las arroja a la cara? Se desenfundan como armas, sirven para defender, o atacar, acusar a otros de ser los responsables. ¿Saben de qué hablan? ¿Sienten lo que dicen? ¿Desde cuándo se le volvieron cotidianas, de usar y tirar, como pañuelos de papel? Se secan con ellas las lágrimas del momento, los mocos, alguna mierdita por ahí, un bollito, a la basura. ¿La tiene a Mirtha Tundis, la que lloró en cámara por los jubilados? Cada tanto se asombran, se indignan, se enteran de que hay 20 millones de personas que llevan una vida miserable. Que la mayoría de los pibes nacen sin futuro. Que no hay, ni habrá, nada mejor para ellos. Entonces, agotan los pañuelos, los discursos. “El pueblo”, “los trabajadores”, “la salud”, “la educación”. Funcionarios públicos, dirigentes sindicales, obispos, asesores, alcahuetes, los que cobran seguro a fin de mes, los que no se rebajan un mango de sus salarios, los que se roban las vacunas, sirven el relato polenta, histórico o bíblico, molido con palabras integrales. No cambian nada, ¿se da cuenta? No tienen cuerpo. No les nacen de las entrañas. Las toman como antiácidos. Les ayudan a pasar el mal trago, el mal momento. Las repiten en las redes, en los medios, en la tele, comiendo, luciendo trajes, peinados, se lamentan, ponen cara de circunstancia. “Siempre me están diciendo que me aguante la pobreza/ el que no lleva la carga/ no sabe lo que pesa”, dice la copla. Por suerte tenemos el culo de ser los bienaventurados pobres que van a disfrutar del reino de los cielos. Se hizo tarde, dijo, tengo que seguir. Hay mucha competencia. Somos cada vez más los que hacemos este laburo de rescatar, aprovechar algo, sobrevivir hasta mañana. Con un cartelito que avise, que diga “palabras usadas”, está bien. Así no perdemos tiempo.

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