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Perfil Cordoba - 2021-05-02

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“la razón está vinculada al cálculo; la inteligencia implica empatía”

Reportaje

JORGE FONTEVECCHIA

—En las últimas entrevistas, aun las que concedió en 2019, usted se mostraba pesimista. Dijo ese año: “Espero morir antes de que reviente todo”. ¿Tenía alguna intuición sobre la distopía que se acercaba? —Era pesimista antes, en realidad. Pero, con relación a la pregunta, sigo teniendo el sueño de no morirme primero. No deseo morir antes de que acabe el mundo. La situación ya era compleja. No solo en lo vinculado a lo económico. Había muchas otras cosas. La realidad es que no creo que en progreso. Tendemos hacia una sociedad controlada, hiperorganizada en cuanto a las relaciones de poder, y dominada por unos pocos. No me gusta pensar así, me desagrada. Quizá soy pesimista también porque soy viejo. Quizá los jóvenes encuentren la manera de luchar para un mundo mejor para ellos mismos. Pero en esta situación, y aun previamente, sí soy pesimista. —¿Hay un pesimismo vinculado a la vejez? ¿El paso del tiempo, de la propia vida, empuja hacia el pesimismo? —No creo que se produzca eso, no es necesariamente así. Para explicarlo, le diría que soy pesimista porque muchos aspectos del mundo contemporáneo me parecen difíciles de aceptar. Pero admito que este pesimismo se acrecienta cuando uno va envejeciendo, cuando el espejo le devuelve esa imagen. Ahí es donde también uno espera que las nuevas generaciones sean diferentes. Pero no necesariamente la vejez implica pesimismo. En esta situación, ser viejo es particularmente difícil. —El “Nietzsche” de Martin Heidegger, libro que a usted lo marcó, comienza con una cita de “El Anticristo”. Es la siguiente: “¡Casi dos milenios y ni un solo nuevo dios!”. ¿El coronavirus puede abrir una nueva forma de religiosidad? ¿Son nuevos ritos la distancia social y el uso de tapabocas? —Aquello que decía Friedrich Nietzsche sobre un nuevo dios, según mi opinión, fue parte del Nietzsche que discutía con la filosofía precedente, del Nietzsche del nihilismo. Es un juicio que tiene que ver con lo que sucedía en su tiempo. En cuanto a la pandemia, es cierto que puede representar en algún sentido una oportunidad. La generación de una necesidad de renovación. Efectivamente, sabemos que nos estamos enfrentando a un límite. Hay turbulencia social, porque hay gente que no soporta el aislamiento ni la disciplina. Si se piensa en esto en comparación con otras regiones del mundo, como por ejemplo África, donde faltan vacunas, entre otras cosas, hay una situación con mucho de apocalíptico. Y eso es también de alguna manera verdadero. El tema de cómo plantear alternativas resulta de alguna manera un nuevo desafío de los tiempos actuales. Desgraciadamente, sentimos que aún queda mucho por hacer. —Usted dijo que “con el aumento del control colectivo se pone de manifiesto la necesidad de otro tipo de organización social diferente en términos de ayuda recíproca y amor fraterno”. ¿La idea de “control colectivo” puede vincularse a lo expresado por Giorgio Agamben y Slavoj Žižek? —Comprendo que estamos frente a un problema que es particularmente grave. Pero hay cierta forma colectiva de control que es benigna en este momento. Creo que hay que volver a una expresión social utilizada por el papa Francisco, que es “hagan lío”, la búsqueda de un cierto desorden que sea estimulante. En esta situación uno no tiene un proyecto estable de activismo político. Casi no existen maneras de oponerse a ese control. Quizá la manera más concreta es a través de ese hacer lío, allí estaríamos poniéndole algún límite al control colectivo, aunque sea difuso. —¿Qué reflexión le merece el aumento de la desigualdad que se produjo en 2020 y que los megamillo

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