Anécdota o literatura

GUILLERMO PIRO

2022-06-19T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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Cultura

La aparición, en 1984, de de Héctor Yánover, significó un cimbronazo, una sacudida en las conciencias de todos aquellos que habiendo dedicado buena parte de sus vidas a vender libros (e incluso a escribirlos) no habían sufrido la iluminación de intentar plasmar por escrito las experiencias propias y ajenas como comerciantes. Yánover la tuvo, y al igual que con de Fray Mocho (no estoy seguro, pero creo que el propio Yánover establecía la comparación), el subgénero era al mismo tiempo fundante y clausurador: luego de Fray Mocho no aparecieron más memorias de vigilantes, como así tampoco de libreros después de Yánover. Hasta hace unos pocos años, cuando algunos libreros porteños (desconocemos si conocedores o no de la obra de Yánover, es decir si movidos por las ansias de renovación o la igorancia) decidieron plasmar sus vivencias en el comercio de libros, recogiendo una serie de anécdotas que tienen como protagnitas principales al libreroy al libro, como era de esperar, y a los compradores y ladrones de libros. Una tentación a la que supieron sobreponese muchos escritores libreros, como Isidoro Blaisten, Germán García, Julián Polito, Luis Gusmán, Carlos Riccardo y Osvaldo Lamborghini, por citar solo algunos. Incluso mucho antes de que Yánover plasmara sus recuerdos, todos ellos consideraron que algo, en el sujeto o en el objeto, fallaba, condenaba al fracaso. Ya sea porque proyecto escapaba al alcance de sus intenciones narrativas y estéticas, o porque creían que la mera enumeración de anécdotas no hacen una historia, y mucho menos un libro. Algo lleva a creer a los nuevos libreros que su labor es merecedora de cierta atención especial, atención que no se merecería ninguna otra rama del comercio: no hay una recopilación de anécdotas de almaceneros, vendedores de zapatos o repositores de supermercado. Aquello que históricamente fastidió siempre al viejo librero, al nuevo lo enorgullece: esa idea de que la librería es de alguna foma un santuario al que se ingresa con una predisposición espiritual distinta a la que se tiene, pongamos, entrando a un shoping o a un mercado. Algo que aflora en las reuniones junto a la parrilla en la que se hace el asado, donde solo hace falta la presencia de un librero para que la conversación fluya hacia el tema que nos ocupa, es el anecdotario. Y con el anecdotario no se hace literatura: justamente, las anécdotas llenan el tiempo vacío en los asados, cuando lo que cuenta es estar callados y comiendo. Los viejos libreros sabían esto, y sabemos de primera fuente que muchos de ellos sigen siendo los amenizadores declarados de encuentros a la luz de la luna, en su mayoría multitudinarios, o al menos bien concurridos. Natualmente la colección de anécdotas no es privativo del vendedor de libros encarnado en escritor: mucha novela argentina actual se reduce a eso. Me pregunto de qué hablarán esos escritores en los asados. La aparición del libro en los libros –como la aparición de la madre– sume a la ficción –me sume al leer ficción, debería haber dicho– en una abulia generalizada, donde no solo pierdo las ganas de leer sino incluso de hablar o respirar. El último que dijo algo interesante sobre el libro fue Lichtenberg en el siglo XVIII. El últmo que dijo algo interesante sobre su madre fue Albert Cohen en 1954. Hay que huir de los tópicos, porque son engañosos, como las enfermedades. Nos hacen creer que solo nos tocaron a nosotros y que son especiales, pero atacan y maltratan a todo el mundo por igual. El pasado también es una vacuna.

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