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Perfil (Domingo) - 2021-05-02

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El regreso de la historia

POLÍTICA / IDEAS

RODRIGO LLORET* *Doctor en Ciencias Sociales. Director de Perfil Educación.

Francis Fukuyama es uno de los cientistas sociales más respetados. Formado en la Universidad de Harvard y docente de la Universidad John Hopkinks, alcanzó fama mundial a fines del siglo pasado cuando publicó El fin de la historia y el último hombre. Tras la caída del Muro de Berlín y el desenlace de la Guerra Fría, el ensayo de este célebre politólogo estadounidense se convirtió en una biblia para el neoconservadurismo, al proclamar una controvertida tesis que planteaba el fin de la dicotomía izquierda-derecha, tras la autoproclamada derrota del modelo soviético frente a la economía de mercado y la democracia liberal. Tres décadas después, la realidad se ha transformado violentamente. En medio de una dramática pandemia, el discurso neoliberal, que desdibujó el rol del Estado en la construcción de sistemas políticos y económicos, empieza a ser puesto en duda. El mundo ha cambiado. Y Fukuyama cambió con el mundo. En La pandemia y el orden político, publicado en Foreing Affairs a mediados del año pasado, Fukuyama aseguró que el Covid “arrojó luz sobre las instituciones existentes en todas partes y reveló sus insuficiencias y debilidades”, y que “la brecha entre los ricos y los pobres, tanto personas como países, se ha profundizado por la crisis y aumentará aún más durante un prolongado estancamiento económico”. El anterior sepultador del socialismo ahora sostiene que el impacto del coronavirus “podría poner fin a las formas extremas de neoliberalismo, la ideología de libre mercado de la que fueron pioneros economistas de la Universidad de Chicago como Gary Becker, Milton Friedman y George Stigler”, y que “dada la importancia de una fuerte acción estatal para frenar la pandemia, será difícil argumentar, como hizo Reagan, que ‘el gobierno no es la solución a nuestro problema; el gobierno es el problema’”. Una nueva era comienza, una etapa en la que el “big government” regresa. Eso quedó demostrado esta semana cuando Joe Biden celebró los primeros cien días de su gobierno anunciando que la pandemia será derrotada en los Estados Unidos a través de dos programas: el Plan de Familia y el Plan de Empleo, que serán financiados con impuestos al 1% más rico del país. El Plan de Familia consiste en un paquete de asistencia social de 1,8 billones de dólares. Podría entenderse como la mezcla de la Bolsa de Familia, que aplicó Lula en Brasil, o la Asignación Universal por Hijo, que implementó el kirchnerismo en la Argentina. Pero en la meca del capitalismo, hay que decirlo. Biden pretende ampliar el sistema de educación pública, mejorar la adjudicación de becas para estudiantes de bajos ingresos, proporcionar licencia familiar y médica y la ampliación de créditos tributarios por hijos. Se prevé que el Plan de Familia ayudaría a más de 65 millones de niños y podría reducir la pobreza infantil a la mitad este año. Mientras que el Plan de Empleo se propone aumentar la producción industrial y contener la importación de productos fabricados en China. El libre mercado puede esperar si Estados Unidos lo dice. Entre las distintas medidas propuestas se anunció el aumento del salario mínimo y el fomento a la compra de productos “made in America”, sumados a una millonaria inversión en infraestructura para construir rutas y caminos y el impulso a la energía “verde”. Se anuncia la creación de miles de millones de puestos de trabajo antes de fin de año Biden propuso que el costo lo paguen los más ricos. El presidente advirtió en el Capitolio que el 55% de las grandes corporaciones no pagó impuestos federales durante el último año de mandato de Donald Trump, a pesar de que lograron 40 mil millones de dólares en beneficios. “Ya es hora” de pagar advirtió Biden. Lo mismo dijo al anunciar que quienes ganen más de 400 mil dólares al año pagarán un 39,6 % de impuestos, como solía ser antes de que George W. Bush redujera ese gravamen. Deben “pagar su parte justa”, reclamó Biden. No caben dudas: la historia ha regresado. Buen título para un libro de Fukuyama.

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