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Perfil (Domingo) - 2021-05-02

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“coordinamos con nación y provincia”, le dice Quirós a fontevecchia.

REPORTAJE

JORGE FONTEVECCHIA

Explica por qué la Ciudad registra en los últimos días una leve caída en los contagios y cómo se irá reflejando en la ocupación de las terapias intensivas y en los fallecimientos. Si bien reconoce que el AMBA es un bloque sanitario, advierte que hay pequeñas diferencias estructurales entre CABA y el Conurbano que pueden llevar a tácticas puntuales distintas. Dice que tiene un diálogo continuo con Carla Vizzotti y señala que es esencial buscar acuerdos en una situación tan dolorosa como la que se vive. Anticipa todo un 2021 de extremos cuidados y calcula que en julio estarán vacunados los grupos de riesgo. —Es verdad lo que dicen algunas empresas de medicina prepaga prestigiosas acerca de que tienen una docena de pacientes internados en pasillos y en sillas sin cama? —Hoy de ninguna manera. La dificultad de algunas organizaciones sanitarias en la Ciudad es que tienen un grupo relativamente concentrado de prestadores. Una cosa es el sistema privado de salud en su conjunto y otra una organización particular. En la Ciudad de Buenos Aires tenemos un trabajo muy fuerte para fortalecer los sistemas público y privado para que haya camas para quienes las necesiten. Puntualmente algún efector puede tener dificultades. Esta semana no, pero algunos las tuvieron en la anterior. Pero no es la situación hoy. Luego de varios días de estabilización y de los últimos cuatro o cinco días de descenso de casos, el sistema de salud tanto público como privado está trabajando de manera bastante más organizada que los primeros días de ascenso rápido de hace dos semanas. —En 2021 hay más testeos que en 2020. ¿Cuáles son los datos importantes a tener en cuenta: la cantidad de contagiados diarios, las personas en terapia intensiva o los fallecidos? —Los tres son muy importantes. Hay tres curvas epidemiológicas muy vinculadas. La primera es cuántas personas se contagiaron. Ahí hay una relación entre los diagnosticados con PCR, que depende del número de testeos en parte, y quienes verdaderamente están enfermos. La Ciudad de Buenos Aires hizo muchos trabajos de seroprevalencia. Demostró que por cada PCR positiva hay 2,5 personas enfermas. Nuestros números de PCR positivas por día están relativamente vinculados a los verdaderos enfermos del día en una relación de 1 a 2,5. Es una relación muy estrecha incluso a nivel internacional. De la cantidad de enfermos que hay cada día, lo que nosotros podemos ver en los últimos 15 días es que luego de un ascenso muy rápido que llegó a un pico el 12 de abril; a partir del 13 de abril los casos incidentes, es decir las personas que ese día dieron positivo en la PCR, no el día que Nación confirmó o presentó el informe cotidiano sino el día que se había tomado el hisopado, el día 12 fue el pico, y llegamos a 3.050 casos. Desde allí se estableció primero, y luego bajó a un promedio diario de la semana de unos valores de 2.800 a unos valores de 2.400 en esta semana. Los casos incidentes subieron hasta el 12 de abril, se estabilizaron y bajaron en los últimos cinco días previos a esta entrevista. Pero las camas de terapia intensiva suelen tener una diferencia de entre siete y diez días de temporalidad demorada respecto de la curva de casos incidentes. Las personas se enferman hoy y cuando se complican gravemente es entre el séptimo y el décimo día. En la curva de camas de terapia intensiva tuvimos durante toda la semana anterior un número muy acelerado de casos, acompañando aquel primer ascenso. Esta semana se estabilizó durante estos días. Esperamos que en la semana que viene seguramente pueda empezar algún descenso. La curva de fallecidos va de siete a diez días con posterioridad a la internación en terapia intensiva. Es un promedio, por supuesto. En este momento se da el reporte más alto de fallecidos, como consecuencia de lo referido sobre la terapia de la semana anterior y de los casos incidentes de hace quince días. —Hay más salas de terapia intensiva. Pero los casos de personas de más edad se resolvían en diez a quince días, en cambio, los más jóvenes pueden aguantar hasta un mes en terapia intensiva hasta salir. ¿Es así? —Sí. La edad promedio en las terapias intensivas descendió en esta ola, a diferencia del invierno anterior. Tiene que ver con una combinación de dos fenómenos. El primero es que esta ola encontró a los mayores de edad, sobre todo a los mayores de 80, pero también los mayores de 70, con una tasa de vacunación muy alta, de al menos una dosis. La vacunación de al menos una dosis demostró en la Ciudad tener una efectividad en descender el riesgo de enfermar y enfermar de gravedad de casi el 90%. Como los mayores de 70, y sobre todo los de 80, están muy protegidos, ese grupo etario no ocupó las terapias. Por eso naturalmente el promedio de edad baja en las terapias. Se achicó, disminuyó o desapareció el grupo de mayor edad. A eso se suma que esta curva de casos es prácticamente el doble de la de agosto pasado. Hay el doble de personas de edad media y de media mayor enfermas. Naturalmente, hay más personas de esa edad en las terapias intensivas. Eso explica por qué hay gente más joven. Naturalmente, la sobrevida, la capacidad de una persona de salir de terapia intensiva en buenas condiciones es mayor cuanto más joven es el paciente. Por eso la gente está más tiempo en la terapia. En el sector público y en colaboración con el privado, trabajamos con muchas unidades de descarga rápida de la terapia, lugares para personas enfermas pero que tienen una rehabilitación más intensiva y también más rápida. Con eso logramos mantener el dinamismo de camas en las terapias intensivas. —¿Pasamos el pico o vendrá en la segunda quincena de mayo? —Hay que tener mucho cuidado con los pronósticos de curvas y proyecciones matemáticas. Responden por un lado a la evolución natural de la curva epidémica, pero también responden a los cambios de humor y a la decisión social de cuidarse e intensificar el cuidado, junto a los efectos de los cambios de las políticas de gobierno. Estuvimos todo abril del año pasado pronosticando el pico para mayo. Cuando se hizo esa cuarentena tan intensiva inicialmente en la Argentina y sobre todo en la Ciudad, ese pico terminó llegando en agosto. Hay que tener mucho cuidado con pronosticar el pico. Una cosa es el pico de evolución natural y otra lo que ocurrió dadas las primeras restricciones que tomamos en conjunto. Como aquel viernes inicial en que bajamos a las doce de la noche las actividades comerciales y sobre todo se prohibieron los encuentros sociales y familiares, el principal mecanismo de contagio en la ciudad. Luego, el segundo grupo de medidas que tomó el Presidente a los cinco o seis días de bajar la nocturnidad o las limitaciones a las ocho de la noche hizo que la curva respondiera a esas medidas. También la sociedad decidió cuidarse más por lo que estaba observando y viviendo. El pico de casos que tuvimos el 12 de abril probablemente no se retome, por lo menos por las próximas semanas. —En la primera ola había mucha incertidumbre. Estábamos frente a algo totalmente desconocido. Hoy hay más certezas, la infraestructura sanitaria es mucho mayor y hay 9 millones de personas vacunadas. ¿Por qué golpeó tan fuerte la segunda ola? —En todo lo que digo estoy hablando estrictamente de CABA, ni siquiera del AMBA. Son los datos que conozco con precisión. Me gusta hablar de lo que conozco en detalle y de lo que soy responsable de dar explicaciones. En la Ciudad hay una combinación de dimensiones que en cada lugar se dan de manera distinta. Por eso yo soy tan crítico de esas comparaciones entre países, provincias, ciudades. En la Ciudad tuvimos un rebrote, allá por las fiestas y durante la primera mitad de enero. Luego esos casos descendieron, pero no del todo. Veníamos de un piso en el mes de noviembre de 300 casos promedio por día. Luego del rebrote del fin de año pasamos a unos casos promedio de 700 por día. No solamente que arrancás de un piso mayor para la próxima ola, sino que el nivel de socialización en lugares de cierto riesgo se mantiene permanente. Está representando un comportamiento social evidente. En esta ola veníamos con un piso de 700 casos. Había cierto encuentro social dentro de los lugares cerrados, que son los más peligrosos: oficinas, lugares de trabajo, domicilios, cruce de familias, amigos, compañeros de trabajo, que mantenía esos 700 casos por día. En la Ciudad de Buenos Aires el aumento de los casos empezó fuertemente allá por el 20 o el 30 de marzo. Fue un período en el que no solamente había cierta disminución del cuidado social y un descenso brusco de la temperatura de varios días con lluvia, que es en general lo que dispara la mayoría de las olas en los otoños, según la experiencia europea. El interior es realmente el principal factor de riesgo en la epidemia. No tenés barbijo, no tomás distancia, no ventilás bien los ambientes. Se disparó la ola en ese momento sobre 700 casos y una ciudadanía con bajo nivel de cuidado. También participan las variantes de mayor contagiosidad. A la inversa, participa la vacunación que disminuye la transmisión social del virus y los sistemas de salud que aprendieron cómo cuidarla, lo que lleva a una letalidad menor. La combinación del descenso de la letalidad en los hospitales, el aumento de la contagiosidad de la cepas, la disminución de la contagiosidad por la vacuna y un humor social y un medio ambiente climático que te lleva hacia adentro o hacia afuera es lo que determina la evolución de la curva. —Sorprende India, cuyas autoridades hace algunos meses se sentían muy optimistas y casi daban por superada la pandemia, o China, que exportaba sus vacunas y solamente un porcentaje pequeño de su población está vacunada y ahora empieza a utilizar la vacuna para sí misma y limita la exportación. ¿Hay algo que está sucediendo con el virus que sorprende a los científicos? —No veo un dato concreto de sorpresa. Lo que es evidente, sobre todo en India y en otros países del mundo y ahora en la Ciudad y el AMBA y la Argentina, es que hay variantes del virus que son entre un 50% y un 70% más contagiantes. Algunas de ellas potencialmente tienen cierto nivel de resistencia a la inmunidad natural, aunque no tan significativo. Solamente la sudafricana, que por suerte no está aquí en la Argentina hasta hoy. China tomó la decisión de hacer una campaña de vacunación muy agresiva para protección propia e India tiene una problemática intrínseca de lo que significa esta enfermedad. Aprendimos el año pasado, inicialmente en el Barrio 31, que la enfermedad corre muy rápidamente en las personas con dificultad socioeconómica por un tema de hacinamiento, de forma de compartir. Si una persona se enferma, se enferma toda la familia. Lo de India tiene mucho más que ver con la cultura, la forma de vivir y las dificultades socioeconómicas. —Axel Kicillof dijo: “Estoy podrido de que la Ciudad diga que está en una meseta”. ¿Es realmente una meseta? —Nunca hay que enojarse con los datos de la realidad, porque se te hace muy difícil gestionarla. Hay que ver los datos de la Ciudad. A veces digo que los casos están descendiendo, y alguien comenta el informe nacional de todo el país en donde no o están. Son denominadores diferentes. En la Ciudad de Buenos Aires, cuando ubicás el día correcto en que se tomó el hisopado, el día 12 de abril fue nuestro pico, luego de ahí se quedó en números muy altos durante unos siete a diez días y después esta semana tuvo un franco escalón de descenso con relación a las tres semanas anteriores. Con eso no hay que enojarse. Tampoco los líderes estamos para pudrirnos. Estamos para acompañar a la ciudadanía, para cuidarla, para contarle lo que observamos y, en base a eso, proponerles a los ciudadanos cuál es el mejor camino. —El dueño de Swiss Medical y presidente de la cámara que agrupa a los prestadores de medicina privada, Claudio Belocopitt, te contradijo hace pocos días. Dijo que “ya no hay más camas para internación inmediata en la Ciudad de Buenos Aires”. Se refería a los prestadores privados, ¿pero las hay en los públicos? —Asumo que se refería a sus propias tres clínicas que gestiona en la Ciudad de Buenos Aires. Él, por supuesto, siguió internando, todos estos días siguió aumentando el número de pacientes internados en terapia intensiva. La realidad demuestra lo que te cuento. Él describía su propia realidad. Pero la Ciudad de Buenos Aires en el subsector privado tiene una ocupación del 89%. Aún hay un número de camas disponibles. En el sector público está en el 78%, allí hay incluso un poco más. Dentro del subsector privado cooperan entre sí distribuyendo a los pacientes. Tanto su organización como todas las organizaciones privadas atendieron a la gente y la internaron durante todos estos días. Y el subsector público entre sí también. Internamos pacientes de diferentes coberturas todos estos días para que cada ciudadano porteño, no importa la cobertura que tenga, tenga el mismo derecho y equidad suficiente para acceder al cuidado apropiado que necesita. —La Ciudad de Buenos Aires con su conglomerado urbano es el tercero en Latinoamérica. El primero es Ciudad de México con más de 25 millones de habitantes, ahí muy cerquita San Pablo y Buenos Aires y Gran Buenos Aires, el AMBA, con 17 millones. En San Pablo y su gran San Pablo, las autoridades son del mismo partido y en México es una sola unidad política el Distrito Federal. En la Argentina se da la particularidad de tener el tercer conglomerado con 17 millones de habitantes, de los cuales 3 millones son de la Ciudad de Buenos Aires y 14 millones del Conurbano bonaerense. ¿Dificulta esto desde el punto de vista de la gestión de salud? —Agrega cierta complejidad, pero para eso estamos los funcionarios de turno, para establecer puentes. Son cosas diferentes. Hablo de los datos de la Ciudad porque es lo que conozco y sobre lo que debo responder. Lo que no quiere decir que no comprenda que el conglomerado urbano tiene un comportamiento epidemiológico similar. Sobre todo, el primer cordón del conurbano bonaerense, muy vinculado con la CABA. Defendimos desde el primer día que necesitamos cooperar, colaborar, buscar una estrategia común en el Área Metropolitana con el gobierno nacional o el Ministerio de Salud de la Nación y el de Provincia. Lo hacemos permanentemente. Tenemos que proponerle a la ciudadanía un camino común. Entendiendo que hay variantes o características particulares de la Ciudad y del Conurbano que requieren una implementación táctica a veces relativamente diferenciada en ambos lados. La provincia de Buenos Aires tiene una fuerte actividad industrial en el Conurbano; la Ciudad, no. La Ciudad de Buenos Aires tiene una fuerte actividad comercial; la provincia, no tanto. Los tres ministros tuvimos una estrategia de cooperación, colaboración y mirada común. A veces en las declaraciones públicas y políticas hay cierto nivel de divergencia. Pero eso no ocurre en la práctica cotidiana. —¿Los prestadores privados están más cerca de la posición de la provincia de Buenos Aires? —Los efectores privados tienen la dificultad de que su subsistema tiene cierto nivel de rigidez para compartir recursos generales. Por eso es natural que estén un poco más preocupados. Su subsistema es metropolitano por definición. Un sistema de cobertura que tiene socios en toda el Área Metropolitana y tiene efectores sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires. Ellos tienen prácticamente 40% de las camas de terapia intensiva ocupadas por bonaerenses. No se los puede ver solamente desde la Ciudad. En cuanto al tema del pedido de medidas, hay que mirarlo un poco más en detalle. Se trata de explicarle a la gente lo que está ocurriendo, acordar con la ciudadanía un derrotero. Un camino que significa también que cada uno de los ciudada nos aporte algo. De nada sirven las medidas que la gente no ve suficientes, no las ve cumplibles o realmente no las puede cumplir. Las medidas que no se pueden cumplir generan muchísima más tensión en la sociedad. Para cada situación epidemiológica proponemos un conjunto de medidas mechadas con la situación, pero que intenten cortar el mecanismo de contagio concreto. En la Ciudad veíamos que el mecanismo de contagio principal se daba en los encuentros en lugares cerrados, laborales y sociales y en la nocturnidad con el incumplimiento de protocolos. Cuando se tomaron esas dos decisiones, la curva empezó a bajar. Hay que tener cierta precisión sobre dónde ocurren los contagios, hasta dónde está dispuesta la ciudadanía a acompañar y qué es capaz de hacer. Buscamos que eso sea con el menor dolor social posible. Llevamos más de un año y la gente va perdiendo su capacidad de acompañar. —¿Es correcto decir que a las financiadoras de salud, las empresas de medicina prepaga y las obras sociales les resulta económicamente mejor suspender la atención programada y las intervenciones médicas no urgentes? —Es un tema difícil. El único financiador siempre es el ciudadano. Las entidades aseguradoras reciben del ciudadano un aporte y por lo tanto lo administran y lo atienden. Un número muy importante de aseguradoras, tanto de la seguridad social como de la medicina prepaga, tienen efectores propios. Con lo cual ese análisis es muy difícil de hacer. Además no está en el espíritu de ninguna organización no dar cuidado de la salud. Creo que esa afirmación se trata de una mirada simplista. —¿Tienen dificultades para obtener medicamentos calmantes para hacer intervenciones? —Estamos con provisiones suficientes para el cuidado de nuestra gente. Siempre que hay demanda excesiva de algún bien o servicio aparecen ciertas dificultades. Para eso está el Estado nacional: para regular, anticiparse, planificar esa necesidad. Para manejar la importación, exportación y distribución de ese recurso en la Ciudad. Lo vimos con los respiradores: el gobierno nacional tomó una decisión muy rápida, eficaz y apropiada. Tanto para los medicamentos como para el oxígeno, el gobierno nacional tiene la gran tarea de anticiparse. —¿La ministra Carla Vizzotti te escucha? —Tenemos un diálogo permanente. Lo teníamos con Ginés y lo tenemos con Carla. Los sanitaristas tenemos esta mirada de que la cuestión sanitaria requiere cooperación. El modelo federal nos lleva obligatoriamente a esta interpretación y a este manejo. En la pandemia no hay lugar para hacer otra cosa. Luego, como siempre, podemos tener interpretaciones sutilmente diferentes, porque uno mira el dato puntual de la Ciudad. La Nación mira el conjunto de Argentina. Luego podemos tener alguna mirada divergente sobre implementación, pero se dan en el diálogo normal. —En el peronismo hay sanitaristas, como el propio Ginés, muy reconocidos. En el caso del radicalismo hay un sanitarista muy prestigioso que es Arturo Oñativia. El PRO es un partido joven. ¿Hay escuelas dentro del sanitarismo? —Sí. Hay aproximaciones con mirada diferente. Pero en salud pública el margen de diferenciación es relativamente pequeño. De uno y otro lado de la mirada ideológica y política se observa la salud pública de forma relativamente común, con estilos y sutilezas. El peronismo cuenta con larga trayectoria. El radicalismo también. Cambiemos, en el lugar donde estamos, implica un conjunto de miradas. Construye ese camino. La definición del estilo está en la construcción. —Sonia Gabriela Tarragona, la jefa de gabinete del Ministerio de Salud, fue previamente directora general de la Fundación Mundo Sano y cofundadora del Grupo Insud. La ministra Vizzotti fue directora y docente de la Maestría de Farmacopolíticas en la Universidad de Isalud, también fundada por Ginés. Pareciera haber un grupo. ¿Existe un equivalente en el radicalismo o en Juntos por el Cambio? —Ginés fue un gran constructor de equipos en la Argentina. Tiene una larga trayectoria. Construyó una universidad académico-política. Del lado del radicalismo, Aldo Neri fue un gran líder, pero se sostuvo esa construcción. Son cuestiones evolutivas. Se construye en la participación política. —¿Es correcto decir que el problema actual de vacunas de Argentina se llama AstraZeneca? —Me parece que es tensar un poco la realidad. Argentina está embebida en un mundo con serias dificultades de cumplimiento de compromisos de entregas. Prácticamente todas las compañías tuvieron dificultades. La Argentina tuvo una estrategia fundamentada en dos grandes fabricantes: el fabricante ruso por un lado (N. de la R.: Gamaleya) y los de AstraZeneca por el otro. Tuvimos dificultades con ambos. Si bien el componente de Sputnik V tuvo un cumplimiento mayor, también se demoró. El componente de AstraZeneca se demoró en gran parte. Los dos grandes pilares de la contratación tuvieron dificultades. No lo cargaría solo en uno. —¿Por qué para Pfizer la palabra “negligencia” termina siendo algo que impide que se haga una negociación mientras que para otras vacunas europeas y norteamericanas no fue el problema? —No conozco con precisión la negociación ni si esa palabra fue todo el problema. No lo puedo contestar. Cada compañía habrá tomado la evaluación de su riesgo y habrá dialogado. Vos y yo hablamos sobre un conjunto de reuniones y de documentos y de acuerdos y desacuerdos que no conocemos en detalle. —¿Hay laboratorios más estrictos que otros? ¿Es habitual en el mundo de las vacunas? —Esta pandemia cambió todas las condiciones de la realidad cotidiana. Si leés la ley argentina sobre la compra de vacunas y salieras de esta pandemia, dirías “eso es inadmisible”. —¿Es demasiado benigna para los laboratorios? —Efectivamente. Es inadmisible una ley de compra de cualquier insumo médico que tenga esas condiciones. Pero cuando mirás el escenario en que se tomó y se dispuso la ley, decís: “En este escenario podría tomarse este riesgo”. El debate es así. Las naciones estaban solicitando hacer contrataciones de compra de vacunas, de unas vacunas que ni siquiera habían podido terminar su investigación clínica, con lo cual nadie podía saber con precisión cuál era el riesgo antes e incluso después de la fase 4. Se le pedía a un productor de vacunas que entregara una vacuna que el productor mismo no podía dar fe de su efecto. Las primeras contrataciones se hicieron allá por julio, agosto o septiembre, cuando la fase 3 recién empezaba. La emergencia sanitaria, la catástrofe mundial, llevaron a una aceleración de la producción, de investigación, contratación y compromisos de entrega. En ese contexto hay que ubicar los debates entre países y empresas. También en Argentina. No es un debate normal; la situación es absolutamente anormal. —El 80% de las vacunas que recibió Argentina viene de Rusia o de China. ¿Eso es también anormal en el mundo de las vacunas? —La proporción de vacunas que recibió Argentina es muy diferente de la mayoría de los países occidentales del mundo. La mayoría de esos países se recostó sobre las contrataciones de empresas privadas, sobre todo europeas y estadounidenses. La Argentina inició una contratación grande con una empresa inglesa y sueca y luego hizo todas las compras a Estados que dieron respuesta más rápida en ese momento. Hablo de un promedio, porque sí hubo países con una manera de comprar parecida a la nuestra. —¿A qué atribuís que países como Rusia y China llevan vacunada una parte pequeña de su población y exportaron vacunas? —Se suele opinar con pocos datos y sin detalle. Mis opiniones sobre otras jurisdicciones u otros países siempre son muy prudentes por ese motivo. Me parece que son dos escenarios diferentes el chino y el ruso. Si uno mira la pandemia a nivel global, lo que nota es que todo el sudeste asiático y Oceanía tuvieron un comportamiento de la pandemia extremadamente diferente a lo que fue Europa y América, dejando de lado el continente africano, con cualidades muy particulares. En el sudeste asiático y Oceanía tuvo un comportamiento mucho más benigno. Algunos asumen que es por las decisiones políticas que tomaron; otros piensan que por condiciones biológicas diferentes. —Incide también la experiencia de casos previos sobre el uso del barbijo y otro tipo de actitudes. —Eso está en el marco de las condiciones biológicas. Tuvieron otros coronavirus, tienen cierta protección inmune y costumbre del uso de barbijo. Toda esa zona del mundo no tuvo una intensificación y un foco tan profundo en la vacuna. Eso cambió en China. Por eso cerraron la exportación. Del lado de Rusia me parece que tiene algunas cuestiones diferentes. Hubo cierto debate sobre la utilidad, eficacia y seguridad de las vacunas que complejizó la campaña de vacunación. —Como sanitarista ¿te sentís frustrado al ver cómo en determinados países se politiza el tema de la salud pública? —Frustrado no sería la palabra que más podría corresponder. Hay una necesidad imperiosa de reflexión individual y colectiva. Muchas veces hablo con mi equipo acerca de que hay contextos dolorosos y que a uno le cuesta mucho evitar. Pero toda situación de dolor conlleva también un primer momento para cuidar, acompañar y empatizar. Toda situación en la vida individual y colectiva de los pueblos tiene que conducir a una reflexión profunda de por qué llegaste allí, por qué se construyó ese contexto y cómo pudiste transitarlo en comunidad para que nadie quedara afuera o en el peor lugar. Tengo la sensación de que no fuimos sido capaces todavía de comprender esta oportunidad y enfrentarla como una posibilidad de dar un paso hacia adelante como sociedad. De entender que las divergencias y las diferencias son parte de lo que nos constituye como pueblo. No son el problema de la sociedad. Representa lo que somos como comunidad. De esa diversidad, de esa individualidad, de esas subjetividades, debería devenir una propuesta colectiva superadora. Se puede volver una oportunidad perdida si no la sabemos administrar, evaluar, reflexionar y dialogar de manera apropiada. —Brasil tiene el Instituto Butantan. Piensan fabricar un millón de vacunas por día, 100 millones de vacunas el primer año contra el coronavirus. Depende de San Pablo y no de la nación. Luego se ve al Estado nacional diciendo que no aprueba la Sputnik porque falta información, cuando la vacuna china tiene publicado todavía menos que la rusa. ¿Incluso en la aprobación de las vacunas y en su validación hay más de política que de salud pública? —Esta es una enfermedad que ha alterado todas las dimensiones del ser humano, las sanitarias, sociales, vinculares, afectivas y económicas. También de los espacios de decisión y de poder. Como sanitarista veo profundamente la participación de la política. La política partidaria, que transforma menos, es un gran problema de la pandemia. No deberíamos aceptar que las miradas ideológicas o partidarias nos distancien en nuestra capacidad de transitar un camino común. Tu ejemplo es concreto. Lamentablemente los líderes tanto nacionales como jurisdiccionales no fueron capaces de transitar un camino común. Y es algo que puede pasar en nuestra comunidad. —¿Desaparecerá el barbijo cuando toda la población esté vacunada? —Durante este año todavía vamos a tener que seguir usando las medidas de protección, hasta que hayamos vacunado al menos a todos los grupos de riesgo. Calculo que ocurrirá para el mes de julio. Una vez que hayamos vacunado a esos grupos, el riesgo de la transmisión viral en la sociedad descenderá críticamente. No va a desaparecer, pero descenderá. Hasta allí, muchísimo cuidado. A partir de ese momento habrá una relajación. Probablemente, no luego de este invierno, sino del siguiente, ya el virus pasará a ser endémico. Con doble año de campaña de vacunación y dos inviernos transitados me parece que la situación será diferente. —En diciembre del año pasado Cristina Kirchner dijo que “tenemos que ir a un sistema nacional integrado de salud entre lo público, lo privado y las obras sociales que optimice los recursos”. ¿Es necesaria una mayor articulación? —Hay experiencias en el mundo de diferentes modelos que demostraron resultados. La coordinación en el sistema de salud es indispensable. Las personas van de un subsistema al otro y requerimos darle a la ciudadanía una mirada común de cómo se cuida la salud y se atienden las problemáticas. La coordinación es indispensable y debe ser permanente. Pero es una construcción colectiva. No puede hacerse por la mirada iluminada de una persona. No se evoluciona de esa manera. Las evoluciones que agregan valor son las que buscan caminos comunes, espacios de encuentro. Deberá ser un tránsito en una mesa amplia. Nos faltan esos diálogos y nos faltan esos aportes diversos para esa transformación. —En el reciente discurso de Joe Biden sobre sus cien días de gobierno, el tema de salud pública estuvo omnipresente. Pareciera imponerse una tendencia más hacia el modelo europeo de mayor participación del Estado en la salud y menos de los privados. ¿La pandemia dejará una revalorización de lo público en salud pública? —No tengo ninguna duda. En la Ciudad de Buenos Aires esa revalorización ya está en la ciudadanía. Estaba en una reunión grande con todos los directores de hospitales y líderes del sistema público de salud y reflexionamos sobre esto. Hablamos sobre el enorme esfuerzo y cansancio que tienen los trabajadores de un lado y la enorme satisfacción de todo el sistema de que está dando respuesta. No tengo ninguna duda sobre la revalorización del sistema público. Un sistema de salud es un conjunto de normativas que siempre son estatales. El Estado siempre está omnipresente en la normativa, la regulación y las leyes. Luego de la normativa está el sistema de financiamiento. La capa de financiación naturalmente es de un lado estatal, por impuestos generales, aunque en la Argentina es estatal por la seguridad social, o es pública más que estatal, y luego es privada de las personas que están dispuestas a pagar un servicio diferente. Debajo de la financiación tenemos el aseguramiento. Tenés el Estado como presupuesto público, las obras sociales como cajas de aseguramiento de la seguridad social y luego los sistemas privados con sus presupuestos. Debajo del aseguramiento aparecen los prestadores. Hay tres prestadores: privados con fines de lucro, sin fines de lucro y los prestadores públicos. Entre el aseguramiento y el prestador hay un formato de contrato que en el sistema público tiene una modalidad y en el de la seguridad social y en el privado, otras. No se trata de mirar el sistema como si fuera público o privado. Tiene diferentes dimensiones. En cada país adquiere una manera particular. Lo que ningún país ha dejado de hacer es que el Estado sea omnipresente, regule y determine. —Una persona aporta a lo largo de la vida. Consume el 80% o 90% del costo el último mes o año de vida. Ese sistema funciona como los sistemas de jubilaciones en la medida en que haya tantos jóvenes que pagan y que van a usarlo a posteriori, pero si envejece la cartera de estas organizaciones se va a hacer imposible satisfacer a las personas cuando sean más viejas. La tasa de natalidad claramente es decreciente, lo que muestra allí una problemática. Cuando se establecieron estos sistemas, la longevidad era mucho menor. ¿Puede haber un problema de sustentabilidad en el futuro? —Las empresas funcionan como un asegurador. Reciben una cuota mensual y brindan un conjunto de servicios que deben afrontar financieramente. El aseguramiento es una función del sistema de salud. El presupuesto puede ser privado, puede ser público y no estatal, como las obras sociales, o puede ser público. Se vota en la Legislatura y con eso se aseguran las condiciones del sistema de salud. Como fuera, hay que saber administrarlo de manera apropiada y dar respuesta o fe a la ciudadanía de lo que uno está haciendo. La sustentabilidad de los sistemas de salud es el gran debate de los sistemas nacionales en todo el mundo. En el subsector privado la persona financia de su propio bolsillo su cuota y la pone en un asegurador, que le da un servicio determinado o se compromete a dárselo. En los países europeos es más o menos el 5% al 9% de la población, un número no muy diferente al argentino. El subsector privado de la Argentina no es muy diferente de la mayoría de los países europeos, que tienen grandes sistemas públicos y universales. Ahí no está la diferencia. El aseguramiento para cualquier función del sistema de salud público o privado tiene la dificultad enorme de la sustentabilidad. Y esto les pasa a todos los países europeos y también al sistema norteamericano. La mayoría de los países del mundo dedican el 10% de su PBI para los sistemas públicos universales de salud. Ese 10% es el grado de la riqueza que la sociedad dispone para cuidar su salud. Hay países en los que el número crece mucho. Por ejemplo, Estados Unidos. Depende los años que tomes, es un 16%, 18% del PBI. Cada producto de ese país lleva implícito un 16% de costo para el cuidado ciudadano. Eso en algún momento le trae dificultades al propio país de poder exportar sus productos por la sobrecarga que tiene dentro de la salud en sí. La Argentina dedica más o menos un 10% de su PBI de salud. Es más o menos el promedio del mundo, pero en un PBI muy inferior al de otros países desarrollados. Tenemos que discutir ese 10% del PBI. Debemos aplicarlo de manera que cada peso invertido en la salud tenga el mayor impacto sanitario posible. Cómo logramos una prestación que logre el mejor servicio. Lo primero que se requiere es más coordinación en un sistema complejo como el argentino, por sus subsectores y por su federalismo. Allí debe producirse el debate. —¿Tu apellido es Quirós o De Quirós? —Mi apellido es González Bernaldo de Quirós. Ese es mi apellido. Es complejo, típico de españoles inmigrantes. Hay un apellido de tu padre y otro de tu madre. Lo simplifiqué de esta manera porque el apellido tan largo y complejo me trajo muchísimos problemas de identificación y casi trastornos de la personalidad. —Las encuestas indican que serías el mejor candidato a legislador en las elecciones de octubre por Juntos por el Cambio para la Ciudad, pero por la lucha contra la pandemia sería inoportuno. ¿Aceptarías ser candidato en 2023? —No sé qué aceptaría el día de mañana a esta altura de mi vida. Hasta hace unos años tenía una trayectoria y un desarrollo profesional de treinta años de trabajo en el Hospital Italiano. Un hospital sin fines de lucro en el que me dieron la oportunidad desarrollarme académica y existencialmente. A esta altura de mi vida, 56, 57 años, doblando la esquina de manera muy definitiva, tuve la sensación, la convicción, la íntima seguridad de que era momento de devolverle a la sociedad lo que me había permitido construir. Fui a la universidad pública porque no tenía otra posibilidad. La medicina me rescató, me dio la posibilidad de desarrollarme profesional y económicamente. Tomé la decisión de devolverle a la ciudadanía lo que había podido construir. Es lo que estoy haciendo. Nunca imaginé que iba a tener una entrega tan profunda, tan intensiva, tan difícil como la que me toca. No sé cuánta energía tendré en el futuro. De acá a 2023 es la próxima a esta altura de la situación. Honestamente no te puedo contestar; pero sí lo que quiero decirle a la gente es que vine a dar. Hago mi mayor esfuerzo para dar todo lo que tengo. No voy a dejar nada por entregar. —La mayor cantidad de políticos son abogados, economistas e ingenieros. ¿Qué le aportan los médicos a la política? —El médico tiene un talento diferencial para aportar. Siempre es necesaria la complementariedad. Lo que más me gusta aportar es esa capacidad de empatizar propia de la relación médico/paciente, comprender la mirada del otro. Es posible volver a la política con mayúscula. En el mundo moderno las políticas paternalistas, autoritarias, los gobiernos que disponen por el pueblo, están fuera de época. La sociedad necesita gente que la pueda comprender, proponer y recibir sus propuestas, capaz de construir horizontalmente un camino. Pasar de una política paternalista a una de facilitaciones acordadas. —¿Te preguntaste en algún momento si la pandemia que te ha tocado atravesar es una señal de algo más? —No sentí la obligación de dedicarme a lo público, sino una íntima convicción. Es sutilmente diferente. La vida tiene infinitos caminos que uno descubre y transita. No veo ninguna ventaja en ser más conocido. Fue una consecuencia de los caminos de la vida. Tengo que transitarlos y estar a la altura de lo que la ciudadanía necesita y espera de mí. Si eso se transforma en un valor en un futuro, lo iremos descubriendo las personas y yo. No tengo ningún lugar a donde llegar. Ya estoy transitando lo que quería. El proceso es más importante que el lugar dónde llegás. Estoy en este proceso con una enorme dificultad, dolor, cansancio, pero con la íntima convicción de que es el camino que me tocó.

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