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Perfil (Domingo) - 2021-05-02

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El autor y su obra

CULTURA / LITERATURA

GUILLERMO PIRO

aquí en el pueblo hay una santería. La atienden dos mujeres. A veces entro a comprar velas (san Marcos o san Jorge o los velones verdes de siete días cuando hay un tema de salud), velas o unos paquetitos de hierbas para poner sobre un carbón encendido. Una vez también les compré un san Expedito: es una figurita recortada en fibrofácil, parece un juguete. Hace un tiempo entré y vi que entre las imágenes y las velas y los sahumerios había una hilera de copas de vidrio tallado. Dos o tres de color verde y cinco o seis transparentes. ¿Qué hacían ahí, de dónde habrían salido? Les pregunté si estaban a la venta y me dijeron que sí y el precio. Enseguida pensé en la herencia humilde de una tía recién fallecida. No lo suficientemente cercana o querida como para conservar esos objetos en el modular de la propia casa. En lo de mis padres hasta no hace muchos años había un juego de copas de sidra que les regalaron para el casamiento. No eran de cristal ni mucho menos. Unas copas cortas y panzonas con un dibujito tallado, una flor, creo. Siempre estuvieron en el aparador como si fueran piezas de lujo aunque eran copas simples de las que se venden en un bazar de pueblo. Nunca bebíamos en esas copas, ni en las Navidades ni en los cumpleaños. Las copas se llenaban de polvo y en alguna limpieza general de esas que hace mi madre, las sacábamos y había que limpiarlas con mucho cuidado de no romperlas. No sé en qué circunstancias se habrán ido rompiendo, pero no las vi la última vez que estuve en la casa.Ese día no compré ninguna, pero a la semana o a los 15 días volví a entrar y las copitas seguían en el estante. Pedí dos porque tenía otras dos compradas hace años en el Ejército de Salvación: dos copas de pie azul, vidrio tallado y un ribete dorado en el borde. Estas otras copitas, más pretenciosas, también habrán terminado en la beneficencia luego de ser heredadas por parientes que no las querían en sus modulares. El primer domingo que usé las copas de la santería, vinieron unos amigos y rompieron una. A los pedidos de disculpas hice un gesto y dije: “no importa, son copas viejas”. Pero para mí eran nuevas y me dio rabia que una se rompiera apenas la primera vez que las puse en mi mesa. Otra vuelta, volví a pasar por ahí, entré y compré tres más. Eran las últimas tres. Las verdes seguían en su sitio. Hace unos días se rompió otra. Y antes se rompió una de las azules. Ahora solo quedan cuatro, el número ideal para las reuniones pequeñas a que nos obliga la pandemia.Un amigo que nos visitó hace poco y es un bebedor de tranco largo, de pico caliente, de boca ancha me dijo que no entendía que tuviéramos copas tan chiquitas. Le dije que simplemente me gustaban. Que me gustaba pensar que habían estado durante décadas en una casa sin que nadie las usara, esperando ocasiones especiales que nunca llegaron, condenadas a juntar polvo en una sala conurbana. En cambio ahí estábamos nosotros, esa noche, bebiendo en ellas. Nosotros que nos conocemos hace casi treinta años, que nos vemos poco pero cuando nos vemos es como si él siguiera teniendo pelo y yo siguiera siendo flaca, que nos miramos en la oscuridad en que se convirtió el día después de haberlo pasado juntos desde temprano y nos preguntamos en qué momento, cuándo, pasó el tiempo. Finalmente, después de atravesar años, las copas encontraron un destino justo, aquello para lo que fueron hechas, la celebración. SELVA ALMADA nA Cortázar le obsesionaban los relojes. Le dedicó al menos tres breves composiciones, en las que dejando de lado sus diferencias lo que hace es quejarse de las responsabilidades que implican poseer uno: darle cuerda, estar pendiente de la hora que registran los otros relojes o los anuncios periódicos en la radio; el miedo de perderlo, de que nos lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa, etc. En un poema menciona otro reloj, regalo de Paul Blackburn, su traductor al inglés, de hecho el introductor de Cortázar en los Estados Unidos, que tiene una ventanita en el lado derecho que indica el día del mes. Cosa inofensiva siempre y cuando el reloj no marque las tres y cuarto, momento en que no se sabe qué día es. En suma, declara Cortázar, ¿quién tiene a quién? Cuando nos regalan un reloj nosotros somos los regalados, nosotros somos el presente para el cumpleaños del reloj. Hay extrañas analogías entre el reloj y la pretensión de ser los artífices de una obra. La obra, como el reloj, requiere de nuestra energía, nuestra atención y cuidado. Alguien demasiado pendiente del desarrollo y camino que toma su obra es alguien tan esclavo como Cortázar poseedor del reloj. Tal vez es por eso que al escritor demasiado pendiente de su obra se lo ve casi siempre atribulado, con la mirada dirigida al suelo, absorto y un poco melancólico, afligido y un poco abatido. Es la pesadumbre del que de regalado se convirtió en regalo. Su vida ya no es su vida. Su tiempo ya no es su tiempo. Sus propios libros ya no son suyos, son de la obra. Eso es, los escritores pendientes de su obra son esclavos que no saben que son esclavos. La servidumbre voluntaria de la que hablaba Étienne de la Boétie en el siglo XVI. Cualquier mención a la obra que no sea irónica carga consigo el mismo malestar que pronunciar la palabra cultura o la palabra patria: un asco que da vértigo y ganas de vomitar. Dice Jean Genet en Pompas fúnebres: “Si me pidieran que gritara ‘Viva la patria” no lo haría. Si me obligaran a gritarlo, lo gritaría, pero no lo creería. Si me obligaran a creerlo, lo creería, pero inmediatamente después moriría de vergüenza”. Lo mismo se aplica a la obra. Y ni qué decir de la cultura. El consumo irónico de determinados términos sirve, como el lenguaje inclusivo, para reconocer a los miembros de la propia tribu, para saber con quiénes estamos lidiando. No tiene nada que ver con el lenguaje: son selectores, dedos índices húmedos que pasan las páginas: sirve, no sirve, sirve, no sirve... Naturalmente trato de mantenerme lo más lejos posible de quienes pronuncian en sentido no irónico esas tres palabras. A fin de cuentas para eso sirven las palabras: demarcan el territorio a nuestro alrededor, de manera que podamos mantener distancia de toda la gente desagradable que pulula, se debate, opina y habla, habla, y habla en todas partes, todo el tiempo. La obra es como una pequeña trampa para ratones siempre dispuesta, con su trocito de queso y su mecanismo bien aceitado. A diferencia de otras perturbaciones, estar pendiente de la propia obra es algo que no se abandona: el que cayó en sus garras una vez cayó en sus garras en cada instante de su vida. Los escritores que me interesan se olvidan el libro que acaban de publicar en el mismo momento en que salió publicado. Piensan en el libro mientras lo están escribiendo, luego se olvidan de él y piensan en el próximo. Publicar un libro es un poco velarlo, darlo por muerto, enterrarlo, olvidarse de él. Recordarlo de vez en cuando, llevarle flores si es posible y volver a lo que importa. Que es escribir y provocar cierto eco vital, no ser dueños de una obra. n

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