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Perfil (Domingo) - 2021-05-02

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Escrito en el agua

CULTURA / LIBROS

ARIEL HENDLER

Islario fantástico argentino Autores: Salvador Gargiulo (foto), Alejandro Winograd, Gonzalo Monterroso y Alberto Muñoz Género: geografía-historia Editorial: Club Burton/Ediciones Winograd, $ 1.100 Obra inclasificable y original, el Islario fantástico argentino se propone como una suerte de historia de todas las islas de nuestro país, ya sean australes, litoraleñas, “del Tigre” o inventadas, con sus peripecias por lo general desconocidas y a medio camino entre la realidad y el mito, que cumple en otorgarle al conjunto disperso de las islas argentinas una entidad histórica y cultural de la que carecía. Sus responsables son cuatro autores provenientes de diversos oficios y recorridos vitales, que llevaron a cabo una profunda investigación tanto en mapas como en el terreno. El resultado es un libro objeto que invita a ser abordado en forma aleatoria allí donde una ilustración o mapa acicatee el deseo. Es válido aclarar que se trata de la segunda edición (revisada y ampliada) de una primera, casi secreta, originada a su vez en una publicación de la revista Siwa, vinculada a Club Burton, la mítica librería-editorial de San Telmo especializada en viajes. Entre los hallazgos de este volumen es destacable que, en un acto de justicia poética, se le dé la misma entidad a una islita ignota de la costa de Quilmes o a un montículo ínfimo de tierra en un arroyo que cruza el trazado de la Ruta 2 que, por caso, a las Malvinas –sobre las que al parecer deliberadamente se optó por no cargar las tintas–, en la medida de que todas comparten la misma condición existencial de la insularidad. También deslumbran “descubrimientos” de accidentes geográficos que existen desde siempre aunque muy pocos lleguen a enterarse, como el extenso “interfluvio” –que vendría a ser más que una isla pero menos que una mesopotamia– del río Bermejo, habitado por comunidades quom y wichi. Y hacia el final se suma un bestiario profuso y gracioso de animalitos imaginarios que habitarían el Delta del Paraná. Resulta especialmente notable el recorrido histórico con que se documenta el obituario de las numerosas islas que llegaron a existir y luego desaparecieron, tanto en la realidad como en la representación que los cartógrafos hicieron de ella: el terreno de lo incomprobable. En algunos casos, porque el agua las borró literalmente del mapa, como ocurrió con cierto triángulo de arena en la boca del Riachuelo; en otros, porque fueron inventadas y/o movidas de lugar sobre el papel por conquistadores españoles y portugueses para pergeñar turbias maniobras de geopolítica colonial en tiempos del Tratado de Tordecillas, y más cerca en el tiempo, porque se incorporaron en forma más o menos planificada a la tierra firme, como la isla artificial antes conocida como Ciudad Deportiva de Boca Juniors. Incluso, uno de los coautores relata haber pernoctado en una isla ocasional, en Tierra del Fuego, cuya existencia duró apenas hasta que a la mañana siguiente bajaron las aguas. En definitiva, este islario (apostamos a que el término quede instalado) hace una notable contribución a un país con un borde oceánico casi infinito y litorales paradisíacos, pero con una nula cultura navegante.

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