EL IMPONENTE HUMEDAL FORMOSEÑO

TEXTOS: JULIAN VARSAVSKY. FOTOS: PABLO CORDOBA

2022-06-19T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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WEEKEND

En el noroeste de la provincia, 400.000 hectáreas se inundan en invierno formando una reserva natural con miles de aves, boas, yacarés, carpinchos y cigüeñas jabirú, entre otras especies. Tomo un micro en Retiro al pueblo de Las Lomitas y, casi sobre el final de las 20 horas de viaje, despierto de un sueño profundo y escucho que en los asientos de atrás dos hombres hablan un idioma que jamás oí. Me despabilo un poco y les pregunto: son jóvenes de la etnia pilagá. Caigo en la cuenta de que, luego de 25 años viajando por la Argentina, nunca había escuchado a nadie hablar un idioma originario. Estoy en Formosa, tierra adentro, donde también se habla wichí, toba y guaraní. Inmensidad acuática.La primera noche duermo en Las Lomitas para visitar la parte del Bañado de la Estrella conocida como El Vertedero. A la mañana me pasa a buscar el vehículo de excursión que contraté y salimos a recorrer este humedal de 400.000 hectáreas, el tercero en importancia de Sudamérica después del Pantanal de Brasil y los Esteros del Iberá, en Corrientes. Avanzamos por la ruta y el guía cuenta que el humedal se nutre de los desbordes de la cuenca del Pilcomayo, un oasis acuático dentro del semiárido paisaje del Chaco. Recorremos El Vertedero desde la asfaltada Ruta Provincial 28 que en sí misma es un dique construido para detener las inundaciones con varias compuertas. El terreno está inundado a un lado y al otro: en los hechos es como atravesar el humedal por un puente que da una panorámica de la inmensidad acuática a los cuatro costados. Del lado derecho aparecen los champales, árboles ahogados por el exceso de agua que se secaron de pie y fueron invadidos por plantas trepadoras dándoles un aire fantasmal. Son esqueletos de quebrachos colorados, palosantos y algarrobos, cubiertos por una voluminosa manta de hojas. Champal significa fantasma en lengua pilagá. Las aves comienzan a revolotear de a centenares mientras cruzamos el bañado. En el esqueleto de un palosanto sin enredaderas veo el descanso de tres jabirús, una cigüeña de 1,40 metros de altura con la cabeza negra, un collar rojo y el cuerpo blanco. A lo largo del día veo medio centenar. El chofer maneja despacio porque a veces los yacarés se instalan a asolearse sobre el asfalto y se cruzan osos hormigueros. A navegar. Luego de un rojo atardecer con el cielo lleno de aves, recorremos 70 kilómetros por un camino de tierra al pueblito Fortín Soledad, donde viven 400 personas en casas de adobe, madera y ladrillos. Nos alojamos en una de las dos cabañas de Chilo Ruiz, equipadas con agua caliente y aire acondicionado, a 800 metros del bañado. Por la noche salimos a caminar junto al humedal con Chilo, un criollo nacido en el lugar que tiene unas pocas vacas y 50 chanchos, que cría en una isla en el centro del humedal, junto a la casita donde nació. Origen del nombre. Llegamos a la orilla y Chilo señala miles de lucecitas titilando en las aguas. De lejos parecían estrellas. De cerca descubrimos que son luciérnagas y estrellas reflejadas: de este fenómeno proviene el nombre Bañado de la Estrella. El canto del búho ñacurutú le agrega sugestión a una noche templada y sin viento. A la mañana siguiente salimos a navegar en una piragua sin motor conducida por Chilo con un largo botador. Avanzamos suavemente y a nuestro lado desfilan champales y altísimas palmeras caranday. El humedal está lleno de vida bullanguera. El canto de miles de pájaros de unas 300 especies se superpone sin un solo silencio en todo el día. Cada amanecer y atardecer explotan conciertos de graznidos como el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja–, el silbido estridente del pájaro caracolero y el gruñido del biguá, similar al del chancho. Cada tanto oímos el golpeteo a madera del pico de los jabirúes y su potente aleteo, como el de aquellos dos que nos sorprenden a diez metros por encima de nuestras cabezas, provocándose en el aire como buscando pelea. En una orilla vemos dos cuervillos cara pelada –garzas negras– peleando a los saltos como gallos de riña. Tierna fauna. El bote va rasgando una alfombra verde de repollitos de agua y masas de camalotales. En lo alto de un champal, Chilo señala un nido de jabirú: una madre está alimentando a dos crías metiéndoles en el pico pescado triturado que trae en el buche. La presencia más intrigante es el yacaré. El primero aparece junto a la costa, aletargado al sol y con las fauces abiertas. Chilo acerca la canoa y casi roza con la proa las fauces del animal petrificado. Cinco metros atrás sucede una ruidosa zambullida y veo salir de los pajonales una pareja de yacarés para deslizarse sobre el agua, ondulándose como serpientes. Hay ejemplares de dos metros y medio que a veces lanzan un soplido terrorífico. Otros permanecen sumergidos como asesinos al acecho con ojos traicioneros, sobresaliendo apenas en la superficie. Al rato aparecen los rechonchos carpinchos, los roedores de 80 kilos que se la pasan royendo pastos. Chilo conoce la casa de cada habitante del humedal y nos lleva a la de una boa curiyú o anaconda amarilla. La encontramos enroscada en un árbol seco. Bajo las transparentes aguas poco profundas veo pasar sábalos y pirañas. En la costa los jabirúes caminan con zancadas pescando a los picotazos. Los patos se nos cruzan a cada rato: el criollo, el sirirí y el de collar compiten en colorido. Quizá el ave más refinada sea la espátula rosada, una garza rosa con la punta del pico redondeada. El más sutil es un pájaro monjita blanca. Los negros biguás se posan en los troncos con sus alas extendidas al sol luego de una excursión de pesca. Y por doquier hay miles de garzas brujas, moras y blancas. Esta navegación se hace también bajo la noche. Imposible no regresar contento. Al Bañado de la Estrella uno viene a observar fauna. A diferencia de lo que sucede a veces en un safari sudafricano, aquí es imposible terminar frustrado: uno tiene la garantía de ver miles de aves de decenas de especies, así como yacarés y carpinchos, de mínima. Las fotos que acompañan esta crónica tienen mucho arte. Y al mismo tiempo uno podría pensar que el fotógrafo estuvo aquí semanas oculto entre la vegetación o dentro del agua, esperando la toma perfecta. Sin embargo, tres o cuatro jornadas –si se tiene buen ojo y técnica– alcanzarían para hacer fotos maravillosas con solo pasear en piragua o apostándose al atardecer en un banquito en la orilla. Uno podría incluso, si quisiera, colocar la lente a un metro de las fauces de un yacaré y observar su parpadeo lateral. Pero no lo recomendamos en absoluto, so pena de recibir un tarascón. ■

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