El hombre convertido en una implacable arma de acecho

JUAN CARLOS FONTANA

2022-08-06T07:00:00.0000000Z

2022-08-06T07:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

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CRÍTICA / CINE

Quizás porque su abuelo es zoólogo, su madre psicoanalista y su padre dibujante, el inglés Alex Garland ha dado al cine productos entre originales y curiosos, referidos a la ciencia ficción y en especial a la inteligencia artificial. Prueba de esto son sus dos films anteriores: Ex Machina (2015) y Aniquilación (2018). La primera recuerda bastante a Ella (Her), de 2013 y de Spike Jonze, con Joaquín Phoenix, en el papel de un hombre que se enamora de una mujer que es su asistente artificial. A Garland también se le debe la serie Devs, que emitió en Argentina FX, referida a la inteligencia artificial. Hay en Alex Garland una forma de narrar que es poco convencional. No se preocupa por un estilo clásico, lo suyo es más bien de cierta ruptura. Incluye saltos narrativos bien ubicados o situaciones que quizás pueden llegar a desconcertar, pero siempre son parte del curioso entramado de sus guiones. En ellos la mujer juega un papel especial, si se quiere tan seductor, como enigmático y hasta sorprendente para las mismas actrices que los han personificado. Men: Terror en las sombras no es una excepción. Esta producción se inclina más por el terror –un poco psicoanalítico- que por la ciencia ficción. Y hasta puede afirmarse que es una película cuyas secuencias parecen extraídas de otros films, o que son el borrador de una futura producción. Acá cada escena representa una síntesis mucho más profunda a desarrollar porque su protagonista parece vivir dentro de un sueño al toparse con situaciones tan imprevisibles. Aunque todas ellas tienen un denominador común: distintas formas de acoso por parte de los hombres, o hechos que estos producen y pueden dejar grabadas situaciones de terror, en esta única mujer que se roba los planos del film de Garland, Jessie Buckley (la estupenda actriz de La hija oscura). Ella acaba de perder a su marido en una situación confusa y decide irse a vivir a la campiña inglesa. Alquila un viejo caserón, que a cualquiera le daría temor vivir en soledad, pero ella parece feliz. Allí con el primero que entabla relación es con el casero, dueño y jardinero del lugar, a cargo del gran actor inglés Rory Kinnear, que acá asume a su vez varios papeles, el de un sacerdote y de un enigmático hombre desnudo que aparece en el jardín. Lo concreto es que a medida que avanza el metraje, a la protagonista le suceden hechos que parecen refrescar situaciones oscuras de su pasado, las que en su mayoría se desarrollan fuera de la casa. Desde violentas situaciones de terror, hasta caminar por un pasillo de árboles verdes que según como se mire, puede convertirse en un pasaje escalofriante hacia un más allá. El filme, con una iluminación, fotografía y plasticidad admirable no tiene lo que podría decirse un desarrollo cronológico, o el suspenso típico de un relato de género, pero su seducción radica en que el director le deja al espectador una libre interpretación de los hechos. O sea Alex Garland expone circunstancias determinadas y después como público arreglate para interpretarlas. Si estás dispuesto a hacerlo, el filme se disfruta ampliamente.

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