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Weekend - 2021-04-29

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Colombia, increíble

BIKE

Textos y fotos: BERNARDO GASSMANN

En este tramo casi final del recorrido en bicicleta por seis países, los locales fueron los más hospitalarios, en parte por su forma de ser y también porque la bici es un deporte muy popular. Entro en Colombia por Ipiales, desde aquí la cordillera de Los Andes se ramifica en tres: la occidental pegada al océano Pacífico, la oriental que llega hasta Venezuela y por la que me voy a mover, y la cadena central. Los primeros días se sucedieron por montañas con un hermoso clima, entre frutales y cafetales, luego otros transitando por el valle del Cauca para, finalmente llegar a la capital de la salsa, Cali, donde por supuesto tomé clases (en vano). Aunque los argentinos nos vanagloriemos de nuestra calidez y apertura social, debemos aceptar que tenemos el segundo puesto en este partido. Colombia fue por lejos el país en el que más cerca de la gente me sentí; en donde más casas de familia me alojé y para mejor al ciclismo lo tienen casi al mismo nivel del fútbol. Esto genera que, en cualquier pueblo por más chico que sea, hay una tienda de bicis con todo tipo de repuestos y grupos de ciclismo. Me cruzaba con pelotones casi a diario. De la misma manera que a mí me sorprendía la velocidad que llegaban a desarrollar, ellos no podían creer que mi bici pesara 45 kg frente a las maravillas de carbono de 9 kg. Siempre era motivo de risas y cargadas. Una realidad triste Hace varios kilómetros vengo cruzándome con una situación muy triste, y parece intensificarse cada vez más. Se trata de los caminantes, cientos de venezolanos en grupos de amigos, familias, niños, bebés en cochecitos al lado de la ruta, llevando solo lo puesto y durmiendo en plazas o a mitad de la nada. El objetivo es salir de su país, pero como Colombia ya está saturada, se hace cada vez más difícil conseguir algo para ganarse la vida, de modo que siguen bajando a Ecuador, Perú… Desde hace unas semanas, para ingresar en Ecuador les piden 25 dólares de visado, así que había algunos que van y otros que vuelven de la frontera Colombia-Ecuador. Los que regresan sobre sus pasos simplemente lo hacen por no contar con el dinero. Compartí charlas con muchos venezolanos: abogados, médicos, ingenieros, adolescentes, ancianos, todos emigrantes. Sobre cada situación se podrían escribir innumerables páginas de resiliencia, quizás en otra oportunidad; solo me quedo con el sabor de una realidad que cuesta asimilar. Intercambio de camisetas Siguiendo al norte, desvío de la Panamericana para entrar al eje cafetero. Pequeños poblados rodeados de cafetales y casitas de colores. Me entretengo en senderos de montaña solitarios, metidos en una cerrada vegetación, simplemente magníficos. Sigo explorando caminos, a veces acertando, otras insultando. Por esos días se comentaba en todo el país que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) habían vuelto a levantarse, lo que finalmente terminó por confirmarse. Tienen el hábito de hacer un control en medio de algún camino secundario durante unos minutos, y generalmente de noche. Si estás en el lugar equivocado y en el momento inoportuno, podés terminar demorado o secuestrado, y como supe de algunos casos recientes, decidí no acampar al aire libre y evitar pedalear de noche. Ya saliendo del eje cafetero, llegué con las últimas luces a un camping abierto donde estaba de paso un escuadrón del ejército colombiano, de modo que dormí entre cajas de municiones y soldados adolescentes que no tenían mayor conocimiento de la lucha que perseguían. Estuve hasta altas horas de la noche contándoles a estos chicos historias de viajes: sobre la Argentina, Messi, y explicándoles por qué anteponemos el “che” al comenzar una oración. Como siempre, la curiosidad termina por derribar todas las barreras. Dejé atrás las armas lo más pronto que pude y me metí por un camino que dos días después me conduciría a Medellín, previo pasar la noche en un estadio que me fue abierto por orden del alcalde del pueblo. Luego intercambiamos camisetas de las selecciones respectivas. Ya estaba entrando a la tierra de los parceros. Pasé unos días en la casa del ciclista de Medellín haciendo algún ajuste a la bici, descansando y recorriendo la hermosa ciudad. A partir de aquí le apuntaría derecho al mar Caribe. Tenía dos opciones pavimentadas o una tercera de ripio. La zona por la que pasa este tercer camino es el antiguo territorio de los muchachos de las FARC, y cuando me enteré de eso era demasiado tarde para cambiar. Al día de hoy agradezco que así haya sucedido, porque fueron los paisajes más bonitos y autóctonos que vi, pero sobre todo donde recibí la mayor hospitalidad. Por nombrar algunos casos: la familia en Yolombó, que me invitó a su hogar y me llenó de bendiciones. El playero de la estación de servicio en Zaragoza: con la banda de amigos de su pequeño hijo salimos a pedalear por la ciudad y terminé haciendo un service a cada una de sus bicicletas. El hombre que no me permitió armar la carpa en una plaza, pero llamó al pueblo siguiente y allí me estaba esperando el director de la escuela para darme el aula de 4° grado. O la tienda de bicicletas en Pla neta Rica, a la que llegué a las 15 para comprar un inflador y me fui después de compartir varias cervezas. Me tenían reservada una noche en un hotel. Si cualquiera de estas actitudes no es la fidedigna prueba de que las personas son buenas por naturaleza y de que hay que confiar más en ellas, no sé qué será. Al fin de cuentas yo no era más que alguien pedaleando sobre una bicicleta cargada. Llevando la bandera de un sueño, viajando para conocer y conocerme. Creo que eso genera una empatía casi automática y ven que ayudando están siendo parte de mi sueño. Además, intentaba devolver esos gestos invitando una comida, haciéndoles reparaciones en sus hogares, hablándoles de lo que hay por estos lados. Lo cierto es que, haga lo que haga, nunca voy siquiera a nivelar la balanza. ¿Cómo se paga una botella de agua en el desierto o un “dale que ya lo tenés parcerito” en plena subida? Bogotá en la mira Dejando atrás varios días de barro, cruzando ríos y luchando con los mosquitos llegaba al extremo norte de Sudamérica, concretamente metiendo los pies en el agua cálida y transparente del Mar Caribe. Ahora seguiría con el mar a mi izquierda, acampando en hermosas playas, pasando por Coveñas, Barú, Cartagena, Barranquillas y Santa Marta. Aquí dejaría descansar la bici por un tiempo mientras voluntariaba en un hostel y un velero, pero mayormente yendo de la hamaca a la playa. La despedida Esto era lo más al norte que iba a llegar, ahora emprendía la vuelta a Bogotá. Unos 1.000 kilómetros por la Ruta del Sol y doy fe que tiene bien ganado su nombre. Resulta que tenía que llegar a Bogotá en cierta fecha porque me recibirían unos ciclistas y además tenía el vuelo. De modo que le metí pata, pero al ser tan fuerte el sol, de 11 a 14 buscaba una sombra y me echaba a dormir esperando que amainara el calor. Todo fantástico hasta que un día decidí que no pararía. Ese mismo día fue el que me agarró un golpe de calor que me tiró dos jornadas en una cama, volando de fiebre y con suero para hidratarme. A partir de eso, bastante débil para darle al pedal, me subí a un bus que me acercó los 200 kilómetros que me quedaban hasta la capital. Después de disfrutarla me subiría a un avión que me dejaría bastante más al sur, en Asunción del Paraguay.

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