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Weekend - 2021-06-01

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En las entrañas del Jaukanigaás.

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Por Aldo Rivero.

Travesía en embarcaciones por el río San Jerónimo, atravesando un humedal santafecino declarado sitio Ramsar, en busca de curiosos animales para realizar una cacería fotográfica. Jaaukanigás, un destino pendiente que ya se transformaba en realidad cuando llegué a Reconquista, la “Perla del Norte” santafesino, donde los lapachos ya habían perdido su colorido, pero no por eso dejó de sorprenderme la limpieza y las grandes veredas arboladas. Llegar fue recorrerla y rumbear hacia el puerto, a solo 12 km, lo que podría considerarse el portal de entrada a Jaaukanigás. El nombre significa “gente del agua”, ya que así se llamaban a sí mismos los abipones, sus antiguos pobladores. Este inmenso humedal de 492.000 hectáreas en el noroeste de Santa Fe posee más de 350 especies de aves, 78 de mamíferos, 250 de peces, 59 de reptiles y 45 de anfibios (de mosquitos no hablemos). En el puerto me esperaba el Tonawanda, mi hogar en los próximos días, y me enamoré de el a primera vista. Es un barco fabricado en 1947 en madera de cedro de 10 m de eslora, pero con toda la tecnología actual, y que recorre el humedal hace 26 años al mando del capitán Poly, un personaje apasionante. Llegar al embarcadero junto a David Franco, de Turismo Reconquista, fue cargar mochila, bolsos, equipo fotográfico, soltar amarras y con el ronroneo del motor diésel zigzaguear por el arroyo buscando el río San Jerónimo. Actividades posibles en el humedal El programa era delicioso: hacer trekking en las islas, observación de aves, caza fotográfica y donde nuestro barco no tuviera calado recorrer los arroyos interiores en lancha y kayak. David ya me había recomendado la indumentaria: tapado como un beduino. Entre el solazo tremendo y los mosquitos lo mejor era no exponer la piel, por lo que preparé pantalones livianos y rústicos, camisas manga larga de tela respirable con protección UV, sombrero ala ancha, borceguíes. Y casi todo camuflado. ¡Obvio! Poly enfiló hacia el norte por río San Jerónimo, de casi 300 m de ancho, con las ultimas luces del día. Después de tanto tiempo de programar ese viaje, estar sentado en la planchada poste- rior, descalzo y con los pies en el agua... era de no creer. Anclamos cerca de un n banco del río, donde onde había br isa pa ra a escaparle al mosquitaje. aje. Mientras Poly cocinaba, a, con David tomamos unos mates en cubierta viendo salir la luna y escuchando latir las islas con toda su fauna. Decir que cenamos más que bien y que dormimos como los dioses es innecesario. El amanecer fue glorioso, el sol asomando sobre las islas selváticas contrastando con el del marrón del río, el verde de los camalotales flotando y, más allá, allá bandadas de aves p pescando y cantando. La Gloria. Solo quería desayunar y dese mb a r c a r. Me contaban que el cauce estaba bajo, casi 2 m debajo de su nivel, y eso produce que desagüen las l lagunas interiores y se tapien tapi algunos accesos a los arroyo arroyos con los camalotes y carrizos. Eso es llamado “el pulso” del humedal. Explicado básicamente: cuando llueve demasiado en el norte, este se expande, se llenan las lagunas y arroyos internos, lo que permite que especies de peces, reptiles, anfibios y aves se reproduzcan. Y al contener toda esa masa de agua y “largarla despacio” evita inundaciones río abajo. Por qué se destaca Por eso el Jaaukanigás fue designado como Sitio Ramsar en el 2001, ya que este humedal es de gran importancia internacional por su riqueza biológica: sirve de refugio a aves migratorias, además de ser importante por la gran biodiversidad que contiene. Pero desgraciadamente no significa que esté protegido como si fuese reserva o parque nacional. Durante el desayuno trazamos las actividades del día y luego de preparar las mochilas desembarcamos en la zona del Boquerón. Allí hay varias casas y un cuidador, quien acompañado de toda su jauría nos marcó un sendero que se internaba en la isla. Y nos fuimos, pero no solos: El Murciélago y La Elvira, dos de los perros de dudoso linaje nos acompañaron. Habíamos hecho unos 300 m cuando me di cuenta de lo complejo del ecosistema, donde cada enredadera, árbol o insecto lucha por su lugar. Los borceguíes se nos hundían en una masa de hojas secas –o podridas– de 20 cm de espesor al pie de árboles como el inga, ambay e ibira pyta que superaban los 20 m de altura. De a ratos nos deteníamos a sacar fotos a los pájaros, pero se complicaba porque allí la furia de los mosquitos se desataba sin piedad. En una de esas paradas empecé a escuchar un ruido raro y masivo, como si alguien jugara con un alto parlante: “monos carayá”, me dijo David, y salimos del sendero en su búsqueda esquivando bañados, a veces tapados hasta arriba de la cabeza por la vegetación, y acompañados de un calor insoportable (29 °C) sin nada de viento, porque la muralla verde nos encerraba. En uno de estos momentos nos dimos cuenta de que los perros nos habían abandonado, “son más vivos que nosotros”, dijimos. El ruido de los monos era cada vez más cercano, hasta que finalmente los encontra mos: seis ejempla res descansando sobre un árbol de timbó blanco. Completamente camuflado y escudado detrás de un árbol – y de una nube de mosquitos– pude sacarles innumerables fotos. Regreso complicado Ya estábamos cerca del Tonawanda, pero recorrer esos 1.400 m nos tomó 48 minutos. Llegar y percibir el aroma de las pastas que estaba preparando Poly fue tan celestial como el chapuzón en el arroyo que nos dimos antes. Luego del almuerzo vino la inevitable siesta, en las horas del mediodía todo el Jaaukanigás se aletargaba con el calor, y comenzaba a despertarse a partir de las 17, la mejor hora para gatillar la cámara. Nos apostábamos con David y el equipo de mate en el techo del barco. El con sus binoculares guiaba y marcaba las especies que pasaban volando o estaban posadas. Siempre tomando al San Jerónimo como ruta principal, nos internábamos con el Tonawanda donde este tuviera calado y allí desembarcábamos cuando la vegetación nos lo permitía. Pero teníamos también otra opción veloz: la de Emmanuel Marcon, con su lancha con motor de 115 HP, con quien nos adentrábamos más lejos a través de pequeños arroyos y lagunas interiores. Allí sí era factible desembarcar sigilosamente y buscar fauna: yacarés, carpinchos y lobitos de río que se zambullían ante el menor ruido que hiciéramos. Por eso es indispensable que nos guíe un baqueano. En el rio íbamos a las chapas, pero en los arroyos la lancha regulaba y Emmanuel nos marcaba de antemano los bancos de arena donde podía haber yacarés asoleándose. ¡Y acertaba¡ La importancia de trabajar en equipo. Como todo lo dif ícil tiene su recompensa, cuando sacamos la foto uno se olvida del sufrimiento anterior. Nuestra agradable r utina era entonces regresar al Tonawanda y, después de bañarnos en el río, preparar el mate mientras Poly levantaba el ancla y buscaba otro lugar. Así, con el ronroneo de motor, mates y bizcochitos descargábamos las fotos y las clasificábamos. Y más allá de que había llevado mi manual de identificación de aves, David era más rápido: tiene vistas 310 especies de las 350 que habitan el humedal. A puro remo Si navegar en barco o lancha el Jaaukanigás es maravilloso, en kayak la percepción es más auténtica aún. No solo por el silencio al desplazarse, sino porque íbamos al ras del agua, internándonos en arroyos ínfimos y rozando los carrizales y camalotales, pero vigilando que no hubiera víboras sobre ellos. El otro tema era esquivar las redes, a pesar de que está prohibido, algunos pescadores locales mallan (colocan redes) de lado a lado. Peligroso para nosot ros porque pod ía mos engancharnos, pero peor para la fauna, porque el principal problema es que en esos arroyos y lagunas se reproducen infinidad de especies de peces que de esta manera no pueden ganar el río abierto. Después de varios días en las islas retornamos a Reconquista, en mi caso sorprendido de tanta naturaleza, porque más allá de que había leído y estudiado la zona, nunca pensé que el impacto iba a ser tan grande. El potencial de Jaaukanigás como destino ecoturístico es inf inito: canotaje, trekking, observación de aves, caza fotográfica, acampe en las islas; realmente es sorprendente que este destino aún no sea conocido por nosotros. En el sentido biológico, es un ecosistema frágil que necesita protección, porque los incendios, la caza y pesca desmedida lo afectan desde siempre.

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