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Weekend - 2021-06-01

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Viaje al Jurásico de Las Quijadas.

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Textos: JULIAN VARSAVSKY. Fotos: AGOSTINA TRIGO

En la provincia de San Luis, una exploración a fondo de los laberintos de arenisca con algo de fortaleza en ruinas de este parque nacional. Fauna y huellas de dinosaurios. Por Julián Varsavsky. Al despuntar desp el alba, un rayo de sol so enciende de rojo un cerro en la lejanía: entramos al Parque Nacional Sierra Sierr de las Quijadas por un camino de ripio que divide al desierto en dos. Un salpicado de mancho manchones verdes rompe la monotonía arenosa del paisaje y el aroma penetrante pe de la jarilla se cuela por po la ventanilla de la camioneta. camioneta Un pequeño remolino rojo se envuelve e en sí mismo al ras del su suelo, bajo un cielo sin nubes. La primera p sensación es que –en cualquier c momento– aparecerá volando v una bandada de pterodá pterodáctilos buscando comida para sus pichones. Nuest Nuestro ro guía sugiere detene nernos rnos a ver v una serie de 23 hornillos p para cocción de piezas de cerámica cerámic que moldeaban los aborígenes huarpes, los restos de un ase asentamiento del siglo XVIII. Retomamos viaje por un terreno ondulado y, a los 6 kilómetros, estacionamos. Damos los primeros pasos por el sendero Los Miradores: este parque solo se recorre caminando. Tras una lomada se abre a mis pies el vastísimo valle del Potrero de la Aguada. En 10 minutos de caminata llegamos a un mirador natural hacia esa descomunal depresión del terreno, rodeada por una gran muralla de rojos farallones, casi tan majestuosa como aquella del Lejano Oriente. Abajo, carcomidos por los milenios, parecen yacer los restos de un viejo imperio desmoronado, una extensa sucesión de torres arcillosas –algunas caídas– que le dan al paisaje un aire de fortaleza de adobe. Llegamos hasta el final del corto y sencillo sendero –1.300 m ida y vuelta– siempre bordeando desde arriba la gran hoyada de 4.000 hectáreas. Siento deseos de bajar a ese cambiante laberinto delimitado por acantilados y acordamos con el guía recorrerlo, a pesar de que son cinco horas al rayo del sol: hemos traído agua y comida. Hacia el laberinto Comenzamos a bajar hacia ese intrincado dédalo de galerías sin salida expuesto a las lluvias y el viento, en cuyo centro corre un sinuoso arroyito, por lo general seco. Avanzamos un kilómetro sobre suelo arenoso por un gran cañón entre paredones de 250 metros de altura que se van cerrando hasta ser un pasadizo angosto como una grieta. Mi sensación es haber entrado al cuento El Inmortal, de Jorge Luis Borges: “Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra”. Almorzamos a la sombra de un paredón en “la ciudad de los inmortales” y el guía evalúa nuestras energías: estamos para más (la temporada ideal es de abril a octubre para evitar altas temperaturas). Salimos de las profundidades del Potrero de la Aguada para regresar a la parte alta y caminar por el circuito Huellas del Dinosaurio. Son dos horas y media hasta el borde de un gran acantilado. Al llegar, la sorpresa es fuerte: no es borrosa sino una pisada de cinco centímetros de profundidad –bien delimitada– que mide 30 cm de largo. Uno esperaría que 80 millones de años hubiesen borroneado este impresionante molde que parece impreso ayer. Otra huella en el camino Me agacho y distingo las tres pezuñas de la pata de un saurópodo de cola larga, una especie cuadrúpeda y herbívora, la mayor de la zona. Esta es una ignita, una huella inmune al tiempo y la lluvia por estar petrificada. ¿Cómo ocurrió esto? El guía me explica que hace 120 millones de años –durante el Jurásico– los movimientos de placas tectónicas del centro de la tierra pro dujeron una falla: su resultado fue un kilométrico hundimiento del terreno. Esa depresión formó una cuenca rodeada de montañas que hoy es el parque. Pero este desierto era en aquel tiempo un vergel con ríos y lagos, y mucha vida animal con especies de dinosaurios, anuros y pterosaurios. Con los siglos, los sedimentos transportados por el viento y la lluvia fueron tapando esa cuenca y el lugar se convirtió en un cementerio terio prehistórico que saldría ría a la luz muchísimo después. ués. Diversos frentes montantañosos fueron cayendo sobre obre la cuenca hasta cubrir r una profundidad de 1.500 my m y transformarla en llanura. ra. Esto sucedió hace 100 millones de años, tiempo suficiente para que los animales sepultados se mineralizaran. Así se mantuvo todo, en absoluta quietud, hasta que 75 millones de años después se levantaron los Andes. Eso produjo presión hacia arriba y se levantaron también los terrenos aledaños como esta zona, pero en menor medida. Por eso brotaron los paredones de Las Quijadas: este paisaje estuvo sepultado 75 millones de años. Y en el arrastre, salieron fósiles animales y vegetales. Los períodos Jurásico y Cretácico quedaron al alcance de la ma mano de los paleontólogos gos. Aquí se encontraron mu muchos pterosaur ios, tem temibles reptiles alados cu cuyas alas extendidas medían 3 m y reinaban en las alturas de aquel mundo remoto. El regreso al presente Durante un desca nso pa ra h id ratarnos, el guía nos cuenta que el parque es una combinación de las provincias fitogeográficas de Chaco semiárido y monte. Del primero tiene especies adaptadas a la extrema aridez, como un pequeño árbol llamado chica: crece lentamente al borde de los farallones y desarrolla una madera muy dura y retorcida. Los más comunes son el algarrobo, el quebracho blanco y el espinillo. La vegetación es muy arbustiva, un rasgo del monte estepario. Además hay cactáceas como las tubas, los cardoncillos y los puquis. Comenzamos el regreso en un intenso estado de gracia. A nuestro paso se teje y desteje una trama de castillos de arena esculpidos por el viento, un frágil mundo de borrosas esculturas abstractas en aparente inmovilidad desde hace millones de años. Allí donde descansa un lagarto somnoliento, alguna vez caminó un enorme dinosaurio dejando una huella más imborrable que sí mismo. Me detengo a descansar y levanto la mirada: una gran ave negra f lota etérea en el vacío edificante que la sostiene. Es un cóndor surcando el mismo cielo que alguna vez fue de los pterodáctilos. Y una pareja de guanacos de correteo grácil se aleja a los saltitos. La extraña naturaleza de este parque nos remonta al inicio de los tiempos, cuando los hombres no existían en la faz de la tierra. De pronto, una liebre que pasa como un rayo y deshace el encantamiento, regresándome a la realidad del siglo XXI acechado por la pandemia.

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