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Weekend - 2021-06-01

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Camino a Mercedes

LA ULTIMA

Por ALEJANDRO INZAURRAGA

El tenía una teoría. Curiosa, pero respetable. Decía que su existencia estaba signada por el infortunio y la desventura, y que la pesca era lo único que lo rescataba. Esa noche en el campamento del río Sucundurí, en el corazón de la selva amazónica, después de algunas cervezas, charlamos largo y tendido. Me relató varios reveses de su infancia y juventud, pero hizo hincapié en un suceso que lo marcó fuertemente: -Viajaba yo hacia Mercedes en colectivo. Empezó el cuento entrecerrando los ojos y mirando hacia algún punto oscuro en la espesura-. Y en medio de una noche cerrada de invierno, el colectivo se detuvo bruscamente. Un choque frontal había ocurrido hacía minutos y nuestro ómnibus era el primero en llegar a la escena. Bajamos con el único médico del pasaje y los dos choferes a ayudar. Todo era aterrador, te aseguro. Los gemidos de dolor me atravesaron el alma. De la tibieza del coche cama saltamos a un escenario de hierros retorcidos, vidrios rotos, y personas esparcidas por la banquina. La impotencia fue muy grande, no alcanzábamos a atenderlos a todos, así que fui tapando a los más heridos con unas mantas del colectivo. Les hablaba y les daba ánimo. ¿Qué más podía hacer? Yo no sé un pito de medicina. Si sé, que si me estoy muriendo, quisiera que alguien me acaricie la cabeza y me diga algo amable. Así que actué por instinto nomás en ese infierno de sufrimiento y olor a combustible. Hice lo que pude te juro. Me relataba los hechos con la crudeza y la efusividad de la actualidad, como si hubieran sido ayer, y sin embargo habían pasado muchos años de ese suceso. Y continuó: “Una jovencita muy maltrecha llamó mi atención. Se estaba muriendo tirada en una banquina fría, oscura y desolada y el universo seguía como si nada. La tapé, le quité los vidrios que pude de entre los cabellos rubios y le dije que resista, que saldría bien, que ya llegaría el auxilio. Aunque todo indicaba que esa era su agonía final. Miré al cielo y recé. Se moría. ¿Qué más podía hacer? Ser testigo directo de la muerte es fuerte, amigo, más cuando es traumática y anticipada. Me fui muy mal de ahí después de que las ambulancias y los bomberos retiraron a todos, te juro. Se hizo un silencio largo. Hay charlas confesionales, íntimas o trágicas que ameritan paréntesis. Abrimos otras dos latas y continuamos hablando en voz más baja porque en las carpas ya todos dormían. La noche amazónica es agradable, la temperatura que durante el día clava puñales incandescentes, a la noche baja a 22 o 23 grados y, como no hay mosquitos, se da un clima distendido y propicio para la charla como la que habíamos establecido. Una nueva pausa y retomó el hilo: “¡Y no sabés lo que pasó después! ¡No me lo vas a poder creer! Un día, no hace mucho, y por una rara casualidad, mi mirar se cruzó con otra mirada, que me descolocó y me sacó de golpe de mi estado de tristeza recurrente. Volví a sentir, a soñar, a palpitar como un adolescente. Ella era unos cuantos años menor que yo, pero una mujer increíble!” Me relataba esto ya con un aire distinto, entusiasmado, con otro brillo en los ojos. Y prosiguió: “Y acá viene lo increíble de la historia. Una tarde que le pregunté por una cicatriz que tenía, me relató que había salvado milagrosamente la vida en un accidente y me describió la ruta, la fecha y los pormenores. Imaginate, se me heló la sangre escuchando los detalles de algo que yo había vivido en primera persona. ¡Era la jovencita de la banquina! ¡No había muerto! Y el destino me volvió a cruzar providencial y asombrosamente con ella. Un quebrarse de ramas en la parte de atrás del campamento cambió nuestro foco de atención y se hizo un nuevo silencio en el relato. - Vos estás insolado y me estás fantaseando. No puede ser lo que me contás, eso es de una telenovela de Migré, le dije. Pero él insistió y con los ojos brillosos me relató que la relación no pudo ser, que hubo situaciones que les impidieron continuar con ese providencial romance. -Así es que amigo, para redimir mi último fracaso, me vine al Amazonas, a pescar tucunarés y pirararas. Y aquí termina esta increíble historia de destinos que inexplicablemente se juntan y se separan, como ríos de la cuenca amazónica, pero no en una novela, en la vida real. No se si habrá sido cierto todo lo que escuché esa noche en la selva o si se trató de la imaginación afiebrada y desmesurada por el cansancio y el alcohol, pero lo que si sé, es que a mi también la pesca me rescató y me rescata de muchas contingencias y desventuras. Y eso si que no es ni inexplicable, ni tampoco una casualidad. Terminamos la última cerveza en silencio y nos fuimos a dormir antes que la noche se siguiera llenando de fantasmas.

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