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Weekend - 2021-09-02

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Fuego blanco en el fin del mundo

TURISMO

Textos y fotos: JULIAN VARSAVSKY

Días de nieve en Ushuaia, el extremo sur del país, con el paisaje abordado desde el aire en helicóptero y parapente, y por tierra con esquíes de fondo y trineos tirados por perros siberianos. Llegamos a Ushuaia al atardecer bajo una nevada que no cede en todo el camino al hotel. Rápido nos ponemos la malla y vamos a la piscina in-out a zambullirnos en la parte techada: doy tres brazadas y estoy bajo un cielo oscuro que deja caer copitos en cámara lenta sobre mi cara. El agua caliente me llega al cuello y se hace vapor al contacto con el frío: una nubecilla cubre la superficie del agua dilatando mis poros. La sensación desconcierta: he entrado en una dimensión calurosa y fría a la vez, dos opuestos que se complementan en mi cuerpo en un agradable éxtasis. Al día siguiente optamos por volar en helicóptero para ver el resultado de la nevada. Nos colocamos auriculares antirruido y el Robinson 44 de Heliushuaia remonta vuelo en línea recta hacia arriba, sin avanzar: gira 180 grados y arranca hacia el puerto de Ushuaia. Sobrevolamos el antiguo presidio hasta aterrizar en la cima plana de cerro Cloche, a 1.110 metros de e altura. El piloto apaga motores y bajamos ajamos a caminar sobre la nieve por una gran terraza natural con vista a la bahía. El panorama está cubierto por un manto blanco que alisa el paisaje, desde las calles de la ciudad hasta la punta del pico más alto de los Andes con el minimalismo de una postal antigua en blanco y negro. La segunda jornada la dedicamos completa a vivenciar la nieve con el cuerpo. Salimos por la RN 3 y, a 21 kms de la ciudad, aparece la gran planicie blanca del circuito de esquí de fondo del centro invernal Tierra Mayor. Almorzamos en su edificio de madera de dos pisos un crepitante cordero fueguino a la parrilla, conversando con María Giró, la dueña de casa. Los Giró son una familia ligada a la nieve en tercera generación: el padre de ella participó en 1965 de la primera expedición argentina al Polo Sur con trineos tirados por perros y vehículos oruga. Dedicamos la tarde al esquí de fondo, una forma de desplazars zarse en la nieve desde hace 5.000 años en Finland landia. En este centro inve invernal se creó en 1981 la carrera ca Marcha Blanca, con centenares de part participantes que recorren el circuito que haremos en un rato a pesar de no tener experiencia (es muchísimo más fácil que el esquí alpino ya que vamos por un plano al impulso de nuestras pier nas y bra zos con bast bastones). Haremos el circ circuito corto de 5 km, el que los compet competidores cumplen disfrazados de obispo, obisp la Chilindrina o escocés con falda. Salimos a la pista con María y nos explica cómo hacer las suaves deslizadas de esta suerte de caminar sobre la nieve, casi sin levantar los pies con esquíes finos y livianos y una bota blanda. Luego nos vamos solos a disfrutar del bosque en silencio, a nuestro ritmo, sin el vértigo del esquí alpino ni colas para los medios de elevación (aquí no los hay). A media tarde, cuando nos estamos yendo ya al hotel, vemos partir la excursión matiné en motos de nieve. Ya no podemos sumarnos, pero María nos tienta: “Hagan ese paseo en versión nocturna; una combi los busca por el hotel, vuelven para recorrer la pista –hoy hay luna llena y está despejado– y verán cómo su reflejo en la nieve hace que parezca de día. Dudamos, pero María agrega: “Después del paseo todos cenan fondue acá en el restaurante”. Nos convence y tres horas más tarde estamos de vuelta en Tierra Mayor, deslizándonos a motor. Perros de la nieve Tierra del Fuego es la meca nacional de los paseos en trineo tirados por perros siberianos. Volvemos a la RN 3 rumbo a l c omplejo Sib e r i a nos de Fuego donde nos espera Hugo Flores, un musher o criador de 150 perros siberianos y alaskanos huskies (no los venden). El barbado Hugo parece salido de una novela de Jack London y me explica que los musher actuales son “el último eslabón de los hombres que convivían con los perros primitivos en un pasado milenario”. No lo considera un hobby sino una cultura cuyo cenit se alcanzó en el norte siberiano, donde perro y hombre tenían una relación simbiótica mucho más fuerte que la actual. Recorro las casetas de los perros que se me paran en dos patas pidiendo abrazos como un osito cariñoso. Pero cuando los atan al tiro de un trineo, recuperan el instinto salvaje de sus antepasados los lobos: ladran, aúllan, tironean y saltan, mirando hacia atrás buscando los ojos del musher para que haga la señal de largada. Hugo lo aclara antes que se lo pregunte: “A ellos les encanta salir al bosque helado en jaur ía, se desespera n por tira r del trineo y el esfuerzo es más bien por frenarlos”. Me siento en el trineo y Hugo se para detrás de mí a conducir la jauría ansiosa. Arrancamos el circuito de 3 km: me sorprende la velocidad que levantamos en segundos. El musher conduce con silbidos, sin rienda ni látigo. Los perros que mantienen el ritmo van en el medio; los más torpes y robustos quedan en la última línea: son ocho y, mientras nos internamos en el bosque de lengas, la nieve que levantan con las patas va cayéndome en la cara. A mitad de camino nos detenemos un rato a acariciar el terso pelaje de estos perros con ojos azules. Vuelo libre Al cuarto día comenzamos nuestras jornadas de esquí alpino clásico en Cerro Castor, pero antes usamos la mañana para volver a volar, esta vez en parapente con el experimentado Silvio Ojeda. Una aerosilla nos lleva al punto más alto de las pistas, para luego trepar un poco más con la nieve hasta las rodillas. En una suerte de plataforma natural nos colocamos los arneses y me uno al de Silvio con un mosquetón. El piloto va atrás así que arranco a correr hacia abajo: lo remolco y él viene esquiando. En un instante la vela se despliega y ya estamos volando como colgados de una nube en una hamaca flotante. A mi izquierda un snowboarder raya la nieve virgen y el abismo blanco a mis pies irradia una pureza natural mucho más vívida que desde la ventanilla de un avión: el paisaje sonoro me toca en la cara con el viento. Mis pies se mecen colgando sobre un vacío de 800 metros. Silvio identifica una térmica y la usa para remontarnos hasta los 1.000 metros de manera espiralada como los cóndores, a 25 km/h. En 20 minutos descendemos en círculos hasta caer del cielo parados como un ave fueguina, coronando un viaje a los confines continentales donde el mundo se ha vuelto blanco.

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