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Weekend - 2021-09-30

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Ansenuza, donde los flamencos viven sobre el agua salada.

TURISMO

Por Patricia Daniele.

En los últimos tiempos se volvió a hablar de Miramar de Ansenuza porque pronto la laguna vecina, Mar Chiquita (el espejo de agua más grande de la Argentina), será parte de un nuevo parque nacional junto a los Bañados del Río Dulce, con el objetivo de continuar con la protección de una nutrida fauna, en la que la estrella son las tres variedades de flamencos que pueblan la zona antes de que llegaran los primeros pobladores (parina o mayor, andino y puna). Esto significaría que la ciudad costera, que vivió épocas de gloria a comienzos del siglo pasado rivalizando con Mar del Plata, tendría un nuevo impulso. La verdad es que su impronta es bien conocida por los cordobeses y los habitantes de las prov incias vecinas, quienes aprovechan el fin de semana para disfrutar de su oferta turística y gastronómica, que incluye variadas actividades deportivas, wellness y recorridos históricos a pie, en bicicleta o desde el agua. Con apenas 3.000 habitantes, un puñado de hoteles de todas las categorías, calles amplias en las que se destaca la principal, Córdoba, y una preciosa costanera que invita a ver el atardecer, la bella Miramar descansa somnolienta durante la semana por la poca afluencia de visitantes. Pero el viernes a la tarde todo comienza a cambiar: llegan autos con familias, parejas y grupos de amigos; los hoteles y aparts se van llenando de huéspedes y los restaurantes no tienen mesas libres. Todo cobra vida mientras los locales se desviven por atendernos con una cordialidad cargada de gran sencillez que se valora como un atractivo extra. Mucho tendrán que ver las constantes capacitaciones que hacen los responsables locales de turismo. Incluso algunos foráneos vieron en la tranquilidad de esta pequeña ciudad, y en la cordialidad de sus habitantes, un sitio ideal para instalarse y abrir un hotel boutique donde antes estaba la pensión alemana, como es el caso de Susana Bulacio con su emprendimiento Punta Encanto, o dejar la populosa San Francisco (Còrdoba) y ser la principal esteticista y encargada de suntuosos tratamientos de fangoterapia (con barro de la zona), tal la elección de Jéssica Alvarez. El poder del agua salada Antiguamente los viajeros llegaban en tren o avioneta para disfrutar de la terapéutica agua salada de la laguna y de su generación natural de ozono, que produce sensación de bienestar. La fama del lugar fue tal que llegó a tener 110 hoteles, hasta un hospital para el restablecimiento de personas enfermas y un hogar escuela. Hoy solo se conserva a la vista el Gran Hotel Viena, patrimonio histórico del ‘40 que presentamos en la edición anterior de Weekend. Allí Patricia Zapata, guía de Miramar desde hace 35 años, ofrece visitas por los sectores seguros del edificio y una nocturna a la luz de las velas, que no es apta para corazones sensibles porque se habla de varios fantasmas que lo habitan. ¿Por qué desaparecieron estos emprendimientos que atraían a la high society argentina? Por las sucesivas inundaciones producidas por la crecida de una laguna de 15.000 años. En 1959 literalmente tapó parques, arboledas, piletas y edificios, hasta que en los ‘90 se decidió dinamitarlos para quitar esas estructuras de la vista (con el poco beneficio para los bañistas, que ahora tienen menos sectores habilitados). Habiéndose estudiado el flujo de la marea lacustre, la ciudad ya no corre peligro por nuevas inundaciones. Por agua y en dos ruedas Esta historia se repasa en el Museo Fotográfico Dante Marchetti y también por agua, de la mano del guardaparques Pablo y la empresa Michelutti. La lancha parte de la costanera y va repasando las construcciones visibles o los restos que quedaron en una amplísima costa, como la torre de agua del Hotel Copacabana, que supo tener una pista de baile dentro del agua. Es la mirada periférica que se enriquece con la observación de los flamencos, siempre presentes es estos paseos al aire libre. El plus es verlos de cerca por miles, descansando en el agua o ejecutando gráciles piruetas en el aire. La otra versión es en mountain bike por una costa blanca, debido a los restos de una salitre que pintó hasta a los eucaliptus que bordeaban los senderos de los establecimientos y hoy apenas son manos crispadas surgiendo de la superficie. Aquí es Diego Duarte el experto, que lleva las bicis y va contando la historia de lo que se va viendo, mechando con información de la naturaleza y un buen ejercicio durante tres horas, compartidos con paradas para sacar fotos del inusual paisaje, que culmina con un asado de campo por $ 2.500 por persona. Pero el mejor avistaje de flamencos es en una caminata hacia una zona no urbanizada, comandada por Hugo Giraudo, para ver a distancia prudencial (y fotografiar) las guarderías que mantienen cerca de la orilla, momento ideal para observarlos alimentar a sus crías o tomar vuelo en bandada cuando un sonido o una persona se acerca demasiado, llevándolos a ejecutar esas maniobras que hipnotizan al visitante. Huarte es experto observador de la vida de

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