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Weekend - 2021-09-30

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Un misterio blanco a orillas del lago

TURISMO

Textos: MARCELO FERRO. Fotos: ALEJO FERRO y M.F.

Es rara esta postal: la Avenida de Mayo está vacía, desolada, sin tránsito: ni siquiera un vehículo. Las ocho cuadras que vamos a caminar parecen extraídas de una película: no hay gente, solo ruinas de un pasado esplendoroso. Es como si un virus hubiera carcomido los cimientos de las viviendas, los hoteles, las confiterías, el Banco Provincia, los restaurantes y la escuela llevándolos al extremo de autodemolición irreversible. Llegamos al final de la avenida. La nieve lo cubre todo. Es nieve salada, con mayor fluorescencia de lo habitual... Tan seca y dura que se resquebraja al pisarla. Pero no nevó. Estamos parados sobre sal: mirabilita, sulfato de sodio o sal de Glauber, da igual, es una cuestión semántica. La 120 manzanas de Epecuén que nos rodean dejan ver el efecto dominó del salitre: más de 20 años estuvieron bajo el agua de la laguna. Empiezo a entender... En 1975 las autoridades provinciales comenzaron la construcción del canal Ameghino, una obra que regularía el caudal de agua de todos los espejos de la región, y que evitaría inundaciones y sequías. Pero el proyecto fue rápidamente abandonado tras el cambio de gobierno, en 1976. La laguna Epecuén, lejos de bajar de nivel, siguió creciendo a razón de 50 a 60 cm por año. Su murallón de 4 m de altura, construido sobre la costa para proteger al pueblo del agua no resistió el embate de la sudestada que arrasó la zona durante la noche del 10 de noviembre de 1985, y el pueblo se fue cubriendo de agua lenta y paulatinamente. La evacuación llevó unos 15 días, sin víctimas fatales, pero los 1.500 residentes estables perdieron todo. El pico de la crecida llegó dos años más tarde y en 1993 la villa todavía se encontraba bajo 7 m de agua. El comienzo del fin El balneario inaugurado el 23 de enero de 1921 y bautizado “Mar de E pe cuén ”( en realidad laguna, aunque también lo llaman lago) había cumplido con el peor presagio de su propio nombre: lo había inundado todo. El sueño de ser uno de los lugares más exclusivos del país –al punto de competir con Mar del Plata–, un destino de moda entre los años ‘20 y ‘70, y el sitio escogido por la aristocracia bonaerense para su ocio y cura de algunas afecciones, había desaparecido 64 años después de que su fundador –Arturo Vatteone– lo soñara. Unos 25.000 turistas veraniegos, 6.000 plazas hoteleras y 250 establecimientos comerciales tuvieron que buscar nuevos horizontes. Si algo le faltaba a la región era que el tren dejara de llegar. Allí confluían el Ferrocarril Oeste (actual Sarmiento), que arribaba a la estación Villa Epecuén (hoy reconvertida en centro de interpretación de las ruinas), el Ferrocarril Midland y el Ferrocarril del Sud. Estos dos últimos pasaban por Carhué, a solo 7 km, en el partido de Adolfo Alsina, Buenos Aires. Subimos a nuestras bicicletas. Lo sigo a Alejo, mi hijo. Dobla en Mitre, en Maipú, gira por Rivadavia. Nos distraen las diagonales de una plaza... Entre escombros observamos un antiguo horno gastronómico oxidado; imagino la cocina de algún hotel. Vemos luminarias derruidas y evoco la nocturnidad comercial de una calle setentista. Una herrumbrosa silla plegable colgada de la rama de un pálido árbol me recuerda a aquellas que se utilizaban en las heladerías de mi adolescencia. En realidad, todos los árboles de Epecuén son esqueletos canosos que resisten de pie pero sin vida. Es que en Epecuén no hay vida: su mayor atributo es sobrevivir al paso del tiempo tras permanecer 20 años bajo agua salada, tan salada que los científicos la comparan con la del Mar Muerto (tiene unos 200 g/l; la del Mar Argentino, apenas 35 g/l). Por eso los árboles son blancos; las paredes, blanquecinas; las calles, níveas. Todo absorbió agua y sal. Y el oxígeno colaboró con la implosión: cuando el fluido se retiró, las estructuras edilicias volvieron a respirar aire puro y colapsaron tras resistir estoicas durante décadas. La ruinas de Epecuén no son producto de la demolición humana, sino de la acción de la naturaleza sobre vigas y cimientos. Otra forma de resucitar Regresamos a la Av. de Mayo para dirigirnos a la salida y volver pedaleando a Carhué. Imposible. El pueblo tiene un magnetismo que atrapa: no por nada todos los días recibe cientos de turistas (el fin de semana largo de agosto ingresaron más de 5.000). El salto a la fama internacional lo dio en 2014 cuando una empresa de bebidas energizantes lo eligió como escenario para un video promocional de acrobacias en bicicleta ( https://youtu.be/ PiF5HHkHvX0). Un éxito que catapultó las ruinas al mundo: al cierre de esta edición tenía más de 16 millones de visualizaciones en YouTube. Le siguió un récord para el libro Guinness en 2017 (ver página siguiente) y la declaración de sitio histórico. Ahora estamos pedaleando sobre Talcahuano. Nos detenemos frente al esqueleto de un vehículo sin alma pero que nos llama la atención porque aún conserva sus neumáticos resquebrajados. Consultamos con la guardaparques local –Viviana Castro–, quien nos señala que se trata de una camioneta: “Una Dessotto modelo 31 de la familia de Gustavo Rodríguez, el dueño de la pizzería La Gallina Verde. Un local que atendía acá, pero por la inundación tuvo que mudarse a Carhué. ¡Tiene hasta los papeles!”, exclama con orgullo. Continuamos la marcha. Un vetusto inodoro se cruza en el camino, también un corroído lavatorio... Un cajón de gaseosas de otra generación. A lo lejos una escalera sin destino se recorta en el horizonte... Falta poco para la caída del sol y verlo posarse sobre la laguna sería casi mágico. Pero decidimos pedalear 2 km por camino de tierra hasta el centro de interpretación que funciona en la vieja estación de tren Villa Epecuén, para comprender mejor la historia y enfilar hacia el cementerio. Sin ánimo de faltar el respeto, comparar esta necrópolis con una imagen de la serie “The Walking Dead” es una de las maneras más simples de comprender el espacio que tenemos delante. Bóvedas derrumbadas, tumbas profanadas, nichos demolidos... Si bien no hay datos oficiales, al momento de la inundación se estima que existían alrededor de 7.000 cuerpos descansando aquí. Cuando el agua se retiró quedaba la mitad (una gran parte sin identificar). Durante la inundación los ataúdes se escapaban a través de paredes y puertas. Lo ocurrido trasciende los límites de la imaginación. Basta con mirar la película “El viaje”, de Pino Solanas, para ver al cementerio bajo agua o leer el libro “Cien días en la inundación de Epecuén. Crónica de una criminal inacción”, de Roberto Laspiur, a fin de dimensionar la situación, pero esa es otra nota que excede los límites de esta, porque hoy turísticamente el pueblo resurgió de entre los escombros: en el último año tuvo 19 millones de consultas en Wikipedia y todos los que llegan a él se van asombrados: su calificación en TripAdvisor es 4,5 (sobre 5). Fantasmas de la faena El Matadero se ubica de camino entre Carhué y Epecuén. Inaugurado el 3 de diciembre de 1938 bajo el estilo monumentalista Art Decó de Francisco Salamone, en su interior todavía resuena el eco de la faena de animales a gran escala que se realizaba mediante sistemas mecanizados. Un vistazo a través de puertas, ventanas y agujeros nos sumergirá en una película truculenta de tres dimensiones: escucharemos el zureo de las palomas que habitan las instalaciones, veremos reflejada la sombra de su vuelo sobre las paredes, y nuestro rostro será golpeado por esa brisa fría y comatosa que suele emanar de los lugares abandonados. Una combinación de sentidos inefable. Su funcionamiento se prolongó hasta mediados de 1980, e incluso intentó seguir faenando pese a estar rodeado de agua. En 2014 fue declarado Bien de Interés Histórico y Artístico Nacional. Como tal, no se puede ingresar en él, pero sí sacarse fotos junto a su fantasmagórica silueta, postal típica de los turistas que visitan Epecuén. Finalmente, para rematar un hermoso día de sol, pedaleamos 8 km hasta La Chacra, un predio municipal con zona de acampe, baños, parrillas, arroyo y añosa arboleda. Allí recorrimos el sendero autoguiado El Molle, de 1.400 m, ideal para conocer varias especies de árboles, terminar en el stud y darse una vuelta por el viejo hipódromo, hoy en desuso. Antes de que cayera el sol estábamos nuevamente en Epecuén con la intención de ver flamencos en la laguna, pero esta vez faltaron a la cita. Mario Benedetti –escritor– dijo alguna vez: “Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”. Y Epecuén conjuga todas las connotaciones posibles, porque 100 años después de su fundación sigue más vivo que nunca, aún tras haber sido dado por muerto.

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