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Weekend - 2021-09-30

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La caza menor en tiempos de soja

ANIVERSARIO

Textos: HORACIO GALLO. Fotos: CEDOC

Han pasado ya muchos años de la primera cacería junto a mi padre, allá por los años ‘70, cuando hacerlo era una verdadera aventura: caminos intransitables, lugares vírgenes, preparativos con una logística impecable. Salíamos por siete días y parecía la Campaña del Desierto: agua, comida, vestimenta, herramientas, carpas, catres y un inseparable batán comprado al Ejército... Epocas en que se vivía de la caza y de la pesca, todo iba a parar a la olla. No se hablaba de conservacionismo. Por esos años nacía Weekend, la que mi viejo compraba. Era fanático del aire libre y de la vida en contacto con la naturaleza. Me crié con esa impronta. En aquellos tiempos la posibilidad de cazar estaba en zonas muy cercanas a Buenos Aires: de San Vicente en adelante. Nosotros lo hacíamos en Punta Piedra, cerca de Punta Indio y de Magdalena. Para llegar tardábamos unas seis horas con nuestro viejo Buick (hoy estaríamos en apenas dos). Lo bueno era que poníamos las carpas en un montecito o en una lomada con vista al río. Los campos eran de pastoreo, llenos de flora y fauna: perdices, patos, gansos, peludos, vizcachas, palomas... En aquella época no vi ciervos ni jabalíes, sí anguilas y peces variados. Todo servia para la olla. Se podían cazar perdices y liebres sin perros, porque la cantidad era importante, aunque tal vez no como en la época de mi abuelo, cuando observaba la foto de su Ford T tapado de ejemplares. Seguramente hace 50 años ya se empezaba a sentir una merma. Los cambios en la agricultura actuaron en forma logarítmica para el aumento en la producción de granos. Pensemos que en los años ‘80, por ejemplo, la soja era un cultivo prácticamente desconocido, apenas de cosechaban 3.500.000 millones de toneladas, que, en 2012, pasó a 52.000.000 convirtiéndose en uno de los pilares fundamentales de la agro industria, casi un monocultivo que trajo aparejada la utilización de agroquímicos que empezaron a causar estragos en la población cinegética, cuya disminución fue exactamente opuesta al aumento de los granos. Algunos cambios Hoy diría que es difícil cazar perdices sin un perro de muestra. Para hacerlo se requiere de los conocimientos de antaño que el novel cazador no tiene: caminar en grupos a 20 m de distancia, en zigzag para cubrir más terreno y ser sorprendido por el vuelo de una perdiz o la carrera de una liebre. Otra cosa que se perdió es la paciencia, aceptar la frustración y saber esperar. Nuestros ancestros con menos herramientas y calidad de cartuchos aún hoy nos superarían en cantidad de piezas. ¿Qué ha cambiado? Disfrutar del tiempo. Hoy es todo ya. En aquellos años lo importante era lograr el objetivo con lo que se tenía a mano. Hoy me veo a mí mismo con una escopeta italiana 12/70 superpuesta con una gran cartuchera, la que llevo entre mis manos cruzada por delante, presta al disparo. Me traslado a mi padre y sus amigos, y los evoco caminando por el campo con las escopetas de un caño colgando de una mano. Ante la salida de una presa, levantaban la escopeta, la amartillaban, se la ponían sobre el hombro, apuntaban, disparaban y derribaban su objetivo. Yo en un tiempo similar le disparé mis dos cartuchos con un resultado incierto. De eso tenemos que aprender: perdimos la paciencia y la capacidad de controlar el tiro. Esto es como emular un clásico de la literatura “El amor en tiempos del cólera” y variar su titulo por “La caza en los tiempos de la soja”. La vida dio un giro y nosotros con ella. Hoy la información y el incentivo visual nos atraparon. Diría que perdimos la capacidad de asombro y la tolerancia a la frustración. Nada nos sorprende y eso debemos recuperar. Los campos han cambiado, también el hábitat y el clima (es más inestable que antes, con marcadas sequías o lluvias). Aprovecho los 50 años de Weekend y los equivalentes míos en esta actividad para proponerles un simple ejercicio: en la próxima cacería volvamos a ser felices por el solo hecho de estar en el campo disfrutando lo que hacemos, sin importar cupos u objetivos. Cuidemos de la seguridad caminando con el arma colgando de la mano y dejémonos sorprender al levantar la escopeta y apuntar para ver qué sucede.

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