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Weekend - 2021-09-30

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La selva de Iguazú en modo vértigo.

TURISMO

Por Julián Varsavsky.

Estamos próximos a aterrizar; a la izquierda verán la Garganta del Diablo – dice el piloto por altavoz– porque estamos de suerte: hay buena visibilidad”. De la espesura selvática brota una fumarola como de volcán. El avión se acerca a esa suerte de tapón descomunal que una mano invisible ha quitado para desagotar el excedente de un diluvio universal. Desde la mirada cenital, mi deseo íntimo es navegar los vasos comunicantes de ese laberinto de sombras en busca del Minotauro misionero. A la mañana siguiente tomo un bus al Parque Nacional para subir a una lancha con propulsores hidrojet de 500 caballos de fuerza. Nos colocamos el chaleco, el capitán aprieta el acelerador y arrancamos a los saltos, sorteando los rápidos del río Iguazú entre dos paredones de piedra con cortinas de agua. Una potente acelerada nos sumerge en un torbellino acuoso que se nos desploma encima. No entramos a la temida garganta sino al más modesto salto Tres Mosqueteros, convertido en megaducha a presión que truena. Gritamos como si llegara el fin de los tiempos y la sensación es estar en el epicentro de una calamidad, como si un cuerpo completo de bomberos hubiese abierto sus chorros a presión desde arriba y el frente. Abandonamos la densa nube de rocío y regresa la calma. Pero la lancha hace una larga U con la proa hacia la isla San Martín con su denso salto. Y regresa el azote de aguas: el desconcierto reina a bordo porque no se ve nada: el mundo se ha vuelto blanco. Salimos sanos y salvos –por supuesto– ya que esto fue fríamente calculado como en Disneyworld, pero con una gran diferencia: aquí todo tiene la potencia insuperable de lo real. La selva es un nirvana Luego shock acuático, al segundo día buscamos el enfoque opuesto: relax y contemplación. Nos hemos alojado en el Iguazú Jungle Lodge por su carácter intimista: por la ventana veo una barroca proliferación selvática. Pasamos la mañana en la piscina para almorzar en el restaurante del hotel. Su chef Javier Sánchez prepara platos como sashimi tibio de surubí marinado con leche de coco y cilantro con relish de mango, miel de abeja yateí y ají picante sobre una piedra caliente. De postre: combinación de helados con gustos a yeyia –fruto del palmito, no el tallo–, yacaratía –madera comestible– y los frutos guabirá y yabuticaba (su exterior es morado con una perla adentro). A remo por el río Para la tarde tenemos un plan zen: excursión en kayak con un guía solo para nosotros en un paseo de tiempos laxos. El fotógrafo naturalista Emilio White nos pasa a buscar en su camioneta rumbo a La Lorenza, a 45 minutos de Puerto Iguazú: es una reserva natural privada, creada como proyecto de con servación. Allí instalaron una casita de madera y un deck con vista al Paraná. Una vez en los kayaks, remamos por un gran valle selvático entre dos murallas de árboles alineados tronco a tronco hasta el infinito. A los 800 metros entramos a otra dimensión, la del arroyo Uruguaí que f luye encajonado en una selva duplicada por el espejo de agua: lo quebramos con la proa como un rompehielos. Este vallecito silencioso opera como caja de resonancia de los leves sonidos selváticos, lo opuesto a esa furibunda catarata que, desde hace milenios, no ha tenido un segundo de paz. Oímos una fauna rampante al acecho: el chillido de un halcón, graznidos de biguá y pato cuturí, el ca nto del pája ro ba i la r ín na ra nja y el golpecito en el agua de un Martín Pescador que sumerge su pico en vuelo y saca un pescadito. Arriba vemos el vuelo etéreo de una pareja de tucanes arazarí fajado cruzando el río. En un recodo atracamos para caminar a una caverna semitapada por una cascada. Seguimos remando una hora y continuamos a pie hasta el deck frente a un malva atardecer: saboreamos chipá, mandioca frita, frutos secos, quesos y fiambres, y una selección de vinos blanco, tinto y rosé. Le pregunto a Emilio si alguien ha visto al Minotauro en el centro de este verde laberinto con corredores acuáticos: - Sí: yo mismo en el Parque Nacional. Estaba con mi cámara escondido tras unas cañas y oí un rugido. Era el yaguareté. Lo vi zambullirse a un arroyo y nadar. Moví apenas una pierna y salió alarmado. Nos miramos a los ojos a cinco metros y le oí la respiración. Dio media vuelta y desapareció de un salto como por un boquete en la pared vegetal. Ahora en bici El tercer día lo dedico a explorar el Parque Nacional por fuera de las pasarelas, comenzando por el sendero –guiado– Macuco de 3 km, casi la única posibilidad de andar por esta selva sin nadie a la vista, en silencio y pisando tierra roja: vemos un tucán cruzando a vuelo rasante el sendero. Por la tarde contrato una excursión pa ra roda r el luga r en bicicleta con el guía Alejandro Cárdenas. Nos internamos en un camuflado sendero de tierra del Parque Nacional, allí donde solo andan guardapaques y científicos. Pasa corriendo un agutí, roedor más grande que un gato. El guía se detiene al ver huellas de puma en el barro: “Pasó por acá anoche”. Y cuenta que en los siete años que l leva g uia ndo, ha v isto quince veces al yaguareté, el rey de esta selva. Pero hoy no es el día. El sendero se acerca al río Iguazú y lo bordeamos en estado de gracia: sobre una roca, un negro biguá se asolea con las alas extendidas al sol. Y más adelante, la figurita difícil: un tucán de pico verde. Nos detenemos a hacer un picnic y al final del río se eleva una densa una humareda de rocío: es otra vez el rugido del dragón de la Garganta del Diablo. Intuyo al monstruo de las profundidades con sus fauces abiertas, tragándose un río completo. Pero no llego a verlo: percibo ya el aliento a entrañas salvajes de un gran cuerpo viviente que respira.

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