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Weekend - 2021-09-30

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Perdidos en Roma

LA ULTIMA

Primer viaje a Europa, todo expectativa y ansiedad. Después de largos meses de planificación, amanecimos con mi esposa en Roma, la antigua capital del mundo. Nos alojamos por Plaza Navona para estar bien cerca de nuestros objetivos y evitar los traslados innecesarios. Con la intención de no perderme nada, busqué e imprimí los mapas de todas las ciudades a visitar, resaltando los puntos de interés y esbozando cada recorrido. Roma no era la excepción y había repasado en mi mente cada itinerario, al punto que, cuando salimos temprano esa mañana y olvidé mi mapa en la habitación del hotel, no consideré necesario volver a buscarlo. La idea era arranca r v isita ndo el Coliseo, por lo que nos dirigimos hasta una avenida cercana, donde – supuest amente – pasaba el colec t ivo que nos l leva r ía a destino. Paramos uno, después otro y otro más. Pese a mis básicos intentos por comunicarme, con pocas palabras y muchos gestos, nunca pude descifrar cuál era el transporte indicado. Resignado a gastarme algunos euros paré el primer taxi que pasó, que pese a circular libre no se detuvo, señalando que la parada se encontraba más adelante. Tras caminar un par de cuadras, nos esperaba ese mismo taxi, para poner rumbo hacia nuestro objetivo. Circulamos por avenidas y parques intentando acercarnos a nuestro destino, lo cual no pudimos lograr a causa de una multitudinaria maratón que obligó al cierre total del sector. Cansados de dar vueltas y vueltas, viendo como crecían los números del reloj, nos tiramos del taxi en cualquier parte para descubrir, al fin, que estábamos a la misma distancia inicial del Coliseo, salvo que del otro lado de la ciudad. Como no quedaba otra… a caminar ¡y preguntar! Rodeamos las Termas de Caracalla, balconeamos el Teatro Máximo de Roma y bordeamos el Palatino, todos monumentos espectaculares que nos invitaban a ingresar, los cuales fuimos ignorando en busca de nuestro preciado objetivo. Luego de una larga caminata, fue apareciendo al fin la imponente silueta del majestuoso Coliseo. Una interminable cola presagiaba nuestro próximo padecimiento. Con bastante resignación nos encolumnamos como hormigas alrededor del monumental edificio y comenzamos a avanzar. Primero lentamente y cada vez más lento, hasta que transcurridas un par de horas… ¡la fila se detuvo por completo! Mientras mi esposa cuidaba el lugar, avancé hasta la entrada, todavía lejana, para averiguar qué sucedía. En mi precaria condición lingüística, alcancé a comprender que se había completado el cupo de gente dentro del edificio, por lo que no entraría nadie más. Resignados a no poder ingresar, con los pies destruidos, el mal humor en peligroso aumento y un apetito propio de lo avanzado del mediodía, decidimos regresar al hotel y hacer un corte para picar algo. Buscando un medio que nos acerque, nos zambullimos en la primera entrada del subte, donde en un mapa de la exigua red romana se mostraba la estación “Spagna”. No puedo explicar por qué, me pareció familiar ese lugar y hacia allí nos dirigimos. ¡Gravísimo error! A rribados a dicha estación, comenzamos a recorrer muy largos túneles que nos condujeron a interminables escaleras mecánicas. Como en la peor pesadilla, estábamos surgiendo del centro de la tierra o íbamos camino directo al cielo. Por fin se hizo la luz y salimos al aire libre. Aparecimos rodeados por un gran parque, sin edificios a la vista y con las ruinas de una muralla a nuestras espaldas. Sin entender cómo, nos habíamos caído del mapa y estábamos fuera de la ciudad. Lo siguiente fue caminar en busca de una entrada, que resultó ser la Puerta Pinciana, la cual cruzamos desconcertados, para pasar a contemplar la lujosa Vía Veneto. A esa altura ya nos arrast rába mos de l cansancio, mientras que nuestro apetito voraz parecía ser advertido por elegantes mozos de smoking, quienes nos invitaban a ingresar a los costosos restaurantes. Qué felicidad ver un taxi! “Plaza Navona, por favor” Frustración total para nuestro debut romano, fuimos a todas partes y no estuvimos en ningún lugar. Lo que siguió fueron un par de deliciosas hamburguesas, regreso al hotel y, mapa en mano, volver a arrancar de cero esa tarde, que ya era tarde para recuperar el tiempo perdido a la mañana.

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