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Weekend - 2021-10-29

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Selva oculta del Moconá.

TRAVESIAS

Por Marcelo Ferro.

Tres días en 4x4 a través de las sendas más profundas de la Reserva de la Biosfera Yabotí, para llegar a un salto único en el mundo. En el camino, cascadas, vegetación cerrada, aventura y mucho barro colorado. Está a punto de oscurecer en la selva. Hace varias horas que venimos peleando contra el pegajoso barro misionero. Temprano, 14 camionetas 4x4 partimos desde San Vicente, una hermosa localidad con 65.000 habitantes, y nos internamos por caminos de tierra colorada muy poco transitados. A los costados observamos plantaciones de yerba mate y por radio VHF nos explican cómo es su proceso: “A los cuatro años la planta alcanza un desarrollo apto para la poda o cosecha, actividad que se realiza en abril y septiembre, cuando las hojas están maduras y la planta se encuentra en un receso vegetativo (sin brotes). Sigue el sapecado y secado, en el que la hoja verde se somete a fuego directo y al calor ,para reducir al mínimo el porcentaje de humedad. Paso siguiente: canchado (primera molienda gruesa de la hoja ya seca) y estacionado durante nueve meses o más en depósitos donde se controla la temperatura y humedad. Finalmente se hace la molienda, en la que cada marca determina su blend: proporción de palo, polvo y hojas que van a definir el sabor, aroma y color de yerba mate”. Mientras escuchamos la explicación nos desviamos hacia Caraguatay: “No sabía que el Che Guevara había vivido en Misiones y, mucho menos, que un parque provincial llevaba su nombre”, comento al bajar de la camioneta frente al cartel: “Solar del Che”. El predio tiene 22 hectáreas, una casona con fotos y documentos que destacan la forma de vida de la familia Guevara por 1928, espacio para acampar y senderos de trekking de baja dificultad que conducen a distintos puntos, como La Casa del Che, Arroyo Salamanca, La Pileta y Los Gigantes, entre otros próximos al río Paraná. Dicen que aquí el Che comenzó a despertar sus sentidos y a forjar rasgos importantes de su personalidad. Primeras dificultades El cruce de un badén húmedo y resbaladizo complica el paso de una de las camionetas. La caravana se detiene bajo el espeso follaje selvático y empiezan las maniobras de rescate. En adelante, todo será trabajo en equipo: hacer de spottering (guía), conectar el malacate, los grilletes, eslingar a fuerza de brazos, mejorar el suelo con palas manuales de tracción a músculo… Manejar en el barro exige de una técnica que el guía le explica a todos los conductores ante cada situación, porque cada dificultad es diferente (para inscribirse en la travesía no es necesario saber maniobras de conducción off road; se enseñan en el terreno). El suelo misionero no se parece en nada al de otras regiones: abduce los vehí culos hasta el límite del efecto ventosa, y despegarlos solo es posible con paciencia, compañerismo y la ayuda de un molinete (así llaman los misioneros al malacate). Según la dificultad, la maniobra es “dale todo, todo, todo...”, es decir, acelerador a fondo manteniendo el volante derecho. En otras ocasiones resulta pasar despacio en segunda de baja con el bloqueo del diferencial activado. Cada uno mira cómo hace el de adelante para sortear el obstáculo, escucha atento las instrucciones, intenta mejorar la técnica y se aventura por huellas que desde lo racional resultan imposibles de atravesar, presagio que muchas veces se cumple, aunque en otros casos vence la pasión, como ocurrió en una dupla padre-hijo: “Si pasás por ahí te regalo la camioneta”, soltó el mayor sin tener demasiada confianza de las dotes de su sucesor. Segundos después, la pick up tenía nuevo dueño, solo restaba firmar los papeles. El flyer de @Mainumby4x4 (empresa organizadora de la travesía) en su posteo de Instagram invitaba a descubrir la selva oculta del Moconá, lo que no especificaba es qué atractivos escondía esa jungla misteriosa. En el transcurso de tres jornadas descubrimos lugares casi imposibles de hallar si no fueran a bordo de una 4x4 con guías muy experimentados. El primero fue el salto Rosa Mística (S27°3’36” W54º22’30”), al que llegamos por caminos de tierra roja, con subidas y bajadas a través de cerros, chacras y hermosos paisajes en diferentes tonos de verde. La caída de agua está formada por dos cascadas de gran altura que las camionetas bordean sobre el filo de un precipicio próximo a los 75 m, al tiempo que atraviesan el arroyo que las origina. Otro de los hallazgos fue el salto Tarumá (S27°00’58” W54°24’50”), un lugar agreste con pasado tecnológico. En un momento la provincia intentó aprovechar el gran caudal de este arroyo para generar energía, proyecto que quedó abandonado, pero que permite observar en los alrededores las ruinas de lo que fue una planta hidráulica. Llegar al pie de la cascada requiere bajarse de las camionetas y caminar unos 250 m entre árboles y piedras resbaladizas, pero el esfuerzo bien lo vale. Si hace calor es posible darse un chapuzón. Y en cualquier caso es imperdible disfrutar de unos mates frente al salto mientras se escucha el silencio solo interrumpido por el ruido del agua y el trinar de las aves, sonidos que la naturaleza nos obsequia en estos lugares increíbles. Unicos en el mundo Los Saltos del Moconá llegaron en la segunda jornada de travesía, tras un tramo de conexión a través de caminos vecinales de tierra. Es cierto que el primero de los destinos más buscados en Misiones es Cataratas del Iguazú, pero basta descubrir Moconá para reacomodar la lista de imperdibles de una provincia con gran cantidad de atractivos (Salto Encantado, Ruinas de San Ignacio Miní, La Aripuca, las Minas de Wanda, la Ruta del Té, la de la Yerba Mate…). El Parque Provincial Moconá (creado el 4 de junio de 1988) posee una superficie próxima a las 1.000 hectáreas (que fueron donadas en 1967 por Juan Alberto Harriet, propietario del terreno) y se encuentra dentro de la Reserva de la Biosfera Yabotí (“tortuga” en guaraní), de 253.773 hectáreas. Su particularidad es que conforma un espectáculo único en el mundo, producto de una falla geológica longitudinal sobre el río Uruguay, entre las desembocaduras de los arroyos Pepirí Guazú y Yabotí. Técnicamente, el Gran Salto del Moconá (“el que todo lo traga” en guaraní) es un cañón de 1.900 m de largo con caídas paralelas a su cauce, es decir, el agua cae de costado, no de frente como ocurre en todas partes del planeta. Y eso lo hace tan singular que en 1993 se promulgó una ley que declaró Monumento Natural Nacional a este tramo del río Uruguay. Para disfrutarlos en toda su dimensión hay que ingresar en el parque (entrada $ 200) y contratar la excursión náutica ($ 1.350). Tras avanzar unos 1.200 m hasta el embarcadero Piedra de Bugre se accede a los gomones que se ponen en marcha a alta velocidad para cabalgar sobre el río Uruguay por unos cinco kilómetros, hasta el nacimiento de la falla. En ese punto es donde comprenderemos el fenómeno en toda su dimensión, porque observaremos cómo el ca uce del río comienza a quebrar se en sentido paralelo a la navegación, mientras diversos arcoíris formados por la bruma enmarcan la selva de fondo. Antes de viajar hay que saber que el acceso al parque está condicionado por la altura del arroyo Yabotí: si es bajo, se permite el ingreso para poder apreciar el salto, de lo contrario el parque se encuentra inhabilitado (info de horarios, tarifas y accesos en: https://mocona.misiones.tur.ar/informacion/). En general, la altura de los saltos tiene un promedio de entre 3 y 4 m en años de crecidas (como en esta oportunidad), y de 6 a 8 m en años de bajantes. Ya de regreso de la excursión y tras el almuerzo programado en el Yabotí Restó, dentro del parque, emprendimos la marcha sin saber lasorp resaquen os depararía el camino: travesía por selva cerrada en galería y vadeo nocturno de arroyos. Una experiencia controlada que llenó de dudas e inquietudes a varios pilotos pero que, una vez finalizada, todos festejaron por su espectacularidad: cruzar un arroyo en plena oscuridad, con el agua a mitad de la trompa e iluminado solo por las luces del vehículo es sinónimo de adrenalina pura y de una organización que está muy segura de lo que hace. En ese momento certifiqué dos cuestiones: la validez del eslogan que Verónica Romaña eligió para su empresa Mainumby4x4: “Una experiencia diferente a través de nuevos paisajes”, y el título seleccionado para la convocatoria a esta travesía: “La selva oculta del Moconá”. Ambos estaban plenamente justificados.

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