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Weekend - 2021-10-29

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Unimos la localidades de la Puna salteña a puro pedal y corazón. Inolvidable.

BIKE

Textos: MARISOL LOPEZ. Fotos: JAVIER RASETTI

Era enero del 2003 y estábamos enamorados, en esa etapa en la que si te preguntan cómo te llamás tenés que pensarlo un rato para lograr responder. Nos habíamos conocido hacía tan solo tres meses y aquella sensación que nos recorría cada partícula del cuerpo era lo único que podía importar, pero entonces llegó el primer viaje, él se iba por primera vez con un amigo de mochilero al norte argentino y, aunque los cuerpos eran un éxtasis de primavera, galaxias y planetas chocando, con nuestros escasos 19 años supimos que para que todo eso realmente perdurara teníamos que hacer las cosas bien. Por eso Javi me dijo: “Me voy”, y yo sonriéndole grandote y conteniendo el vértigo le contesté: “Claro que sí”. Cuando después de varias semanas volvió despeinado, contento y lleno de experiencias nuevas, me dio un carta que había escrito durante un viaje en tren, un viaje de cinco días en el tren de carga del ramal C14 con destino a Socompa, y ahora es el momento donde la garganta se me hace nudo y la vista se empaña, porque fue la carta más linda que alguna vez me hicieron. Empezaba con un princesa dulce y tierna, y seguía con una descripción de los lugares increíbles que estaba descubriendo, de los pequeños pueblos perdidos en la Puna y de la gente hermosa que conocía a lo largo del recorrido; me hablaba de atardeceres en el desierto, de noches infinitamente estrelladas en los techos de un vagón, de las sensaciones nuevas e inexplicables que ese viaje le estaba dado; me decía que todo a su alrededor hacía que me recuerde continuamente porque era tan mágico y hermoso como yo y, por último, casi como escribiendo el futuro ponía: “Ahora mientras escri bo con agua en los ojos en medio de algún lugar perdido en la montaña, solo sé que la próxima vez que vuelva tiene que ser con vos”. Historia y aventura Se lo conoce como el Tren a las Nubes porque nació así como su nombre, imposible como historia de cuento. En el año 1921, la realización de unas vías a lo largo de 570 km de cordillera que subían hasta los 4.475 metros de altura, donde la única tecnología disponible era pico, pala, carretilla, barreta y dinamita, no era algo lógico, pero el Ingeniero Maury junto a cientos de obreros y trabajadores viales lo creyó real, por eso Socompa nunca va a poder ser un simple paso fronterizo, una estación de tren abandonada o un nombre al pasar, ya que así como los salares, desiertos rojos y montañas milenarias que lo rodean, siempre va a tener la fuerza de lo inconquistable. El primer objetivo era Tolar Grande, un lugar con mucha carga emotiva para los dos. Conocíamos esa parte del camino porque no era la primera vez que andábamos por esa zona y la sensación de estar haciéndolo en bici era maravillosa. Teníamos que cruzar el desierto del d iablo, donde una l la nura rojo Marte se mezclaba con formaciones excepcionales y hasta ahí decidimos llegar ese día. Acampamos en medio de aquel lugar sacado de una película de ficción para poder disfrutarlo como lo habíamos imaginado. Pero entonces algo pasó: primero fue un dolor fuerte en el estómago, después vómitos y diarrea. Estábamos totalmente aclimatados y una vez más el exceso de confianza nos había jugado en contra. La noche anterior habíamos comido frituras y todo tipo de alimentos pesados en San A ntonio de los Cobres. Me sentía muy mal. Javi me miraba asustado, me daba agua, me preguntaba cómo estaba y yo no podía más de vómitos y bronca. Durante toda esa tarde y esa noche no paré de entrar y salir de la carpa, tomé Reliveran y litros de agua para mantenerte hidratada pero la vomitaba una y otra vez. Tenacidad ante la adversidad A la mañana siguiente estaba mejor, los vómitos habían parado, pero el cuerpo no me respondía. Las alternativas no eran muchas, podía volver para atrás, pedalear,caminar o arrastrarme hasta Pocitos, donde el camino no tenía mucho desnivel; convencer difícilmente al cabe za dura de mi coequiper para que continuara y abandonar def initivamente, o podía intentar llegar hasta Tolar Grande como sea, con las subidas, la altura y todo lo que eso significaba, ver cómo me sentía, descansar y entonces sí tranquilizar a Javi para que, si if fuera necesario, pueda seguir él solo. No lo pensé mucho más, Javi me preguntó cómo me sentía y le dije que mucho mejor, agarré la bici, repetí para mis adentros firme y decidida” Tolar Grande” y empecé a pedalear. La actuación de mujer indestructible me duró solo hasta la primera subida, él inmediatamente se dio cuenta de que estaba débil y me dió un largo discurso, hasta que entendió mis razones y la marcha se volvió lenta pero hacia adelante. Dejé de exigirme, caminé cuando fue necesario, disfruté del paisaje, me guardé cada rincón de aquella inmensidad y, para cuando nos dimos cuenta, ya estábamos entrando a Tolar. Charlamos mucho y discutimos posibilidades, hasta que Javi habló claro y sin lugar a cuestionamientos. “Esto lo empezamos juntos y lo terminamos juntos. Sin vos no voy a ningún lado”. La decisión final fue un día de descanso en el queridísimo refugio de montaña que durante varios años nos había dado hermosos amigos y recuerdos, para reponerme y ver qué pasaba. Y lo que pasó fue lo que tenía que pasar, a la mañana ñ siguiente i hablamos por última vez con nuestras familias, les avisamos que íbamos a estar varios días sin dar señales y salimos con las narices rojas de frío, por fin, rumbo a Socompa. Habían pasado 13 años desde esa carta. Cruzábamos el desierto de Arizaro pedaleando despacio, envueltos por el silencio más lindo e intenso que pueda recordar. Las vías del tren nos acompañaban a un costado del camino y yo tragaba saliva, imaginaba a ese chico de 19 años despeinado, con los pies colgando del vagón del tren y la mirada perdida en ese horizonte infinito, y me imaginaba también a mí, con 19 años a kilómetros de distancia insens sensatamente enamorada, extr extrañándolo, preguntándom dome dónde y cómo estaría. “La próxima vez que vuelva t tiene que ser con vos…” Llor Lloraba suave, disfrutando las lágrimas. La vida me par parecía tremendamente perfecta. tA Aquel l momento duró un rato largo, cuando Javi se acercó a hablarme no fue necesario decirnos nada, él también tenía la mirada brillosa y profunda, de esas que solo se logran cuando lo que te atraviesa es mucho más que tus propios pensamientos. Caipe, Chuculaqui y un nuevo mundo El camino era una recta larguísima rodeada de 1.600 km2 de salar y, más adelante, al final de aquella huella, un gran paredón de montañas que se levantaba imponente como señalando la puerta de entrada a un nuevo mundo. Cada kilómetro que avanzábamos sin viento en contra era un enorme “¡gracias!”, seguido inmediatamente de un nervioso pedido: “¡Por favor que dure!”. Cruzar aquel enorme desierto de sal sin una de sus principales dificultades era extrañamente tranquilizador. El camino recto giró y dejó de ser tan recto, el salar fue quedando atrás y las piernas tuvieron que tomar protagonismo. Una subida larga y difícil nos llevaría hasta la estación Caipe. La podíamos distinguir a lo lejos, muy muy arriba entre las montañas, como pequeños puntos que significaban llegada, descanso y hogar. Un viejo cartel señalaba la dirección a tomar para llegar a la estación; abandonamos el camino de ripio suelto y nos desviamos por una entrada de asfa lto que insistió con seguir subiendo. Cuando terminamos de subir un poco más y otro poco, aparecieron nuevamente las vías del tren y también Caipe. Las construcciones estaban completamente arrasadas por el tiempo, había varias casas, una iglesia y –finalmente– la estación. La recorrimos entre pisos que crujían y objetos oxidados. Era un lugar triste y maravilloso. Tenía el romanticismo y la lucha del hombre por conquistar imposibles, pero también la fuerza inabarcable de todo aquello que lo rodeaba. Abajo, el Salar de Arizaro se apoderaba del horizonte entero, las luces se volvían rosas y celestes, las construcciones dejaban de ser ruinas para camuf larse en el paisaje y nosotros mientras tanto armábamos la car pa, tomábamos mate y preparábamos la cena, con movimientos mecánicos e irracionales. Porque también esa ta rde quisimos abandonar el cuerpo para volvernos nubes, atardecer y montaña. En Tolar Grande, L orenzo, uno de los baqueanos de la zona, nos había recomendado d salir de la ruta y agarrar directamente por las vías del tren porque, según contaba, el camino era todo arena y subida, pero en cambio las vías estaban más firmes y sin tanto desnivel. Por eso al día siguiente, en vez de bajar nuevamente a la ruta, nos subimos a las bicis y abandonamos Caipe hacia Chuculaqui, la próxima estación que nos esperaba, por las antiguas y legendarias vías del ramal C14. Estábamos felices, si había algo que faltaba para completar ese viaje era poder llegar pedaleando por las vías del tren. Pero la ilusión duró apenas unos 200 metros, porque el camino firme quedó sepultado bajo piedras de todo tipo y tamaño. A partir de ese mom momento nos bajamos de las bicis bicis, empezamos a empujar y no d dejamos de hacerlo durante la largas y agotadoras horas. Las ruedas se trababan una y otra ot vez entre las piedras. Las bicis cargadas parecían aumentar t su peso y tamaño con cada nuevo paso. La ruta de arena por la que tendríamos que haber agarrado se alejaba cada vez más, dejándonos como única opción aquel suelo de rocas imposibles y el avance era tan desquiciadamente lento que la cabeza empezaba a fallar. Protestábamos con la vista clavada en el suelo porque, apenas levantar la mirada, el camino se volvía una enorme e insoportable inquietud. Entonces la mejor opción era continuar arrastrando los pies, empujar un poco más y repetir para adentro “Chuculaqui, Chuculaqui, Chuculaqui...” como si por cada vez que la nombráramos la tuviéramos más cerca. Apenas pudimos, dejamos las vías y tomamos la ruta, pero Lorenzo no se había equivocado, ahora las ruedas de las bicis se enterraban en la arena y la lucha era exactamente la misma, solo que con un elemento natural distinto. Cuando doblamos una cur va y apareció, la calma de la montaña se vio completamente interrumpida por dos ciclistas exhaustos que gritaban y sa ltaban sin reparos: Chu-culaqui, Chu- cu-laqui, Chu-cu-laqui!!!” Esta vez era cantado y a lo barra brava. Chuculaqui para la ya desaparecida lengua kunza o diaguita atacameña significa: muy luchador. Y recién ahora podemos entender por qué nombrarla una y otra vez como si fuera un hechizo nos ayudaba a seguir. Chuculaqui, con su nombre milenario y su camino inalcanzable, nos mostró límites y fuerzas que aún desconocíamos. Las ilimitadas fuerzas de la voluntad. Donde vive lo absoluto Hay un lugar donde el silencio es tan extraordinario que podés escucharlo, donde se levantan montañas tan fascinantes y majestuosas que la vista no logra apartarse de ellas y uno olvida hacia dónde va y de dónde viene. Hay un lugar que existe por sí mismo, independientemente de cualquier comparación o relación con cosas concretas, donde vive lo absoluto. Salimos de Chuculaqui con los cuerpos cansados pero sin que eso importe demasiado. La mañana estaba hermosa, no había viento y eso ya estaba dejando de ser un golpe de suerte para convertirse en un premio merecido: al chico de 19 años y su carta de amor, al tiempo esperado y compartido, a los obstáculos y distracciones superadas, al creer ilógico y desgastante de utopías inalcanzables, a no haber olvidado el camino. No había viento porque Javi con los ojos aguados y el corazón entero puesto en un trazo 13 años atrás lo había pedido. El recorrido que ese día nos llevó hasta Socompa lamentablemente deja de ser un relato posible. Podría contarles de caminos serpenteantes que subían y bajaban, montañas eternas en medio de uno de los paisajes más colosales y asombrosos que se pueden llegar a imaginar. Intentar describir el sonido del silencio, el aire espeso entrando a los pulmones, la aridez de la piel curtida por el sol y el frío. Mostrarles la imagen de lo que éramos, de lo que sentíamos: solo un pequeño y diminuto punto en lo absoluto. Pero aún así nada de lo que escriba o muestre podría lograr la descripción exacta, cuando lo que se vive es tan profundo e intransferible. Llegamos a Socompa y nos esperaban Gendarmería y Carabineros, con la humildad y la generosidad a la que nos tienen acostumbrados. Eramos las primeras personas que los visitaban ese año, así que nos obligaron a quedarnos un día más para poder comer pan casero y compartir historias. La mañana que nos fuimos y cruzamos a Chile nos entregaron un papel escrito a mano con nuestros nombres y tres palabras que nunca más nos iban a sonar de la misma forma: “Paso Portezuelo Socompa”. Uniendo el principio con el fin Dos días más tarde, después de bajadas que nunca bajaron, de volver nuevamente a las vías del tren y a los empujones pero del otro lado de la cordillera, nos encontramos con un valle de formaciones volcánicas maravilloso que nunca hubiéramos descubierto por la ruta normal. Después de arrastrar los pies por más y más arena, ya abandonados de toda paciencia y entre insultos irreproducibles, llegamos. En enero, San Pedro de Atacama había sido el objetivo inicial, el primer lugar al que llegar, el principio de la temporada de los 43 cruces de cordillera. Ya estábamos a finales de marzo y el círculo cerraba sin que lo hubiéramos planeado. Nuevamente llegábamos a San Pedro de Atacama, pero esta vez para ponerle un fin. Era un fin momentáneo y necesario. La satisfacción de lograr los primeros siete cruces del norte. La alegría incomparable de tener Socompa. Los 11 kilos menos de Javi y los 5 míos. El desgaste de dos cuerpos que querían estar justo así: cansados, usados, agotados de sentirse vivos.

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