FRUTOS DORADOS

En el tiempo en que abudan las moras, logramos dorados veggies en fly cast, con engaños blandos que las imitan.

Textos: WILMAR MERINO. Fotos: LEONARDO NALDA y W.M.

2021-12-07T08:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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PESCA

En el tiempo en que abundan las moras, logramos dorados veggies en fly cast, con engaños blandos que las imitan. La pesca con frutos blandos es un verdadero quiebra cabezas que nos obliga a repensar muchas de las cosas que creíamos sabidas. Con escenarios que normalmente ubicamos en el Alto Paraná y especies de omnívoros de alto valor deportivo como el pacú y el pira pitá, la podemos practicar, sin embargo, mucho más cerca, en Concepción del Uruguay, a tres horas y media de auto de Buenos Aires, en esta bella localidad ribereña situada entre Gualeguaychú y Colón, a solo 295 km por RN12 y RN14. En este tramo del río Uruguay medio no habrá pacúes, pero sí salmones de río, bogas y doradillos dispuestos a entretenernos en grande con una pesca que –insisto– “nos quema todos los papeles” con respecto a lo que creíamos sabido. Veamos... > Punto uno: vamos a pescar un carnicero clásico con una fruta. Normalmente destinada a omnívoros, la pesca con frutitos artificiales esta vez nos dio resultados con un carnicero clásico de las aguas de la cuenca del Plata: el dorado. Y es que, como quedó demostrado, en sus estadíos juveniles, digamos hasta los 3 años o hasta un peso de unos 3 kilos, el tigre de los ríos no desdeña incluir en su alimentación frutos que los árboles ribereños vuelcan a las aguas. Así las cosas, frutos de laureles, ingás o moras –la de estación en esta primavera– forman parte de la dieta de estos peces que muchas veces, al ser capturados, sueltan por su cavidad anal restos de su dieta omnívora. > Segundo punto: es necesario un acercamiento sigiloso. Normalmente identificamos al dorado como un predador voraz y lo vemos arremeter sábalos y mojarras contra las barrancas, en un frenesí donde suponemos que cualquier cosa que caiga al agua cerca será pasible de recibir dentelladas. En bait o spinning, muchas veces nos aproximamos a estas escenas a motor encendido y podemos pescar a pocos metros de la cacería sin perturbar en absoluto a los dorados. Nada más lejos de la realidad cuando pescamos con frutos blandos. El acercamiento ante unas moras prometedoras deberá hacerse a motor eléctrico, casteando con presentaciones suaves, que en muchos casos se harán pura y exclusivamente en roll cast, dado que las copas caídas sobre las barrancas impedirán un ingreso del artificial desde arriba hacia abajo y solo podremos volcar el fruto desde la propia superficie con esta técnica. Ruidos a bordo deben evitarse y –en lo posible– no enganchar la mosca (en rigor el frutito blando) en los momentos clave, pues ir a buscarla a ramas o palos sumergidos alterará definitivamente la zona de pesca. > Tercer punto: coexistencia de presas y predadores en un mismo ámbito. Cuando uno pesca con frutos blandos puede aspirar en esta zona a varias especies que presenta rían una aparente contradicción en cuanto a su coexistencia en el mismo nicho ecológico. Es decir, podemos pescar dorados, bogas, pirá pitás y pacucitos reloj debajo de una misma arboleda. Aparentemente, el banquete de frutas que ofrecen los árboles hace olvidar el temor de las presas ante sus naturales predadores y todos disfrutan de aquello que se les regala en abundancia. Pero como dijimos, cabe consignar que el dorado omnívoro es aquel juvenil que rara vez pasa los 2,5 kilos. > Cuarto punto: nada de strippeos. A diferencia de otras pescas de dorados donde ni bien toca el agua la mosca, le damos vida con los clásicos strippeos que la hacen nadar, aquí la cosa pasa por la paciencia Zen. Cae el fruto y esperamos sin mover la línea. El dorado o el pirá pitá suelen arrebatar a los pocos segundos, mientras que la boga tomará más abajo y sa ld rá ag uas a r r iba. En ningún caso levantar la caña para clavar, sino hacerlo de un tirón hacia atrás en la línea con la punta de la caña apuntando al pescado. Una vez concretado el pinchazo, sí usar la caña para sacarlo de la zona de palos y pelear alejado de la barranca. > Quinto punto: toco y me voy. Si con las tarariras hacemos búsquedas hasta dar con alguna y probablemente hagamos el resto de la pesca en el mismo lugar, logrando una tras otra en un ámbito reducido dado su comportamiento gregario, en la pesca de omnívoros sacar un pez implica dejar la zona en reposo y buscar un nuevo destino. Incluso muchas veces al intentar en un lugar donde tuvimos varios piques, basta con pinchar uno aunque no lo saquemos, para que luego se corte por completo. A moverse. Como vemos, la pesca de omnívoros exige mucho del aficionado más allá de contar con los equipos adecuados y que el guía nos posicione en zona de fuego. ¿Era o no un quiebra cabeza? La pesca Hechas las consideraciones previas pasamos a contar lo vivido en la jornada de nuestro relevamiento, en la cual nuevamente fuimos guiados por Julián Marchessi, cuya lancha con plataformas de casteo adelante y atrás permite que dos pescadores operen cómodos haciendo flycast en proa y popa. Con la compañía de Leonardo Nalda, experimentado mosquero que –sin embargo– no tenía esta técnica en su repertorio, armamos equipos número 6 al compás del ronroneo lento del motor saliendo del club, apurando las manos porque los primeros tiros se harían a pocos minutos de la guardería. De hecho, fue el propio Leo quien debutó a solo 10 minutos de haber empezado a navegar, cobrando un dorado de unos 2 kilos en los primeros lances. “Esto es totalmente distinto a todo”, manifestó el afortunado ,recordándome a mí mismo y con el mismo asombro ante mi primera captura con frutos blandos, un par de años atrás. Pero no es soplar y hacer botellas. Los ecosistemas son muy sensibles y el nivel del río marca el pulso de cada pesca. Así, a una jornada de 70 dorados a bordo puede sucederse otra jornada con 4 o 5 capturas a lo largo de una jornada. Es que si el río baja retirándose al veril, la caída de frutos no se produce en zona de acecho y entonces la presa se refugia aguas adentro, malogrando muchas canchas de pesca y limitando los intentos a unas pocas zonas donde las moras y otros árboles dejen caer sus frutos exactamente donde el pescado espera. A diferencia del Norte, donde los monos mueven las ramas y hacen caer la fruta, aquí muchas veces debemos mirar los pájaros de los árboles, que en sus saltos de rama en rama y sus alborotos al comer, producen el mismo efecto de rama sacudida que ceba el agua, dejando caer fruta madura. Y he aquí otro punto para destacar: el dorado y el resto de los omnívoros no atacan la fruta verde, sino la madura, algo comprobado por el guía en videos donde arrojó moras en tres estados madurativos, siendo la bien retinta la única que despertó interés en los peces. Nalda logró a lo largo de la jornada otros cuatro dorados, mientras que mi performance seguía en cero, pues no concretaba los pocos piques que tenía. El viento jugó su partido soplando tan fuerte que a veces sobrepasaba la energía del motor eléctrico, lo que nos impidió trabajar adecuadamente la embarcación y hacer casteos correctos. Por eso buscamos en aguas más reparadas, arroyos calmos, donde veíamos actividad aguas abajo pero, al acercarnos, el movimiento se cortaba. Finalmente, al caer la tarde pude cobrar tres dorados, en las condiciones más adversas, cuando el viento se había hecho más intenso. Esta vez no fueron de la partida ni las bogas ni los pira pitás. Lo cierto es que cada pesca de omnívoros con frutos blandos es una verdadera lección de pesca en la que uno aprende con aciertos pero más con los errores. Y eso es lo que nos invita a volver por la revancha. Aunque más no sea para quebrarnos la cabeza una vez más.

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