Volver en dos ruedas

Por JORGE LOPEZ

2021-12-07T08:00:00.0000000Z

2021-12-07T08:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

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LA ULTIMA

Usted pensará dónde está la gracia, volver en dos ruedas. Pero es que mi vehículo tiene tres y siempre tenía esa duda: cómo volver con una cubierta pinchada. Les cuento que hace más de 20 años que practico carrovelismo (vehículo tipo triciclo con propulsión a viento a través de una vela). Llegué a fabricar más de siete carros que, con el paso del tiempo y, principalmente, del salitre (y eso que los guardaba dentro del departamento), muchos quedaron en el camino. Actualmente me quede con dos made in Soldati, y con dos de competencia comprados en Bell Ville, Córdoba. Por experiencia, veo que muchos veraneantes quedan sorprendidos cuando me ven llegar a la playa con mi carro. No entienden de qué se trata hasta que le coloco la vela y ahí dan el ok y aplauden. Es que desde ese momento empieza mi viaje hasta Punta Rasa, distante unos 9 km aproximadamente de San Clemente, todo por el borde de la playa. En algunos lugares me tengo que desplazar hasta cerca de los médanos y, a veces, vadear algunos cursos de agua que el mar va dejando en su bajante. ¡Una verdadera travesía! Me pega tan fuerte salir a navegar que he ido de madrugada a la playa, de antemano, sabiendo que tendré marea baja y viento del sector Noreste. Si hasta puse una veleta en la terraza del edificio para conocer con precisión el sentido del flujo de aire, desplazarme los 9 km y regresar sin dificultad. También le he prestado el carro a vecinos que –con un doble comando– han salido a andar; el problema era que no se querían bajar. Es que uno cuando se desplaza en un carro a vela y va por el borde de la playa contemplando el mar y acompañado de alguna que otra gaviota, pegándole el viento en la cara, siente estar volando... No tiene precio. Un día nos ocurrió lo inesperado y siempre pensado. Me acuerdo como si fuera hoy: era un febrero, domingo de carnaval, estaba con mi hijo y mi yerno. Siempre con mis deseos de hacer travesías opté por invitarlos a hacer una hasta Punta Rasa. Manos a la obra. En esa oportunidad tenía tres carros que había fabricado con ruedas de carretilla y vela de windsurf. Uno lo tenía guardado en el fondo de un colegio que se ubica frente a mi departamento y los otros los tenía adentro, en el patio. Cuando empezamos a inflar las cubiertas del que iba usar mi yerno, una rueda quedó medio deformada y en ese momento pensé que íbamos a tener problemas para la vuelta, porque no tenía auxilio para llevar. La solución fue llevar una pinza tipo pico de loro y apostar a que no rotara el viento que soplaba del sector Noreste. Caminamos unos 500 metros para alejarnos de los turistas, había mucha gente, levantamos las velas y nos fuimos en una especie de competencia hasta Punta Rasa. Justo cuando llegamos se cumplió una de las leyes de Murphy: reventó la cubierta del carro de mi yerno. Lo recuerdo diciéndome: “Don Jorge, ¿ahora qué hacemos?”. Estaba anocheciendo, así que sin perder tiempo le di mi carro y al carro de él le cambié la posición de la cubierta: dejé la rota del lado donde soplaba el viento. La vuelta fue un poco arriesgada ya que había mucho viento del Noreste, especial para regresar a mucha velocidad y mantenerlo haciendo equilibrio en dos ruedas esos 9 km hasta San Clemente, donde llegamos casi de noche. Luego sobrevino el festejo de haberlo logrado. En otra oportunidad, pero dentro de la temática, estando solo y de madrugada llegué a Punta Rasa y, sin darme cuenta, pasé por arriba de unas maderas y pinché la goma delantera. Actué de la misma manera con el cambio de neumático y pude regresar, pero la verdad que no creo que lo vuelva a hacer. No es peligroso, pero sí estresante. ¡Bah! Es parte de la aventura. Sí, sí, volvería a hacerlo... Lo que falta como cierre de nota es la pregunta del millón: ¿por qué no llevamos una goma de auxilio cuando salimos en esas travesías? Respuesta: porque nadie se imagina que va a pinchar yendo sobre arena por el borde de la playa. Sin embargo, Murphy existe...

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