Camino al indomable turquesa.

Desde El Chaltén hasta el paso chileno Portezuelo de la Divisoria, más conocido como cruce O’Higgins. Bicicletas al hombro y una áspera travesía náutica como parte inolvidable de la aventura.

Por Marisol López.

2021-12-07T08:00:00.0000000Z

2021-12-07T08:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

https://kioscoperfil.pressreader.com/article/283339000544987

CONTENIDO

Desde El Chaltén hasta el paso chileno Portezuelo de la Divisoria, más conocido como cruce O’Higgins. Bicicletas al hombro y una áspera travesía náutica como parte inolvidable de la aventura. Una pequeña senda de barro y raíces sube en medio del bosque. Un mosquito se me posa en la frente pero las manos ahora están muy ocupadas empujando, intentando ayudar al resto del cuerpo que, aunque parezca algo chico y flacucho, siempre saca fuerzas de algún rincón terriblemente testarudo y empecinado que me permite dar otro paso más, y el mosquito que pique nomás ahora estoy ocupada. Arriba me espera Javi, saca fotos y se ríe, Me dice: “Vamos Sol, ¡dale!”, y yo sigo empujando concentrada y contenta, porque sé que mientras bajo la mirada, mientras los pies avanzan un poco más y la transpiración me cubre la cara, Javi me sigue mirando sonriente y seguro de que voy a llegar. █ Nombre desconocido Se llama paso Portezuelo de la Divisoria, pero pocos saben su nombre real porque se lo conoce como el cruce O’Higgins. Une el pueblo de El Chaltén, en la Argentina, con el de Villa O’Higgins, en Chile, y para poder realizarlo hay que cruzar dos lagos y hacer un trekking de 8 km por el bosque. Eran muy pasadas las 12 del mediodía cuando salimos de El Chaltén rumbo al lago del Desierto. El barco que nos cruzaba a la punta Norte salía a las 16:30. Teníamos 38 km de ripio por delante y cuatro horas para llegar: “Hay que pedalear. Si pedaleamos llegamos. Como vos quieras Sol”. Yo ya sabía perfectamente a qué se refería Javi cuando decía “hay que pedalear”, con los ojos que se le saltaban para afuera del entusiasmo. Definitivamente había que intentarlo. “Lleguemos al barco” fue la única respuesta que se me ocurrió que podía darle. A partir de ese momento nos subimos a las bicis y, como si con el simple hecho de decirlo se activaran todos juntos los mecanismos de nuestros motorcitos internos, nos fuimos alejando de El Chaltén mucho más rápido de lo que hubiéramos imaginado. █ Preparativos de bikepacking Eran las 16:15 cuando llegamos al lago del Desierto, muy sonrientes y cansados, justo a tiempo para tomar la balsa hasta la punta Norte del lago donde se encuentra el puesto de Gendarmería argentino y en donde podíamos acampar para pasar la noche. A la mañana siguiente hicimos los papeles de salida para comenzar el cruce hacia Candelario Mancilla. Improvisamos un bikepacking casero porque teníamos varias horas de trekking por el bosque, con subidas angostas y en las que suponíamos íbamos a tener que cargar la bici en más de una oportunidad. Vaciamos las alforjas traseras, las pusimos adentro del bolso estanco y nos cargamos las mochilas con el mayor peso posible, para que la bici quedara más liviana y maniobrable. El gendarme nos mostró la dirección que teníamos que tomar, y fue solo hacer algunos pasos para que el camino se volviera una pequeña senda de tierra y raíces. Alrededor nuestro, el bosque se cerró tapando todo el cielo, el mensaje parecía claro: entrábamos en su reino. Era un reino que nos cargaba de un sentimiento ambiguo e intenso, en aquel túnel de verdes y ramas nos sentíamos protegidos, como si todo ese frondoso y húmedo bosque estuviera ahí para abrigarnos, repararnos del viento y la lluvia, ofrecernos arroyos de agua, enamorarnos definitivamente. No importaba hacia dónde m i rá ramos, cada uno de los elementos que nos rodeaba era tan perfecto que la ubicación en tiempo y espacio podía desaparecer en el instante exacto en el que un rayo de sol iluminaba una telaraña, dejándonos hipnotizados y sonrientes. Pero si por alguna razón la senda llegaba a desaparecer o si tal vez el camino se dividía y no sabíamos por dónde continuar, entonces aquel mismo mundo que nos cobijaba entre árboles infinitos parecía atraparnos, convirtiéndose en un inquietante laberinto del que desconocíamos la salida. No era culpa del bosque, eso lo sabíamos muy bien, tan solo era el comienzo de una nueva adaptación, el inicio del aprendizaje. Tal vez por eso habíamos decidido tomarnos esos kilómetros con calma, no había por qué apurarnos. █ Raíces y más dificultades Subimos con la transpiración pegada al cuerpo, lento y entre risas. Porque alguno se quedaba trabado en las raíces y había que rescatarlo. Porque mi frente era una roncha deforme de picaduras. Porque los músculos cada tanto se cansaban de empujar, pero la risa siempre cura todo. Cruzamos un arroyo con sumo cuidado y paciencia, pero después cruzamos dos, tres, cuatro arroyos más, y lo que había empezado con una revisión minuciosa de cuál sería la mejor forma de vadearlo, se volvió un desparramo de saltos improvisados y agarrarnos por donde sea. Pasaron las horas, el hito no aparecía y el camino seguía jugando a los obstáculos. Por acá un árbol caído. Por ahí un mallín con mucho, mucho barro. Y el momento del: “Che, no llegamos más” de a poco empezó a tomar protagonismo, hasta que a lo lejos vimos que el bosque se abría y la luz del sol entraba con fuerza. Llegamos al límite aproximada mente a las cuatro de la tarde y, a partir de ese punto, nos habían dicho que empezaba la bajada y la posibilidad de subirnos a las bicis a pedalear. En el instante en que lo vimos, tuvimos que respirar profundo y contener el aire por unos segundos. Lo merecía. El lago O’Higgins era de uno de los turquesas más grandes e intensos que hubiéramos visto antes. Desde aquel momento, una bajada fuerte y larga nos llevó hasta Candelario Mancilla. José Candelario Mancilla Uribe fue el pionero que llegó a poblar la zona en 1927 y en su homenaje bautizaron el lugar con su nombre. “Era mi papá”, me dijo una anciana bajita y con cara de buena gente, mientras se acercaba a mi lado para ofrecerme un mate caliente y me señalaba una foto en blanco y negro que colgaba de la pared. █ Candelario Mancilla La casa en la que vivía junto a sus dos hijos, era de esas de madera típicas de la Patagonia chilena. Apenas entramos, el calor del hogar prendido, sumado a la mezcla de olores a madera, pescado y pan casero, nos provocaron un efecto de embrujo del que era difícil querer salir. La hija y los nietos de Candelario Mancilla son los únicos habitantes de esa zona, tienen un terreno muy lindo y grande en el que armaron un camping para recibir a todos los turistas que pasan y necesitan un lugar donde dormir. También ofrecen habitaciones para el que no cuente con carpa o quiera descansar mejor. Desde que el cruce comenzó a ser transitado, encontraron en el turismo una herramienta más de subsistencia. Aman el lugar donde viven, me lo dijeron con una sonrisa grandota, pero apenas se los pregunté, me di cuenta de que no necesitaba la respuesta, se la podía ver en sus ojos, en la paz que transmitían sin que hicieran falta las palabras. Porque si hay algo que aprendí y envidio de la gente que vive en medio de la montaña, es la capacidad extraordinaria que tiene de comunicarse con movimientos, gestos o un simple mate caliente convidado en el instante exacto, haciendo que el silencio deje de ser un momento incómodo para transformarse en el mejor de los lenguajes. Eran las 10 de la mañana y había dos opciones para llegar a Villa O’Higgins: cruzar el lago en una lancha pequeña y mucho más económica que salía a las 12 del mediodía o esperar hasta las 6 de la tarde a que la balsa grande volviera de hacer la visita que ofrecía al glaciar O’Higgins y pagar varios chilenos más. █ Sorpresa poco agradable Con Javi no teníamos mucho qué pensar, queríamos llegar lo antes posible al pueblo para poder salir a pedalear hacia Mayer, que era el próximo cruce que nos tocaba recorrer. Entramos a la lancha y el capitán gritó en voz alta a modo de advertencia “¿Alguien se portó mal?, porque el lago está enojado; va a ser un viaje movidito”, pero nadie le dio mucha importancia, al fin de cuentas era un lago. Ni el río, ni el océano, sino un simple lago de aguas hermosas y transparentes. ¿Qué podría salir mal? “Quiero llegar… Por favor, por favor, por favor… Lo único que quiero es pisar tierra firme”, pensaba. La lancha se levantaba en el aire y caía de punta, golpeando el agua con tanta intensidad que era imposible pensar que esas paredes de fibra que nos rodeaban pudieran soportarlo mucho más. Nos agarramos de donde podíamos, hacíamos chistes ridículos para intentar suavizar el momento. Pero la lancha se levantaba y caía una y otra vez, provocando un estruendo espantoso que me revolvía las tripas. “Ni loca voy a cruzar el Atlántico en velero”, le grité a Javi pensando para afuera. “¿Y cuándo ibas a cruzar el Atlántico en velero, Sol?”, me respondió él. “Yo que sé, pensé que alguna vez en la vida”. Paaaffff!!! La popa de la lancha volvía a golpear con fuerza. Los parlantes reproducían música con ritmos mexicanos a todo volumen, transformando la situación de trágica a totalmente bizarra y Javi seguía con la mirada preocupada, agarrándose con fuerza del asiento, pero sin poder evitar que una carcajada se adueñara de su rostro. Después de tres infinitas horas, la lancha se acercó al muelle y pudimos bajar. Me saqué el chaleco salvavidas, pisé el suelo con firmeza y miré el lago por última vez antes de salir a pedalear los últimos 8 km que nos separaban del pueblo. “Gracias”, le dije por lo bajo para que solo él pudiera escucharme. El hermoso O´Higgins de aguas turquesas e indomables me había dado una anécdota más que contar.

es-ar