En busca de las raíces patagónicas.

La visita al Museo Leleque, en Chubut, marcó una agenda cargada de historia a la que se sumaron los talleres de La Trochita y mucho disfrute.

Por Patricia Daniele.

2022-05-31T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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TURISMO

La visita al Museo Leleque, en Chubut, marcó una agenda cargada de historia a la que se sumaron los talleres de La Trochita y mucho disfrute. La Patagonia es un terreno inconmensurable. C ada partecita que la compone guarda sorpresas y secretos que el viajero curioso puede encontrar con un poco de info si está dispuesto a lanzarse a la aventura. Para hacerlo, trasladarse en auto es lo mejor, pues las distancias son largas hasta llegar a los puntos de mayor interés. Habiendo llegado a la provincia de Chubut por el aeropuerto de Esquel, elegimos alquilar un auto par recorrer la comarca andina. Ibamos para El Maitén y El Hoyo. El primer destino elegido fue el Museo Leleque, que está ubicado a 90 km por la Ruta 40, a la altura del Km 1.440, donde se cruza con la RP 15. Para llegar hay que tomarla un poco más adelante, hasta dos casitas de techo de chapa verde y paredes blancas que fueron un almacén de ramos generales (cuando la 40 pasaba por la puerta) y hoy están dentro de las estancias de la Compañía de Tierras del Sud Argentino, propiedad de los hermanos Carlo y Luciano Benetton. Luego, pasar la arcada de entrada y seguir un poco hasta encontrarlas de mano izquierda. A llí siempre está Edegar para recibir al visitante entre las 11 y las 17, y guiarlo en el recorrido muy bien instalado en una de las construcciones. La otra es un café bar muy acogedor y lleno de recuerdos. ¿Por qué es interesante el Museo Leleque? Porque es un proyecto inaugurado el 12 de mayo de 2000 que rescata los hitos esenciales de la historia patagónica. Su punto de partida fue la colección arqueológica del madrynense Pablo Korschenewski, que quiso compartir los resultados de muchos años de exploración y la cedió a la Fundación Ameghino. Arranca con los tehuelches y otros pueblos autóctonos, mostrando cómo vivían hace 13.000 años, con cientos de piezas: puntas de flecha, herramientas, vasijas, utensilios, vestimenta y la recreación de la tienda que se usaba como vivienda. Así se van delineando sus vidas hasta su irremediable extinción, cuando avanzó la conquista europea. Pero también hay muestras de intercambio y reciprocidad, cuando los aborígenes nómades se hicieron sedentarios. Así aparecen las armas de fuego, los uniformes militares, recados muy elaborados, los exploradores, los vecinos chilenos, la presencia policial y la vida familiar reflejada en los elementos de uso diario a comienzos del siglo pasado. Patagonia hecha objetos Está todo puesto con delicadeza en ambientes tematizados que se diferencian por el color de las paredes. Es un viaje al pasado, lejano y más cercano, y también de las casas que albergan la exhibición, hechas en adobe por Pedro Segundo Cea, luego convertidas en boliche por los españoles Lorenzo de la Vega y Pilar Iriarte, allá por 1932. Pero quien le sacó provecho a la construcción fue el comerciante libanés Hebib Sarquís, pues los convirtió en almacén de ramos generales y vivienda. A l salir, hay que hacer un alto en El Boliche, tomarse un cafecito y comer los alfajores que ofrece con cariño Norma (esposa de Edegar). Los miércoles está cerrado, al igual que durante mayo, junio y septiembre. El precio de la entrada es de $ 200 (menores y jubilados, $ 150). El tren angostito La Trochita, el adorable Expreso Pat agónico que en estos momentos tiene un tramo en Río Negro y otro en Chubut, parte en esta provincia desde la estación Esquel y recorre 19 km hasta el paraje Nahuel Pan. Pero los talleres que restauran las formaciones están en El Maitén, además del Museo Ferroviario que se inauguró en 2004 y tiene visitas guiadas gratuitas. Aquí Yéssica relata la historia de los elementos que se exhiben en el pequeño edificio: una zorra montada sobre las vías, asientos de primera clase extrapolados de los vagones, gorras que pertenecieron a los guardas y donaron sus familiares, una caja fuerte donde se guardaban los sueldos y muchos boletos. Y cuenta la historia del Señor Mariguan, un vecino que acondicionó su bicicleta pa ra que funcione sobre los rieles y se ganaba la vida cantando en la estación. ¿Y dónde están las locomotoras que cumplen 100 años? Veo algunos vagones de carga y una durmiendo ahí cerca, pero unos enormes galpones anuncian lo ansiado: la posibilidad de entrar a uno de esos recintos de madera, de Primera o Turista que otrara transportaron a los vecinos por la montaña. Están en restauración porque esperan retomar pronto la ruta desde El Maitén a Ing. Bruno Thomae (a 26 km, cuya estación se quemó em 2017). El verano pasado optaron por brindar un viaje corto hasta el límite con Río Negro, que volverá para las vacaciones de invierno (por unos $ 3.500 por persona). En el taller, cinco hombres trabajan con esmero para arreglar los engranajes de metal. Uno está soldando y otros tres se encargan de un parche. Están al mando de Luis Ponce (el quinto), quien explica que no consiguen gente que quiera aprender el oficio para continuar con su labor. Está orgulloso de la tarea que llevan adelante: todo se hace ahí, hasta las piezas de repuesto. Puedo ver cómo un vagón correo se está reconvirtiendo para que puedan subir sillas de ruedas pensando en los recorridos del verano. Entonces aparece Mansilla, el encargado, con las llaves de los vagones y nos franquea el acceso. Al entrar al primero me siento transportada a otro mundo y puedo valorarla importancia de este servicio durante el invierno andino. La clase turista tiene mucho encanto con sus asientos hechos de listones de madera y una estufa a leña para calentar a los pasajeros. Datos interesantes: estas centenarias locomotoras a vapor gastan 100 litros de agua por kilómetro, y de 16 a 17 litros de combustible. En el trazado original, cada 40 km hay una boca de agua para reabastecer a la máquina, que en su tiempo tardaba cinco horas para encender. Hoy, gracias a compresores, solo toma una hora el encendido. Estre tren turístico se compone de cinco vagones de pasajeros, cuatro de primera clase y uno de segunda, además del coche comedor y el del guarda. Perdidos entre el verde “Cuando nos conocimos, mi marido me dijo que algún día quería hacer un laberinto conmigo”, explica Doris Romera en una lomada de El Hoyo mientras el sol ilumina unos paredones de árbol de 2 m de altura que comenzaron a plantar en 1996. Antes habían pasado semanas diseñando la forma ideal del circuito, para luego plantar y podar hasta llegar al trazado que tienen hoy, algo que nació como un placer familiar y, a pedido de los vecinos, en diciembre de 2013 se convirtió en un emprendimiento: Laberinto Patagonia. “Primero hicimos la parte central, un círculo que fue el disparador. El trazado tiene la forma de un intestino o del cerebro, muestra cómo circula la energía en el cuerpo”, explica Doris. Es un intrincado derrotero con dos sectores amplios de descanso y muchas vueltas, para divertirse y pasar el día, ya que tiene confitería, expendio de helados, de pochoclo y espacios para sentarse a descansar. Pronto habrá un restaurante. Hace poco anexaron una galería de arte inmersivo (con un costo extra de $ 300) desarrollada junto a la Universidad Río Negro, otro emprendimiento más de la creativa Doris, chef de profesión y espíritu libre por naturaleza. Esta propuesta tan atractiva abre durante el verano y también en invierno, para perderse en un recinto completamente nevado. El precio es de $ 850 por persona. Se ubica en camino a El Desemboque Km 3,7. Muy cerquita está la bodega Patagonian Wines, un extenso viñedo que se ve desde la planta industrial hacia abajo y hasta donde se pierde la mirada. Durante la visita a fines de abril ya habían terminado de hacer la vendimia artesanal; elaboran un red blend y dos espumantes (rosé y blanco). Aquí ofrecen una degustación de vino con picada que dura 50 minutos. La visita guiada la hace Laura y fue la que me recomendó un restaurante cercano para almorzar: Pirque, maravilloso sobre la ruta, con una vista privilegiada al valle y a la bodega, donde cocina con mucho amor Gabriela Smit y atiende con su marido Gustavo Echavarri. Abierto mediodía y noche, es un oasis cálido, ambientado con onda montañesa y pocas mesas para una atención personalizada. Gasto promedio por persona: $ 5.000. Todo casero pero muy gourmet.

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