Quiero comerrr chivitooo!

2022-05-31T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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INFORMATIVO

La pandemia nos dio al fin un respiro, hora de volver a la ruta y explorar nuevos horizontes. Entre los viajes de trabajo y mis salidas turísticas, había recorrido ya casi toda nuestra querida Argentina. Sin embargo el sur de Mendoza y el norte de Neuquén, incluyendo la Payunia con sus volcanes, seguían siendo para mí todo un misterio que intentaba develar. Antes de la partida, investigué un poco los sitios a visitar y allí descubrí algo que me llamó la atención: “Fiesta del chivo en Chos Malal”. La gastronomía local es parte de la actividad turística y si bien nuestra visita no coincidiría con dicha fiesta, la idea de comer chivo se instaló en mi dura cabeza. Viajamos con mi esposa inicia ndo nuestra recorrida por Malargüe, donde visitamos volcanes, coladas de lava, formaciones rocosas extrañas y hasta un observatorio astronómico. Todo muy hermoso pero por una u otra razón, el chivito se nos fue negando, sería para más adelante. Rumbeamos entonces por la mítica Ruta 40 hacia Chos Ma la l. Desf ilaban por mi cabeza, como zanahorias delante de un burro, las imágenes de los chivos a la estaca que había visto por internet. No encontramos en ruta ningún lugar donde comer, así que bien entrado el mediodía dimos con una modesta parrilla ya en la entrada del pueblo. No había ni siquiera una carta, así que el encargado ofreció milanesa o chuleta, con ensalada o fritas. Como se verá, un pobre universo de opciones para degustar. Del chivito, ni el olor. No desesperar, nos quedaba aún la cena. Nos instalamos en el hotel y dedicamos la tarde a reconocer el lugar, sin pasar por alto el torreón, ni el hito central de la Ruta 40. Con las primeras sombras de la noche salimos en una infructuosa búsqueda de parrillas o restaurantes. Unos cerrados por la pandemia y otros por ser día de semana, la única opción gastronómica: la pizzería vecina al hotel, donde habíamos comenzado nuestra recorrida. ¡Adiós Chos Malal! Nos fuimos sin probar sus chivos. El próximo destino era Caviahue, con sus pehuenes, cascadas y montañas, formando paisajes agrestes de singular belleza. Todo magnífico hasta que llegó la hora de alimentarse. Preguntando aquí y allá dimos con el único restaurante abierto del pueblo. Platos de cocina gourmet en base a cordero, pero de chivo al asador… ¡Nada! Seguimos nuestro viaje hasta Copahue, ese mágico paraje montañoso con fumarolas y vapores que se elevan entre las nieves. “Pueblo cerrado”, rezaba un cartel. Ni un mísero quiosco donde comprar un pancho. Regresamos a la ruta con rumbo a Villa Pehuenia, nuestro último destino de un viaje fascinante, pero de chivitos seguíamos sin saber nada. Curva a la izquierda, contracurva a la derecha y a frenar y ¡frenar! En ese momento no terminaba de entender si se trataba de un espejismo o si era que el síndrome de abstinencia me estaba jugando una mala pasada. Cientos de chivos bloqueaban la ruta, paseándose frente al parabrisas de la camioneta en una actitud desafiante. Era tal la paz que reinaba en ese paraje, que ni me atreví siquiera a tocar la bocina, así que nos contemplamos por un rato cara a cara. Luego avancé lentamente como pidiendo permiso, mientras mis amigos muy pacíficamente se tomaron su tiempo, pero se fueron replegando, dando por finalizado su singular piquete. Varios kilómetros más adelante, viajando por tortuosos caminos, arribamos a nuestro último destino, Villa Pehuenia. Lugar ya conocido que no podía dejar de visitar, otra versión del pa ra íso en la tierra, con sus lagos transparentes y sus rocosas montañas salpicadas con araucarias milenarias. Era justo el mediodía, tiré las valijas en la cabaña y salí en la búsqueda desesperada de la parrilla más tradicional del pueblo. Apenas estaba abriendo sus puertas y nosotros ya estábamos ubicados. ¡Quiero comer chivito! Le supliqué al propietario del lugar. “En este momento no tenemos”, informó en tono de disculpa. Pero conmovido por mi cara de decepción dijo: “A la noche vamos a asar un buen chivo. ¿Les reservo una mesa?”. Finalmente, llegó la hora de la cena y allí me encontraba yo, frente a una parrillita humeante con el chivo más delicioso que jamás haya comido. Infaltable, un tinto reserva, producto de una bodega del sur. Después de peregrinar kilómetros y más kilómetros lo habíamos conseguido!!!

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