Truchas serranas, tesoros de altas cumbres.

Antes del cierre de temporada, en Pampa de Achala, a mitad de camino ente Córdoba y Mina Clavero, el río Paso de las Piedras invitó a un intenso aprendizaje con pequeñas fontinalis.

Por Wilmar Merino.

2022-05-31T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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Antes del cierre de temporada, en Pampa de Achala, a mitad de camino ente Córdoba y Mina Clavero, el río Paso de las Piedras invitó a un intenso aprendizaje con pequeñas pero briosas fontinalis. Atahualpa Yupanqui le cantó en reiteradas oportunidades a lo que llamó los tres misterios de la Argentina: La Selva, La Pampa y La Montaña. Y eligió que sus restos descansaran por siempre en el cordobés Cerro Colorado, acaso como una póstuma elección de preferencia sobre esas tres inmensidades. En la caminata desde donde dejamos el vehículo hasta el río Paso de las Piedras, rodeado de montes sembrados de piedras, como inmensas presencias perturbadas por nuestros pasos, pensaba en que aquella elección del gran cantautor criollo fue correcta. Iba escuchando, claro, las palabras del gran guía serrano, Hugo Tello, quien nos contaba a Alejandro Burgos (mi ocasional compañero de jornada) y a mí el porqué de su pasión por guiar gente en pescas serranas: “Elegí esta actividad porque está ligada a mi hobby y porque me permite estar rodeado de naturaleza virgen, algo que en Córdoba todavía puede vivirse. La gente que llevo muchas veces no tiene experiencia y entonces tengo ríos de truchas muy abundantes, de acceso fácil, o bien piden trofeos y entonces hay que hacer programas más audaces. Las truchas necesitan ambientes fríos y altura, y Córdoba tiene esos condimentos que hacen que esos peces se adapten a nuestra geografía. En el camino hacia ellas vamos viendo postales increíbles. Lo que veo que le pasa a la gente que viene aquí es que se encuentra con lugares muy virginales, sin casas ni senderos, donde caminamos la montaña buscando los ríos. En ese interín van viendo cóndores, águilas moras, zorros, loicas, remolineros, liebres. Y al llegar al río se encuentran con un paisaje bellísimo, de ollitas, cascadas, aguas cristalinas en ríos de estructuras hermosas. Ese marco hace que a veces la pesca pase a un segundo plano. La gente se desconecta de todo, y al no haber señal de celular para mi es solo una máquina de fotos. Transmitir el amor que tengo sobre estos lugares es hermoso. La gente viene muy cargada y se va muy contenta y con nuevos amigos”. Termina su reflexión y entonces allí aparece el río, al que arribamos tras 20 minutos de caminata. Serpenteante estructura, con pequeños ensanches y angosturas que pasan entre diminutos cañones, algunos pools promete dores y uno de ellos bien grande al pie de una cascada que será la cancha en donde el guía evaluará nuestras habilidades en el casteo, para luego invitarnos a diferentes desafíos de acuerdo a la capacidad individual de cada pescador. Media hora antes, a pocos kilómetros de allí, en el punto de encuentro, el parador El Cóndor, dijo una frase que volvería a mi mente al final de la jornada: “Truchas hay muchas, todos van a pescar. A la mañana van a ir puliendo errores y a la tarde van a sentir que todo sale bien”. Primeros intentos En la base de la cascada armamos los equipos: cañas 3 con línea de flote, un leader largo de 3 m rematado en tippet 5X y la elección de ninfas para arrancar la jornada, porque “a la tarde van a tomar arriba y nos vamos a divertir con secas”, prometió Tello. En mi caso y en aras de poder mostrar a los aficionados que no hagan fly que también pueden divertirse aquí con un equipo de ultraliviano, llevé una caña de spinning de 4 tramos que armaría oportunamente, con un microreel y fluorocarbon del 0,15, más una cajita con cucharas y señuelitos lipless que –tal como advirtió el guía– debían contar con un anzuelo simple sin rebaba o dos anzuelos del triple doblados, en caso de no poder usar con simples por desbalanceo. Hugo nos invitó a probar los casteos, a elegir blancos determinados y poner las moscas allí, y –sobre todo– a controlar la ansiedad por pescar. Hecha la evaluación de habilidades iniciamos camino río abajo, ante la atenta mirada de una pareja de cóndores que allí, a 2.150 m de altura, miraban a estos intrusos invadir sus dominios. El guía posiciona a cada uno en una pequeña canchita de pesca, sea un piletón o la caída de una cascada, de modo que ninguno interrumpa la pesca ajena. Y en el rato que comparte con cada guiada, empiezan a surgir consejos clave para esta pesca, como el de no hacer detectar nuestra presencia aproximándonos demasiado al punto a probar, no golpear con la línea el agua, trabajar la zona a pescar con el leader y el tippet y avanzar paso a paso, no sin antes peinar bien cada metro de posibles capturas. En los primeros intentos no tuve suerte con la mosca. Pero armé mi equipo ultraliviano y saqué una trucha fontinalis con un Gomoku Vibe, un pequeño lipless de 4 cm con los triples tuneados para minimizar daños como pidió Hugo. Allí aparece precisamente el guía, quien venía de posicionar y acompañar a mi compañero y me dice algo que el amante del ultraliviano que visite este río debe recordar: “Ya está, es una o dos y cambiá de lugar. En los primeros tres o cuatro tiros vas a tener ataques, la que tenga que salir va a salir y después tenés que moverte”. Dicho y hecho. A caminar como cabras entre planos inclinados, piedras y hacer pequeños vadeos buscando nuevos sitios que, en el caso de este ambiente, distan pocos metros entre sí. Es increíble cómo al trabajar estas pequeñas estructuras uno va puliendo errores en un constante ensayo y error. Un par de horas bastan para ir logrando mejores aproximaciones (pescar lejos de la orilla por ejemplo), tiros más precisos con loops más naturales, se ahorren falsos cast o mejoren los roll cast. Asimismo, una vez presentada la mosca, la colaboración de pequeñas fontis bien irritables harán que la suma de ataques mejore nuestro timing en la clavada. Así, empezamos a encontrar zonas donde pudimos lograr hasta media docena de truchitas del palmo de una mano y a media mañana también ya había capturado un par de unos 20 /25 cm que disfruté enormemente y fueron premio a esa pequeña evolución lograda. Tarde a pura fiesta Tello, que tiene la medida justa del recorrido, nos invitó al mediodía a parar en uno de los pools más grandes de todo el circuito para hacer una picada de ensueño. Mientras hacía los aprontes del salame casero, el queso y las berenjenas, aproveché allí para sacar una vez más el equipo de spinning ultraliviano y probar esta vez con cucharas número 0 y 1, en donde se destacaron las Mepps Black Fury, con borde plateado y puntos amarillos o verde flúo. Fue tirar y tener respuesta inmediata, pero siempre –como anticipó Hugo– logrando un par de capturas antes de que se avivaran y no hubiese más respuestas. Tras el almuerzo y el necesario descanso a las piernas, arrancamos río arriba probando una pared profunda que tenía buenas truchas pero solo si poníamos la mosca pegada a ella y bien presentada. Logramos un par de truchas de bellísimos colores, con naranjas intensos en el vientre, aletas con franjas blancas y negras, y esos puntos colorados envueltos en círculos turquesas que hacen de cada ejemplar una pequeña obra de arte. Ya promediando la tarde, tendríamos un final a pura fiesta cuando el guía nos invita a pescar con moscas secas, la esencia de esta pesca por su hermoso condimento visual de ver el ataque del pez sobre en anzuelado insecto que le proponemos. Para ello, fue clave embadurnar un poco las caddis, addams y otros engaños a usar con flotamoscas. En este ambiente logré mi primera trucha con seca en un cañón angosto, donde el río pasaba por debajo de dos paredes de piedras de unos 50 metros de altura y separadas apenas un par de metros entre sí. Castear allí y lograr varios ejemplares, me llenó de satisfacción y orgullo de estar haciendo bien las cosas. En el camino a otro hermoso piletón lleno de fontis muy activas fuimos testeando pequeñas caíditas de agua, donde tirábamos la mosca a la base de la cascada y enseguida explotaba la superficie en un ataque. Yerros, aciertos y mucha diversión matizaron estos momentos tan divertidos, con mucha revancha para volver a intentarlo, dado que bajo las cascadas las truchas no se ponen tan sutiles o desconfiadas y manotean todo lo que el agua les pone a tiro. Cerca del ocaso llegamos a una suerte de pequeño paraíso truche ro dentro de este mágico ambiente: un laguito de unos 50 metros de fondo, donde se veían bular truchas tomando insectos. Aquí nos divertimos en grande, logrando prácticamente en 40 minutos la misma pesca que habíamos hecho caminando todo el día. Trucha desde lo alto Y por último, ante mi consulta por tamaños mayores, el guía me lleva a un sitio alto, en donde el río quedaba unos 20-25 m abajo, donde era imposible acceder a las orillas y me marca unos ejemplares de unos 30 cm que se evidenciaban en aguas bajas. “¿Te animás?”, me dice Tello. Pero el viento, que había estado ausente la mayor parte de la jornada, se había hecho muy intenso y, ante la dificultad y el riesgo de castear en un plano inclinado y el requerimiento de un tiro tan preciso, decliné el convite y lo cambié por una propuesta extendiéndole mi caña al guía: “Te quiero ver a vos”, le dije. Hugo mostró en esa situación su tremenda maestría, trabajando el arco del cast de arriba hacia abajo y posicionando la mosca correctamente tras algunos falsos cast. Las truchas, confiadas, imperturbadas en ese terreno tan escarpado, se fueron al humo. Sacó dos el guía, una más linda que la otra, con los colores más intensos que hayamos visto ese día. Fue un digno broche de oro a una jornada con más de 30 truchas por gorra y una hermosa situación de aprendizaje a fuerza de ensayo-error que pone al río Paso de las Piedras como destino inmejorable para el iniciado en el flycast. La extensa temporada, que va desde el primer fin de semana de octubre al último fin de semana de mayo, invita a ir armando agenda para poner este destino en el calendario para el año próximo y que nosotros vivenciamos como un cierre de temporada. La caminata de regreso, con el corazón hinchado de felicidad, me devolvió de nuevo a la mente a Yupanqui y esa maravilla que escribió sobre las sierras cordobesas en su obra “Y cantaban las piedras en el río”, que reza: “Y cantaban las piedras en el río, mientras mi corazón buscaba en vano las palabras exactas en la tarde. El Cerro Colorado soltó sus aguiluchos y se quedó en silencio como un nido vacío. El agua tiene pájaros; yo siento sus gorjeos. El agua tiene penas, insomnios y delirios. El agua es la conseja del abuelo, que midió el mundo con su paso firme, hasta encontrar la arena… y envejecer tranquilo”.

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