Cantabria por el Camino Lebaniego.

Esta zona del norte de España está poco difundida entre los argentinos, sin embargo, es rica en tradiciones, productos y célebre por ser parte del trayecto a Santiago de Compostela.

Textos y fotos: PATRICIA DANIELE.

2022-09-15T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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TURISMO

Esta zona del norte de España está poco difundida entre los argentinos, sin embargo es rica en tradiciones, productos y célebre por ser parte del trayecto a Santiago de Compostela. Por Patricia Daniele. España es un destino clásico para los argentinos por múltiples motivos: la historia, la amabilidad de los locales y una comida grandiosa. Pero más allá de los sitios renombrados hay una región poco difundida entre nosotros, y es Cantabria, al norte, con playas soñadas, un paisaje siempre verde y pueblitos de seis casas ubicadas a la vera de curvilíneas rutas. Partiendo de la hermosa ciudad de Santander, cabecera de la región, se puede hacer un recorrido turístico por carreteras de montaña siguiendo el Camino Lebaniego (una parte del Camino de Santiago) que incluye trekking, recorridos por palacios e iglesias antiquísimos, zonas de baños termales y hasta la Cueva de Altamira, Patrimonio Mundial desde 1985. Hay muchas cosas para hacer en distancias cortas. Comencemos el viaje. La hermosa capital Santander es una ciudad ubicada sobre montañas, por lo que al caminarla se sube y baja constantemente. Orientada hacia el Sur en el mar Cantábrico, la caminata se puede hacer a lo largo de la costa con sus playas públicas, trayecto más largo, o explorar sus calles viendo casas y edificios hermosos. El Sardinero es la playa más conocida, presidida por un hotel de lujo del mismo nombre. Muy cerca está el Palacio de la Magdalena, una visita que no se pueden perder (ver recuadro). Es una zona turística con bares y restaurantes. El desayuno típico consiste en té o café, jugo de naranja y una porción de tortilla (5 euros). No está nada mal para empezar el día. El centro tiene sus propias y variadas atracciones: desde la enorme Catedral gótica que está construida sobre otra iglesia del siglo XII (se visitan las dos por un euro). En la de abajo se ven restos de baños romanos. La zona fue presa de un incendio que arrasó el casco antiguo (de madera) en 1941 y terminó modificando la vida y el aspecto de la ciudad. También hay mercados donde comer y comprar provisiones como el Del Este y, al lado, una romería llena de puestos que venden prendas de segunda mano o a muy bajo precio. No faltan las típicas plazas españolas rodeadas de edificios y sin calle, y parques y jardines acogedores. Ah, para evitar las subidas y bajadas, en algunas veredas hay cintas transportadoras como las de los aeropuertos y hasta un túnel pea tonal que atraviesa la montaña. En el puerto, desde donde parte el ferry hacia Cork (Irlanda), hay varias atracciones interesantes como el Faro de Cabo Mayor, pero el mayor atractivo es el Centro Botín, moderna galería de arte con solo cinco años de existencia para exhibir el patrimonio acumulado por la familia dueña del banco Santander (por 8 euros). Tiene una terraza de acceso gratuito que brinda vistas panorámicas de Santander. Hasta el ascensor tiene una instalación artística. Al Camino Es tiempo de salir a los pueblos pero no por la autopista sino por una ruta de monte para conocer la campiña cantábrica y su gente. Poblados como Santillana del Mar, cuyo corazón solo se puede descubrir a pie para ir hasta la iglesia del siglo XI (3 euros la entrada) y visitar la tumba de Santa Juliana. En los alrededores hay bares, restaurantes y tiendas que venden objetos típicos y ¡hasta el Museo de la Tortura y el del Queso! En la zona, además de hoteles hay dos campings, ideal para los que se tomaron en serio la experiencia de vivir el Camino de Santiago. Esta visita es el preludio para otra más esperada: ver la Cueva de Altamira y su centro de interpretación. Aquí hay que hacer una aclaración: la verdadera cueva, descubierta en 1862, se cerró en 2000 debido al deterioro que producía la gran cantidad de visitantes. ¿Entonces qué hicieron? Una réplica exacta a tamaño real, la neocueva, para que los turistas puedan verla como congelada en el tiempo y descubrir por 3 euros las formas en que los ancestros pintaron, entre 18.500 y 36.000 años atrás, bisontes y otros animales, así como positivos y negativos de las manos de los autores descubierta.El museo es didáctico, está muy bien instalado y ahí se puede ver de qué manera aprovecharon las formas de la piedra para terminar sus obras. Es hora de hacer un alto para almorzar en El Carel, en la preciosa ciudad de Comillas. Pequeño, acogedor y con impronta joven, probé unos mejillones al vinagre (cubiertos por una especie de salsa criolla) inolvidables. Y en el menú de 35 euros por persona pensado por Rafa, la carne local llega en una plancha y se sigue cocinando frente al comensal. Los caprichos del artista Comillas, un pueblo de tradición indiana y destino vacacional de la realeza en el siglo XIX, da para quedarse y caminarlo. Es lo suficientemente grande como para tener su propio palacio, el del Sobrellano, la Universidad Pontificia, y un espectral y diminuto cementerio ubicado cerca de la entrada, con los restos de una iglesia gótica atractivo para fotos. Pero la joya de la corona no es tan grande como los edificios mencionados: el Capricho de Gaudí fue la única construcción del arquitecto catalán en esta zona y merece una detallada visita guiada (7 euros). Edificado entre 1883 y 1885 por encargo de Máximo Díaz de Quijano, abogado del Marqués López y López (el dueño del palacio). Es pequeña porque se pensó para vivienda de una persona, pero con mucha personalidad: el exterior recurre a cerámicas con elementos naturales como girasoles. Y también tiene detalles alusivos a los gustos de Díaz, músico amateur y aficionado a la botánica. Según relata la guía Lucía, la casa sigue el recorrido solar para que el dueño tenga luz natural a lo largo del día según las actividades que realiza. Por eso Gaudí puso el dormitorio al Este, para que Quijano se despertara con las primeras luces del sol, y el cenador en el Oeste, con el fin de captar las últimas de la tarde. La torre brinda vista al mar y tiene un invernadero central que hacía las veces de caldera con su sistema de calefacción. Los techos son de pinotea americana, al igual que las ventanas que tienen un sistema de poleas que les quitan peso y produce una armonía musical. Los desvanes, maravillosos espacios para la servidumbre, tienen una exhibición de muebles de madera diseñados por Gaudí. La casa no se terminó porque Máximo se murió siete días después de que se mudó. Luego de heredarlo los familiares, fue un restaurante entre el ’89 y 2009. Y desde 2010 es museo. El vecino Palacio del Sobrellano, obra de Joan Martorell, fue terminado en 1888, tanto éste como la capilla-panteón tienen corte gótico. Fue el primer edificio de España en utilizar la luz eléctrica, ya que el marqués la mandó instalar para una visita de Alfonso XII. Actualmente es propiedad del Gobierno de Cantabria y también es museo. El precio de la entrada es de 5 euros. Muy cerquita está la imponente Universidad Pontificia de Comillas. Fue centro de enseñanza para los pobres en un edificio, en estilo neogótico mudéjar de finales del Siglo XIX. Tiene algunos detalles sorprendentes que fueron rescatados en la renovación, como un techo de madera en el primer piso que con la talla de 40 especies de animales. Aventura y caminata San Vicente de la Barquera es la ciudad costera más grande en esta travesía. Es parte del Camino Lebaniego y sus 10.000 habitantes se dedican a la pesca y a la industria de conservas. Muy cerca está la Cueva del Soplao, una antigua excavación mineral que se visita por 13,50 euros. Para entrar hay que tomar un trencito que emula al usado por los mineros. Está considerada una cavidad única por la calidad y cantidad de formaciones geológicas ( espeleotemas) que alberga en sus 20 km de longitud, aunque solo cuatro salas están abiertas al público. Hay formaciones poco comunes como helíctitas (estalactitas excéntricas que desafían la gravedad) y draperies (sábanas o banderas traslúcidas colgando del techo). En el interior se destaca por su acústica la Sala de la Opera, incluso se hicieron conciertos allí. La visita guiada dura dos horas y los más arriesgados pueden vivir la ventura de meterse en cavidades naturales con dos guías y equipamiento especial (casco y botas) en grupos reducidos de 6 a 8 personas (34 euros). Los que tengan ganas de ejercitarse pueden elegir cualquiera de los tramos del Camino Lebaniego para un trekking y adentrarse en los campos cántabros. Todos están bien señalizados, muchos son largos, con subidas y bajadas y nivel medio de dificultad. Nosotros hicimos los 8 km de la Senda Fluvial del Nansa y hasta nos cruzamos con verdaderos peregrinos mientras pasábamos por los límites de diferentes haciendas en zonas muy verdes y plenas de vegetación. En otra jornada fuimos a cumplir con la tradición de visitar la Senda Mitológica de Peñarrubia para descubrir a las criaturas del monte Hozarco. Es una gran experiencia para visitantes de todas las edades aunque tiene su grado de dificultad por ser bastante empinada. ¿Qué hay? A lo largo de 3 km nada menos que la representación de personajes mágicos de la cultura tradicional de la región: Trenti, Anjana, Musgosu y Ojáncano entre otros. El ascenso culmina en un espectacular mirador a 1.000 msnm, el de Santa Catalina, para una panorámica del Desfiladero de la Hermida y el PN de los Picos de Europa. Siguiendo con el paseo, hay que visitar la pequeña Iglesia de santa María de Lebeña, del siglo X (entrada 2 euros) y con gran influencia musulmana. Posee un retablo barroco precioso y es paso obligado para los peregrinos que van hacia Santo Toribio, el final del Camino Lebaniego: una magnífica iglesia del siglo XIII que guarda un leño de la cruz de Cristo (análisis determinaron que tiene más de 2.000 años) venerado por los peregrinos. Todos los mediodías se oficia misa para ellos. Para el descanso, nada mejor que las aguas termales del Balneario de la Hermida, con su hotel restaurado a todo lujo recostado en la montaña. Tanto en las piscinas exteriores como en el spa se puede disfrutar de balneoterapia, fisioterapia termal, tratamientos de salud y estéticos con el agua que tiene una temperatura de 60 °C rica en sodio, cloro, calcio, magnesio, bicarbonato y sulfuro, cada uno de los cuales actúa en diferentes funciones del organismo. La cueva original está un poco más arriba del hotel y los viajeros pueden ir a relajarse en su cavidad termal. ¡A comer! Hay varias denominaciones de origen para los productos originarios de Cantabria. Y me refiero estrictamente a los alimenticios o bebidas. Lo más representativo es la anchoa. Justamente La Cofradía de la Anchoa celebra esta tra dición que incluye la pesca, salado y posterior limpieza a mano (se le saca la cabeza y las vísceras como nos mostró Nuria), filet por filet, para enlatar. Este proceso toma un año y, por su sabor, es de las más cotizadas de España. Pedro y Tino, miembros de la Cofradía, fueron los encargados de hablar de su amor por la anchoa: en esta provincia hay 60 fábricas que se dedican al proceso: para la limpieza y enlatado solo contratan mujeres (son 2.500). Para tener una idea, la lata con 12 unidades sale 12.80 euros. Uno que lleva denominación de origen, la Picón Bejes-Tresviso, es el queso azul de Río Corvera, certificado desde 2018. Para la elaboración se usa leche de vacas o cabras que pasten exclusivamente en la comarca del Liébano. Una vez armado, se deja madurar en una cueva a 600 m de altitud. Es un secadero con 12 ° de temperatura y 70 % de humedad donde, cada siete días durante cuatro meses, se los va dando vuelta. Así relató el proceso Jaime Gutiérrez, yerno del fundador de la fábrica. Se venden por 16 euros el kilo. Con respecto a las bebidas, en la bodega Picos de Cabariezo elaboran vino blanco y tinto, pero su producto estrella es el aguardiente de orujo, una bebida blanca y fuerte que también combinan en licores con hierbas de té, café, leche o fruta, que se venden como pan caliente. Usan el sistema de destilación tradicional en alquitaras de origen árabe: son alambiques de cobre donde destilan pellejos y orujos con vino, por el método de condensación del vapor de alcohol, que queda a 30 °. Y dejé lo mejor y más típico para el final, el disfrute de un auténtico cocido lebaniego en El Cenador del Capitán, de la preciosa ciudad de Potes, un hito que tienen que probar si andan por estas tierras: es una especie de puchero compuesto por morcilla, chorizo, garbanzos, repollo, carne de cerdo y vaca, panceta, pimentón y un pan que se hace con harina y huevo. Primero se sirve el caldo caliente (de color bien anaranjado) con fideos finos y después, en grandes fuentes, vienen los ingredientes para servirse a gusto. El postre, un Canónigo (especie de natilla con merengue cocido y caramelo) y clásico té del puerto. Con vino incluido sale unos 25 euros por persona. No se van a arrepentir. Hay muchas aventuras culinarias para experimentar en esta ruta que pasa por pueblos de pocas casas. Solo será cuestión de animarse y entrar a esos pequeños restaurantes en los que cocinan delicias autóctonas y las sirven una sonrisa.

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