Corazón partido

2022-09-15T07:00:00.0000000Z

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Editorial Perfil

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LA ULTIMA

Pesco desde que tengo uso de razón, todo mar, río, laguna o charco que se cruza en mi camino siempre me produce la misma e irresistible tentación de armar una línea y ponerme a pescar. No me importa lo que pesque, corvina o cornalito, trucha o bagrecito, todo se convierte en el desafío del momento y la mejor ocasión para el disfrute, de mi deporte y su ocasional entorno. Los equipos de pesca siempre fueron mi obsesión, desde chiquitito cuando intentaba hacer rudimentarios nudos o ya como arquitecto, diseñando y construyendo meticulosamente cada línea. Allá por los orígenes, con menos recursos y tecnología, no teníamos la variedad de elementos con que contamos hoy, era usual tener una sola caña y un reel, que usábamos para todo con sus limitaciones. En mi caso, un amigo de papá que se llamaba Alberto, querido gran pescador de quien aprendí mucho, me había regalado una de sus cañas. Tres metros, en dos tramos, bambú y con mango de corcho, una belleza en su tiempo. Esa era “mi caña”, la llevaba a todas partes y cuidaba como un tesoro. Recuerdo haberla lijado y barnizado en más de una oportunidad para conservarla siempre reluciente. Mi padre me compró entonces la sensación del momento, un legendario reel “Escualo” modelo “Guazú”, pieza arqueológica que aún adorna mi repisa, el cual se fijaba al mango de la caña con la ayuda de una banda elástica. Esta historia me sitúa a finales de 1977, de vacaciones con mi familia en los campos de Nueve de Julio, recuperándome después de un duro primer año de facultad. A la hora de la siesta y como todos los días, quedaba desier to el pueblo. Momento de tomar mi equipo de pesca, subir a la bicicleta y pedalear kilómetros por algún polvoriento camino de tierra. Recuerdo que mi primo Bichi, fiel compañero de aventuras y protagonista de otras historias, estaba de viaje ese día, por lo que me encontraba solo en esta nueva incursión. La arena del camino dificultaba mi avance y hacía zigzaguear la bicicleta, pero yo tenía bien claro mi objetivo del día, el terraplén de una vía abandonada que atravesaba una desconocida laguna. La pesca se desarrollaría en un callejón de agua entre el terraplén y una pared de juncos, lugar acotado donde trabajar la línea, más atrás se extendía la laguna en toda su dimensión. Boya de madera roja y blanca trabada con un palito sobre la tanza, un único anzuelo reforzado con leader y como encarne, un ramillete de tentadoras lombrices obtenidas a fuerza de pala. El calor iba en aumento y se volvía insoportable, mientras el sol giraba sobre mi cabeza para castigarme de frente. Ni una gota de viento, ni la más pequeña sombra. La laguna, planchada como lago de aceite, reflejaba el sol en mi cara y, para colmo de males me quité la camisa, grave error que nunca olvidaré. El tiempo era eterno y la boya ni se movía, segundos, minutos, horas… Nada de nada. La caña continuaba inmóvil al borde del terraplén. A esa altura estaba totalmente encandilado, solo percibía ruido de patos y teros retumbando en mi cabeza, mientras mi cerebro recalentado funcionaba con intermitencias. De pronto… ¡El pique esperado! Unos pequeños círculos alrededor de la boya y a continuación una veloz corrida en dirección a los juncos. En una actitud totalmente irreflexiva, tomé la caña como si fuera el mandoble de un cruzado y tiré hacia atrás con todas mis fuerzas. Una enorme tararira emergió del agua y voló sobre el terraplén, al tiempo que un fuerte crujido me paralizó el corazón. ¡Mi caña yacía en la vía herida de muerte! Ya no quedaba más nada por hacer, así que junté las cosas y emprendí el regreso al pueblo. El camino se hizo muy largo y pesado, tiempo para reflexionar lo sucedido y asimilar la experiencia. Todavía siento frustración por ese error imperdonable. Recuerdo que esa noche y otras más, tuve que dormir boca arriba: las quemaduras del sol me fastidiaron bastante y tardaron en curarse. Sin embargo, el dolor más fuerte venía de adentro…

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