Cafayate, donde no hay tiempo para la siesta.

En los Valles Calchaquíes salteños, en bicicleta y a pie por la Quebrada de las Conchas, una cabalgata por los cerros y un novedoso vuelo en globo.

Por Julián Varsavsky.

2022-09-15T07:00:00.0000000Z

2022-09-15T07:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

https://kioscoperfil.pressreader.com/article/283429195416866

CONTENT

En los Valles Calchaquíes salteños, en bicicleta y a pie por la Quebrada de las Conchas, una cabalgata por los cerros y un novedoso vuelo en globo. Viajamos desde la ciudad de Salta a Cafayate. Junto a la RN 68, La Quebrada de las Conchas desfila tras la ventanilla como el tráiler de la película que veremos mañana, incluso un spoiler. Cada 10 minutos, los rojos de una geología abismal que brota de las entrañas de la tierra nos detiene a tomar fotos: una más, otra, la última y otra más. Es la ruta panorámica más deslumbrante del noroeste argentino. Y como este no es paisaje para una pasadita rápida, nos instalamos en Cafayate para salir a explorarlo. A la mañana siguiente regresamos con el guía de mountain bike Javier Alarcón: nos lleva en un transfer a la Garganta del Diablo, a 47 km de Cafayate (hasta allí recorremos de un tirón la parte principal de la Quebrada de las Conchas y el plan es regresar pedaleando). Primero caminamos hasta la descomunal Garganta del Diablo por la base de su abertura: es como atravesar las fauces de un monstruo que nos ha tragado. Al llegar al fondo no hay salida sino un farallón sedimentario de 70 metros de alto. Allí, una mujer en trance musical entona “La Donna è Mobile” y nos paraliza. Volvemos sobre nuestros pasos a montar las bicis (solo está permitido andar por asfalto dada la fragilidad de los suelos). Javier va al frente y al rato nos detenemos en El Anfiteatro, otra garganta descomunal como la anterior, más cerrada e intrigante (fue parte de un lago prehistórico enterrado por el polvo de 225 millones de años que brotó con la cordillera de los Andes). Un compañero del grupo lanza un alarido que se va rebotando de una pared a otra hacia el fondo del cañón. Volvemos a las bicis y la ruta sube y baja, caracoleando con el río Calchaquí a la derecha. Los cerros enrojecen al extremo bajo un cielo azulísimo y los cardones proliferan desde el pie al filo de las montañas con brazos de candelabro. Ya cerca de Cafayate, el paisaje se hunde entre formaciones cual torres puntiagudas y pequeñas mesetas como ruinas de un castillo. Cada tanto aparecen casitas de adobe abandonadas. Sin embargo, en las montañas vive mucha más gente de la que uno imagina, que se dan cita en las capillitas en medio de la nada. El paseo no es corto, pero sí relajado. Pasamos junto a Las Ventanas con sus extrañas torres de sedimento y nos detenemos para caminar por las dunas de Los Médanos. Al fondo se levantan cerros oscuros de 500 millones de años. La quebrada termina poco después de La Yesera, una antigua mina de yeso donde nos paramos al pie del Torreón con sus capas de minerales multicolor: bórax, cobalto, azufre, cobre y yeso. ■ En globo “La diferencia entre un chico y un adulto es el precio de sus juguetes”, dice el piloto de globos aerostáticos Gustavo Carracedo. El globo siempre cumplió mejor las funciones lúdicas que las de transporte. Y es el nuevo producto turístico de Cayafate. Nos encontramos al clarear el alba en el aeródromo y lo veo inflar su gran pera invertida –alta como un edificio de 5 pisos– con un ventilador y fuego. A las 7:45 AM subimos a la barquilla de mimbre para 4 personas, fascinados por el halo romántico de volar con la primera tecnología que le permitió al hombre elevarse. Gustavo da un fogonazo de dragón –sale de tanques de propano– y de un tirón subimos 50 metros (de a poco alcanzamos los 400 metros). Nunca se sabe en qué dirección nos hará volar el viento y no se puede predecir el punto de llegada. Los comandos permiten dos decisiones: subir y bajar. El resto es una incierta deriva. El día está límpido y a lo lejos vemos el comienzo de la Quebrada de las Conchas con el cerro El Zorrito. Atravesamos el Valle de Cafayate sobre una aridez rojiza –apenas arbolada– que trepa los cerros erizados de cardones. Las cuadrículas verdes de los viñedos aportan vida y el pueblo se aleja. Vemos Los Médanos y al fondo, el nevado del Cachi con sus 6.356 metros de altura. De repente, el sol se levanta detrás de un cerro y los primeros rayos del día encienden el paisaje. Al principio, la sensación fue inquietante: a los altos, la bar quilla nos llega por la cintura. Volar en una canasta de mimbre da cierta idea de precariedad, pero no es más que miedo atávico: el globo es la tecnología más segura para desplazarse por el aire. Gustavo da fogonazos regulares para mantener la altura y el vuelo continúa apacible, sin sobresaltos. Luego de 45 minutos y 5 km de trayecto, el piloto busca un claro en el terreno y descendemos con suavidad a tierra firme, aún en estado de gracia. ■ A lomo de caballo Viajamos 15 km al pueblo de Tolombón: Baltazar Puló nos espera en el hotel Alta Laluna con caballos ensillados y comenzamos un lento andar al pie de la sierra El Cajón, para subir sus faldas grises y marrones. Cabalgamos entre miles de cardones centenarios que forman un bosque (el más alto mide 5 m). Los caballos son mansos como los cerros y los canales de agua que bajan de la cima para alimentar viñedos: me detengo a beber sus aguas heladas con los caballos. El paisaje es árido, pero a la vera del cauce crecen algarrobos, molles y chañares. Subimos un desnivel de 110 m, hasta los 1.800, al puesto de piedra y barro de la familia López. Nos recibe don Andrés con sus recios 65 años que no se le notan gracias a la vida de campo (trabaja en Bodegas Tolombón, cuyos terrenos hemos atravesado). Al rato llega doña Berta, su esposa, con hospitalarios mates y una tabla de quesos con vino torrontés. Aquí han vivido toda la vida, sin luz eléctrica ni gas, autosuficientes: carnean novillos para preparar charqui –carne salada al sol–, muelen maíz con una pecana de piedra, siembran choclo y frutas, preparan dulces de membrillo, durazno, cuaresmillo e higo. Compro un frasco de arrope de chañar, una miel que usan para problemas de garganta. En dos horas regresamos al punto de partida. ■ Trekking a La Yesera El segundo día activo lo dedicamos al trekking con el guía Juan Lavini: nos espera en el Km 24 –Quebrada de las Conchas– pasando la formación de El Obelisco. Caminamos sobre arena –en verano pasa un río– por un gran cañón colorado que se va angostando. La vegetación xerófila es escasa: esto es un desierto rojo del cuaternario –sí, caminamos por el cuaternario, una formación nueva para la zona, de solo 30.000 años– hasta un lago seco desde aquella época, usado desde hace milenios como cantera de arcilla para alfarería. Juan señala un cóndor elevándose en espiral. Avanzamos por un paisaje que enrojece hasta volverse extraplanetario: la sensación es haber amartizado en el planeta rojo. Pero el correteo de un zorrito nos regresa a la realidad terrenal. Subimos por una rampa natural a un mirador y Juan ofrece un ejercicio de meditación para sentir el paisaje con los ojos cerrados. Terminamos la caminata luego de 7 km –3 horas– en la formación más llamativa de toda la quebrada: La Yesera. Vemos estratos y vetas superpuestos con variaciones de rojos, violetas, rosados, amarillos y verdes. Quien sepa interpretarlos verá aquí la parábola de la historia del mundo.

es-ar