Las carpas del Silencio.

El carpfishing en arroyos bajos de acceso público nos permite dar con verdaderos trofeos a pocos kilómetros de los grandes centros urbanos y con una inversión mínima.

Texto y fotos: WILMAR MERINO

2022-11-08T08:00:00.0000000Z

2022-11-08T08:00:00.0000000Z

Editorial Perfil

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PESCA

El carpfishing en arroyos bajos de acceso público nos permite dar con verdaderos trofeos a pocos kilómetros de los grandes centros urbanos y con una inversión mínima. Por Wilmar Merino. Entrando por Salvador María del Carril al camino que nos lleva al puente El Silencio, en Lobos, vemos con alegría que luce firme tras una lluvia que apisonó el polvo. Celebrábamos que esos kilómetros hasta el puente no hayan sido chupando humo de algún otro vehículo cuando vemos que al final, unos 150 metros antes del puente, el camino se interrumpe por una pared de tierra levantada, donde dos huellones de máquina conforman el único lugar más o menos amable para transitar a pie hasta el agua. Con Cristian Di Pippa, mi pata en esta jornada, dejamos el auto a un lado y, al llegar al obraje del puente que están haciendo sobre el arroyo El Silencio, un obrero nos ve con cañas y sugiere: “Ponele mucha masa picante y tráeme una para el asado”. “Vamos a pescar con mosca, maestro”, retrucamos. Y el diálogo se cierra con una humorada del trabajador: “Ehh, con plata pesca cualquiera”. Y rato después, cuando intentaba varar la pieza de la jornada, un carpón de unos 5 kilos, aquel intercambio me volvió a la mente… “Con plata pesca cualquiera”. Y mientras la chancha iba y venía haciendo círculos cada vez más chicos y próximos a mi posición, la mente seguía pensando: ese día solo había invertido en la nafta hasta el lugar, unos 115 km, dado que las moscas eran guerreras de batallas anteriores y la misión era probar unas nuevas con huevas de silicona y rubber legs de Testudis Fishing, el emprendimiento del compañero. Cañas y reeles Hoy podemos acceder a equipos de mosca 3 o 4, los usados en esta ocasión, con reel y línea de flote, por mucho menos costo que un buen equipo de baitcast. Por lo cual podemos decir que, una vez equipados, solo hay que reponer moscas de costo mínimo (atarse las propias y pescar es un plus de satisfacción) y la principal inversión pasan a ser ¡las suelas! Porque, eso sí, para pescar carpas hay que caminar. Caminar y observar. Del obraje donde dejamos el auto esta vez salimos a explorar hacia la izquierda, observando la geografía desnuda de un arroyo muy bajo que dejaba amplias franjas de greda antes de la barranca. En esas condiciones intuí que iba a ser difícil pescar pues el approach a las carpas nos ponía en evidencia y los peces fugaban. Dicho y hecho. Movimos algunas sin siquiera llegar a posición de tiro en los primeros 500 m. Luego entramos a zona de fuego, es decir, a zonas donde el agua llegaba hasta la barranca, y nosotros desde arriba podíamos ver mejor el agua (usar lentes polarizados es clave), acercarnos sin ser vistos y presentar la mosca adecuadamente. Divide y triunfarás Las primeras que vimos estaban aisladas. Por lo tanto, con Cristian nos separamos para no entorpecer la pesca del otro y que cada uno determine su estrategia. Yo use tippet del 0,22 y mi amigo, del 0,16. Mi leader tenía indicador de pique, el de mi compañero no. Yo arranqué con una mosca variante de la algae o la Bob Patiño, pero de un solo fleco, color verde oliva. Mi amigo usó una Tadpole Infernalis hecha con un sili fruit negro de 8 mm y cola de marabú. Clavé yo la primera, la pude pelear hasta llevarla a una playa, bajé a vararla y se soltó a centímetros de mi mano. No suele pasar, dado que la boca blanda del pez hace que en general no se desclaven los anzuelos. Enseguida Cristian clavó la suya. Era media mañana y las muchachas empezaban a activarse. Eso sí, pese a ser una pequeña carpa, el tippet de mi compañero hizo que la pelea se prolongara largos minutos hasta poder vencerla. Tras la liberación, puso un tippet más grueso para facilitar el varado. Enseguida, tras pasar un alambrado y volver a subir una barranca, diviso un conjunto de carpas. Le hago señas a Cristian, nos ponemos a unos 50 m de distancia y empezamos a probar. Clavé otra y esta vez sí la saqué afuera, tras probar dos o tres moscas y dar con una Tadpole hecha con los productos de mi compañero, pero a la que le rebajamos con un alicate el cuerpo, quitándole volumen. Como si fuera un cabeza a cabeza, terminaba de devolver la mía cuando Cristian pedía fotos para la suya. Lo malo es que cada carpa peleada nos espantaba a todas las que había alrededor. Entonces, después de cada devolución, a caminar de nuevo. Por suerte, ya empezábamos a verlas amontonadas en pequeños grupitos de 5 a 6, siempre en zonas donde el agua se pegaba a la barranca. El día era diáfano, pero el viento empezó a complicarnos las cosas. Posicionar una mosca y detenerla a la altura de la cabeza de un pez omnívoro que no está desesperado por tomarla, se hace muy difícil cuando el viento te saca el artificial de lugar todo el tiempo. Inevitablemente, el tiro tras tiro pone en fuga a la pretendida captura. Entonces, tras probar con moscas con ojitos de plomo, esperando que con eso fuera suficiente para vencer a Eolo, decidimos poner un pequeño plomito Jaf, de peso 0,30 gramos, unos 10 cm antes de la mosca. Esto nos permitía bajarlas adecuadamente si a la carpa la íbamos a mojarrear, pero complicaba las cosas hundiendo el indicador de pique si había que pescar la carpa a cierta distancia. Probamos… y ¡fue un éxito! Lo mejor de la jornada Tras pasar un alambrado, tomo mi caña de mosca y me calzo el bolso con la indispensable bebida (principal peso que uno lleva), un par de sándwiches y la cajita con moscas, cuando veo una sombra enorme chupeteando verdín. Enseguida le bajo la mosca con el plomito y ¡adentro! En esa inexplicable emoción que sentimos los pescadores al clavar un buen pez quedan justificados todos los sacrificios, las caminatas, las insolaciones… todo se olvida en un instante mientras llamo a mi compañero a los gritos advirtiéndole que estoy ante el pez del día. Lo que siguió fueron 20 minutos de tira y afloje en el que, entre otras cosas que uno piensa en esos momentos de recogimiento cuando disfruta una pelea con un gladiador así, estuvo aquella charla con el obrero de la primera hora. ¡Con qué poco uno es feliz!. Es que cada carpa lograda en fly, una modalidad donde uno sale a pescar con el fracaso abajo del brazo, es la confirmación de que uno ha hecho algo bien. De que ha logrado engañar a un gran pez, caprichoso y ciclotímico, con algo que no forma parte de su dieta. “Con plata pesca cualquiera”, decía el obrero. Con mosca no… solo el que se ha animado, el que ha hecho su proceso de ensayo y error… solo el que vence los prejuicios del “esto no es para mí” o “esto es muy caro”, y le entra con ganas a una modalidad que le dará grandes satisfacciones. Y sobre todo que pone en valor cursos devaluados para otras especies, dado que en arroyos así de bajos no hay pejes ni tarariras ni bagres. Solo estos torpedos de bronce que nos están esperando. El camino de regreso, lamentando ver tanta basura dejada por los desaprensivos y maleducados de siempre, fue muy parecido al de ida: alguna carpa aislada por aquí, un grupito por allá. “Dale vos”. “No, le doy yo”. Y así, sumando más capturas, pusimos fin a una jornada inolvidable, pescando en abundancia y gastando miserias. Porque como dijo el obrero… con plata, con plata pesca cualquiera. Pero con mosca solo el que sabe… ¡Aunque solo cuando ellas quieren!

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